Dragonfly, mi historia de esperanza

Dragonfly, mi historia de esperanza

Ocurrió hace tiempo, varios años ya, y fue, en realidad, como un cuento. Uno donde la princesa o la heroína (en mi caso, la señora común y corriente), no puede más de la angustia. De esas veces en que la incertidumbre sobre mi sendero personal se estrellaba contra los problemas de dinero.

Vivir al día… es la frase que tantos usamos para decir que a veces, ni para ese día tenemos.

Esa vez, un cheque por una modesta cantidad me hizo sentir mejor, pero el alivio no duró mucho ya que, calculé, después de pagar el teléfono (indispensable para el trabajo), poco quedaría.

Salí al banco, cobré el cheque e hice el pago. De regreso, vi en una tienda propiedad de una china de mediana edad un wind chime, un conjunto de campanitas de viento tubulares, sostenidas de hilos transparentes.

Al principio y al final de cada hilo, colgaban libélulas de plástico color ámbar, de distintos tamaños. No eran hermosas, no. Tenían, para mi gusto, un realismo excesivo y un mal acabado, pero me entró un intenso deseo de poseerlas, de verlas en mi casa, oírlas sonar con un tintineo de buena fortuna.

Como tantos seres hermosos, las libélulas son para los chinos símbolo de fortuna y prosperidad. Y yo NECESITABA fortuna, joder. Pregunté el precio: cuarenta pesos apenas. Una nada, casi regalado. Pero… no me lo podía permitir.

Sentí una nube de enojo y tristeza sobre mí. Sentí que vendría el llanto de frustración. Salí de ahí, fingiendo soltura y sin culpar a nadie más que a mí misma de mi patético estado. A mi ceguera para las oportunidades, a mi dificultad para abrirme camino.

Ya en casa, fui ante mi altar, en donde tengo una bella efigie de Kwan Yin. Calladamente, y finalmente, llorando, pedí por dinero, por ayuda, por certezas, por paz. Mi espíritu se desgajaba, me sentía frágil, como papel de arroz bajo la lluvia.

Lloré a mi gusto y salí al jardín. Eran las cinco de la tarde y la luz del sol incidía en la hierba y las hojas de mi palmera de un modo que hacía a los verdes refulgir, frescos y enjoyados. Quise ser capaz de llevar esa belleza a mi alma, esa tranquilidad a mi corazón.

Me senté en un tronco seco. No podía desprenderme de la sensación de estarme desgajando, como un cerro de tierra suelta.

Cerré los ojos. Percibía la luz del sol a través de los párpados. Y una breve sombra interrumpió la luz anaranjada. Respiré.  Estaba de cara al sol. Otra sombra fugaz cruzó frente a mí y abrí los ojos.

De reojo, vi algo a mi derecha.

Una libélula…

Grande, ámbar, idéntica en todo a las que viera unas horas antes.

Volaba en círculos alrededor mío.

Y luego—no creerán, pero lo juro, no mentiría en esto, que es sagrado—, otra más.

Vi llegar, desde lo alto, un grupo de tres. Después, otras cinco y muchas más. ¡Danzando! Danzando ante mis ojos, que estaban llenos de lágrimas estúpidas. No menos de cincuenta enormes y muy vivas libélulas color ámbar (idénticas, insisto, a las imitaciones en plástico que quise poseer), se extendieron por todo el jardín a la altura de mi vista, diciéndome (¿cómo no entenderlo?): “siempre hay alguien que te escucha, no eres pobre, mira toda esta danza de vida. ¡MÍRALA!, aquí están tus libélulas, vivas, danzantes y eternas, en este instante enjoyado”.

Por supuesto, lloré otra vez. De alivio, de dicha, de gratitud. Y ocurrió el milagro que pedí. No, no fue una montaña de dinero puesta ante la puerta de mi casa. Fue un corazón apaciguado, mi mente fortalecida y la certeza de que a mí, pequeña y modesta, algo, alguien, hace eco de mis quejas y ansiedades.

Y todo estuvo bien. El camino siguió, nadie murió de hambre, no perdí nada. Pausadamente, poco a poco. Puesto que la construcción de una realidad mejor viene de la calma y la energía. Del creer que es posible y que el mundo no es un lugar hostil, que nos odia.

No me permito olvidar esta historia.

La danza en el jardín, que jamás había ocurrido (aparecen de cuando en cuando una o dos libélulas, pero pequeñas como mosquitos y de un azul transparente), no se ha repetido jamás.

No digo que no he vuelto a caer en desesperanza, pero cuando me gana la tentación de pensar que mi mundo es ciego, cruel y sin sentido, hago memoria.

No me doy permiso de endurecerme, y me sostengo en la creencia de que en la vida hay mágicas sincronías y he hecho de la libélula  mi símbolo personal de esperanza, magia y libertad.

Pues eso quiero ser: danza, vuelo, alas transparentes.

En días difíciles y en días bellos convoco a mi memoria la danza ámbar. Ese asombro. Y doy gracias.

Tiempo desnudo

Tiempo desnudo

I

Todo crece.
Explotan en su noche las raíces.
Se alargan dolientes y la tierra se rompe.
Se enganchan los aromas en los vientos.

Es cruel la luz del tiempo renovado.
Afilada y amarilla,
clavada en cada extensión
en cada resquicio.

Es amplio y remoto el cielo que me cubre.
Aprieta en azul un intenso silencio
y todo crece.
Yo soy esta tierra que se rompe.

 

II

Ojos abiertos. Ojos de luz.
La muerte danza sobre mí.
Al descubierto la piel de los días.

El tiempo está desnudo,
con la carne viva pudriéndose al sol.
Se puede oler la desnudez del tiempo.

Es el olor de la muerte necesaria.

Mi vieja piel se desintegra,
al caer arrastra sangre.
Y esta superficie se viste con todos mis fragmentos.

 

III

Fueron amplios los días de aire quemado.
Caí repetidamente hacia la oscuridad de astillas.

Aquellos días se nombraron por ausencias,
por flores ignoradas.

Se calcinaron en apagada soledad.
El fuego nació de los amaneceres enfermos.

Fue el incendio la derrota de los árboles
y un cielo inmóvil habitado de ceniza.

Después,
no hubo modo de evitar la claridad.

La piel renacida se reveló de tierra.

 

IV

Los árboles existen para su propio esplendor.
Para mezclarse con el vuelo de las aves.

Al prolongarse,
no les importa el dolor de la tierra.

Cuando llega la estación,
el tiempo,
todo crece sin remedio.

La tierra lo permite,
para ser testigo de humedad y sauces,
lecho de árboles altivos.

Así, aún en su dolor,
se alegra.

Radio UNAM: lo que sigue

Radio UNAM: lo que sigue

Muy buena la noticia de la destitución del impresentable, por muchos motivos, Renato Dávalos como director de Radio UNAM, al tiempo que se avisa de la entrada de Jorge Volpi a la Dirección de Difusión Cultural. De la salida de Teresa Uriarte, a quien sustituye, ya se había hablado hace semanas.

Me parece que, en principio, la designación de Benito Taibo al frente de la emisora es una buena noticia, ya que es el conductor del programa de mayor rating, el noticiario “Primer Movimiento”. Es decir, sabe de quehacer radiofónico. PERO dirigir una estación no es únicamente ser buen conductor, investigador o periodista. (Y no puedo evitar recordar que también pensé que la llegada de Nicolás Alvarado a TV UNAM fue una buena noticia, así que igual y yo soy la salada, ¿edá?)

Para llevar dignamente adelante la estación universitaria más antigua de México se requiere buena capacidad de gestión, tener claro el proyecto radiofónico de la emisora, ser una persona con vocación de transparencia y muy importante, ser capaz de conciliar los intereses diversos de los trabajadores de confianza, de honorarios y de base.

Además, el director debe ser lo bastante humilde para tener como principal referencia al radioescucha, sin que esto signifique abaratar los contenidos para elevar el rating. Taibo deberá, también, deshacer el daño hecho por Dávalos en materia administrativa, enfrentará un importante hoyo presupuestario y recibirá la estación disminuida en audiencia, con prácticas deplorables como cobrar por sacar programas al aire (bajo el membrete de “atraer patrocinios”).

Sólo una persona con buena inteligencia de gestión podrá conseguir que los trabajadores de Radio UNAM, desencantados hasta lo indescriptible, recuperen la confianza y el deseo de rescatar la emisora. Sé bien que, administración tras administración, han visto mermada su confianza.

Taibo, si quiere ser un director digno del cargo, deberá pensar también en solucionar la precariedad laboral que priva en la estación. Por ejemplo, no existe, ya lo he publicado, la plaza de locutor en una estación que en junio del 2017 cumplirá 80 años. Los locutores, aún los de mayor trayectoria, cobran por honorarios o, si son afortunados, tienen plazas de secretarias, intendentes o asistentes, lo que quede libre en la estructura, pues.

Ineludiblemente Taibo tiene que hacerse cargo del abandonado proyecto de digitalización del acervo sonoro y debe corregir el sistema de catalogación online. También, por supuesto, hacer frente a los problemas de equipo (antenas transmisoras, cables, monitores) que no pueden tener tregua en su atención.

Por supuesto que la primera obligación de Taibo será renunciar a la conducción de Primer Movimiento, puesto que esto le distraería de sus obligaciones y además, le haría caer en lo mismo que Dávalos: tener un proyecto consentido, un programa estrella.

Me encanta la posibilidad que todo mejore, pero es por ahora eso, una posibilidad. Y ya mejor no digo que peor que Dávalos no puede haber, porque ¿saben?, lo mismo dijeron todos de Fernando Chamizo, que nada peor podría existir. Y las cosas con Renato se pusieron de tal manera que en la estación ya lo andaban extrañando.

Algo bonito de todo esto es el alivio de la gente, la cual, me dijeron, andaba por los pasillos de la estación cantando como quien no quiere la cosa “Las Golondrinas” desde que se supo que el rector estaba “decepcionado” de la gestión de Renato.

Seguiré atenta.

 

Viento de octubre

Viento de octubre

Sopla el viento de octubre,
el de las nubes densas y evasivas.

En las macetas, las flores
pierden sus pétalos,
por causa
del viento deshilvanado.

Al sentir este soplo cruzar el patio de mi casa,
hago inventario de otros otoños,
de otros octubres fríos
que siempre,
como el presente,
llevaban presagios inciertos en su aroma.

Pienso, falta tan poco para el frío despiadado.

Ya se vislumbra en este viento, todavía teñido
de las lluvias del verano.

Y si el invierno llega y sigo aquí;
la misma, cada vez la misma, ¿cómo podré seguir
dando un solo paso?

Se fue la primavera. Se fue el verano.

El viento hincha la ropa de la gente,
tumba las hojas de mis árboles.

Se lleva completas las flores.

Pasa por sobre mí y entre mí,
y de pronto,
me doy cuenta:
no hago nada por detenerlo.

Miro las paredes blancas del patio,
las enredaderas de flores amarillas,
el bambú, la hierba demasiado crecida.

Miro. El viento helado de octubre
es daga cruel.

No, no puedo entender su lenguaje.

Más no he de pensar que este viento me concierna,
que quiere decirme algo,
a mí,
que nada soy,
más que una estancia presa.

Cuando sopla un viento así,
tan afilado,
pienso siempre en extensas llanuras,
en altos firmamentos de nubes grises
y en carreteras vacías.

Pienso en personas solitarias.

En personas que no pueden decir de sí,
que son incapaces de encontrar su alma.

Me figuro que cuando sopla el viento de octubre
las cosas todas se disfrazan,
para volverse ecos, meros perfiles,
decorados de un escenario
en donde yo,
soy un mueble,
una columna puesta sin más,
con el sólo fin de que el viento
tenga por donde pasar.

Ruge el viento al soplar entre los árboles.
Silba,
canta con gris persistencia.
Las nubes, uniformes como un mar,
dejan a ratos resquicios
y el sol puede caer sobre
las paredes blancas del patio.

Reflexiones sobre la conciencia étnica de los mexicanos de origen chino

Reflexiones sobre la conciencia étnica de los mexicanos de origen chino

Jorge Fong García

A mis padres, una mexicana y un chino ejemplares.

Intentar el análisis de la formación de una conciencia étnica es, en el caso de la colonia china en México, asomarse a un mundo en el que coexisten simultáneamente el pasado, el presente y la anticipación del futuro.

Las comunidades chinas que existen en el territorio nacional no son homogéneas, como pudiera parecer; en ellas pueden distinguirse muchos grupos, de entre los cuales destacan los chinos en primer lugar; los mexicanos nacidos de padre y madre china; los individuos nacidos de padre chino y madre mexicana, y los hijos de padre y/o madre chino-mexicanos.

Más aún, estos grandes grupos se pueden subdividir todavía en dos categorías: los que son parte de la comunidad china, así escrito con minúsculas, y los que integran la Comunidad China, esta vez con mayúsculas.

¿Por qué escribir comunidad china una vez con minúsculas y otra con mayúsculas? Porque en el primer caso, el ser parte de la comunidad no es el resultado de un acto voluntario, sino que se debe a una circunstancia condicionada por el nacimiento, circunstancia inevitable en todos los sentidos, pero susceptible de negarse u ocultarse.

En el segundo caso se trata de un ejercicio consciente de la libertad de elección que tienen los individuos maduros, y que conlleva la aceptación implícita de las herencias genéticas y culturales que establecen tanto similitudes como diferencias entre todos los seres humanos.

Para poder entender el porqué de la existencia de estas dos categorías, es necesario remontarnos a los orígenes de la formación de los asentamientos de chinos en este país y las circunstancias sociales, económicas y políticas dentro de las que se dio este fenómeno. Nuestro interés central es entender el impacto en la mentalidad y los sentimientos de quienes los vivieron y la manera en que estas vivencias determinaron su conducta.

Aunque México tenía contactos indirectos con China a través del comercio con Filipinas desde el siglo XVI, no puede hablarse de inmigración china al país sino hasta finales del siglo XIX.

img_20161206_204558La integración a la vida económica y social de México de estos hombres traídos como trabajadores manuales para las zonas calientes fue particularmente difícil ya que, además de las barreras del idioma, las costumbres e idiosincrasia toparon con los prejuicios de algunos de los habitantes de las zonas a donde fueron destinados.Hacia los primeros años del siglo XX, ya se encuentran grupos importantes de chinos en diferentes partes de la República mexicana, los cuales fueron pasando gradualmente de ser conglomerados de trabajadores agrícolas a colonias de comerciantes y empresarios.

La relativa prosperidad de estos asentamientos, prosperidad atribuible al trabajo y al ahorro, les atrajo la animadversión de algunos sectores de la población, especialmente los de clase baja; la animadversión fue convirtiéndose en campaña y culmina con la expulsión decretada por Plutarco Elías Calles en 1931.

A la sazón, muchas mujeres habían casado con chinos y compartieron su destino al lado de sus maridos e hijos; hubo también muchas otras que se negaron a hacerlo. Es en este punto donde empiezan a diferenciarse las categorías de que hemos venido hablando.

Aquellos descendientes de chinos que experimentaron una ruptura de comunicación con su raíz china, al ser deportado el padre y haberse negado la madre a seguirle, exhibe de su padre sólo algunos rasgos físicos y tal vez el apellido, en tanto que ha tomado de su madre el idioma, la religión y todos los antecedentes culturales; no sabe nada acerca de la cultura paterna y por otra parte no manifiesta interés alguno en ella.

¿Por qué hemos dicho “tal vez el apellido”? Es bien sabido que ante una situación de peligro, la primera reacción de cualquier persona es huir del mismo para conservar la integridad personal. Cuando no es posible alejarse de la fuente del peligro, se busca entonces controlarlo o reducirlo, y esto fue lo que ocurrió en el caso de aquellos que, no pudiendo modificar sus rasgos orientales, modificaron su apellido adecuándolo a los sonidos de la lengua castellana, para buscar acomodo en la sociedad.

Otros llegaron al extremo de renunciar a él sustituyéndolo por el de la madre; sin importa el mecanismo, el resultado es el mismo: la cuidadosa eliminación de todo el antecedente ajeno a la sociedad receptora, provoca la falta de la continuidad cultural y por consecuencia, la ausencia de una conciencia étnica.

Al renovarse los tratados de amistad entre México y China, después de la Segunda Guerra Mundial, se restablece la migración china hacia el territorio mexicano. Eran gente llena de esperanza, jóvenes audaces e impetuosos que abandonaban su suelo en pos de un sueño. La gran mayoría de ellos abrigaba el deseo de regresar a su patria con dinero, establecer una familia y vivir una vida tranquila; muchos lograron su propósito, pero la gran mayoría vio frustrado ese anhelo.

Es a partir de este núcleo de verdaderos inmigrantes que se forma la moderna comunidad chino-mexicana, vinculada a la sociedad, no sólo por medio de los matrimonios con mexicanas, sino a través de la participación en la vida comercial y social de la nación.

La motivación básica de estos hombres era dedicarse al trabajo sin crear problemas. La imagen que proyectaban al exterior era la de personas reservadas, introvertidas y muy tenaces. Esta imagen es producto de las barreras idiomáticas y de la búsqueda de la adaptación a un ambiente diferente; los cantoneses son personas muy expansivas, alegres y comunicativas, pero estos fenómenos sólo se manifiestan cuando las circunstancias son favorables.

Los inmigrantes chinos viven, según lo anterior, dos realidades, una, compuesta por relaciones de negocios con mexicanos, los parientes políticos, y los contactos oficiales. La otra, hecha de compatriotas, costumbres similares y nostalgia por la patria.

Todos los seres humanos tienden a reproducir el ambiente que les es familiar; de esta manera se conserva la salud mental y la tranquilidad emocional. Los chinos no son la excepción a esta regla, y por ello establecieron diversas agrupaciones, unas de carácter político como el Kuo Ming Tang y las más de corte social como la Su Yuen Tang, que cumplieron una doble función. Por un lado, sirvieron al propósito para el que fueron creadas; es decir, centros de reunión y convivencia y por el otro, se convirtieron en vehículos de transmisión cultural.

A través de la asistencia a las celebraciones tradicionales como el Año Nuevo, el Día de los Muertos y otras, los hijos fueron asimilando poco a poco algunos elementos de la cultura de su padre; mientras tanto, en casa, la madre realizaba una labor similar, inculcando a sus hijos los valores propios de la cultura mexicana, como la religión, la responsabilidad y demás.

De esta forma, los chinos mexicanos de primera generación son personas con una doble formación cultural, siendo más fuerte y marcada la influencia mexicana debido a la cantidad y frecuencia de los estímulos  presentes en el ambiente.

No obstante lo anterior, es posible afirmar que la conciencia de formar parte, aunque sea parcialmente de otro grupo humano está viva en cada uno de estos chinos mexicanos, y a partir de nuestras observaciones estamos en posición de decir que existe una tendencia a afirmar y transmitir ciertos valores positivos, aprendidos en la niñez y la primera juventud. Los valores a que nos referimos proceden de ambas raíces; y comentarlos brevemente puede ayudar a la comprensión de la forma de pensar y actuar de los integrantes de la comunidad china mexicana.

Uno de los valores más importantes para los chinos es probablemente la educación. Se atribuye a Confucio la frase: “Por nacimientos todos los hombres somos iguales, pero la educación nos hace diferentes”. La importancia atribuida a la educación se remonta a aquellos tiempos en que para acceder a un cargo público, debía presentarse el examen imperial de selección.

En tiempos menos remotos, parece lógico suponer que un inmigrante que dependía de la fuerza de sus brazos para obtener su sustento aspirara a que sus vástagos disfrutaran de un nivel de vida superior al suyo, nivel que sólo podría alcanzarse modificando las condiciones económicas e intelectuales de su familia directa. De ahí que una conducta notoria en la comunidad china sea el de anteponer la preparación académica de los hijos a la adquisición de bienes materiales.

El resultado ha sido el que efectivamente se han elevado los niveles intelectuales y económicos de la comunidad. Los chinos mexicanos comparten esa forma de pensar y repiten los mismos patrones de comportamiento hacia sus respectivos hijos.

Otra característica importante es la preservación de la unidad familiar, de la que existen diversas manifestaciones. En primer lugar, la responsabilidad del hombre hacia sus padres, su mujer y sus hijos. Numerosos inmigrantes eran hombres casados cuando llegaron al país, pero tuvieron que separarse de su esposa para hacer el viaje. En su manera de pensar, separación no significa olvido; y una vez que empezaron a percibir sus remuneraciones reservaban una pequeña parte para sí mismos y el resto era enviado a su patria para las necesidades de la familia.

Más aún, en el frecuente casi de que el hombre fundara otra familia en México, no por ello desatendía la obligación contraída anteriormente, dividiendo sus ingresos entre las dos familias.

Una manifestación más al respecto es que, en el remoto caso de que se produjera una separación entre los cónyuges, el padre continuaba atendiendo las necesidades de los hijos.

Mención aparte merece el amor al trabajo, actividad por la cual se han ganado el respeto de muchos. Los descendientes de chinos son educados en el trabajo desde temprana edad y de esta manera aprenden a valorarlo en su justa dimensión.

En íntima relación con lo anterior, encontramos la tendencia al ahorro, derivada del hábito chino de aprovechar al máximo los recursos disponibles.

De todo lo anterior pueden ahora desprenderse las siguientes conclusiones:

Los diversos grupos que componen la comunidad china en México poseen, en efecto, una marcada conciencia étnica, que en el caso de los hijos de padre y madre chinos, pero nacidos en México, se da en forma de solución de continuidad. Para ellos existen dos mundos claramente diferenciados, uno es el hogar, donde se habla el idioma paterno, y otro es el ambiente externo, en donde se adquieren otros comportamientos, otro idioma y otros hábitos, mismos que, aunque no lo parezcan, les pertenecen por nacimiento.

Por su parte, los chino-mexicanos viven desde que llegan al mundo en un ambiente bicultural, pero en el que predomina la cultura materna, y por ello su adecuación a la sociedad es total. Su conciencia étnica empieza a formarse cuando descubren que tienen características físicas diferentes, al igual que el apellido.

La fuerza que tenga la conciencia étnica estará supeditada a muchos factores de tipo familiar y social, entre los que se cuenta la relación entre sus padres y él, la aceptación o rechazo por parte de sus grupos secundarios, y también, la convivencia con otras personas iguales a él.

En la Comunidad China se sabe que se posee un legado histórico cuyo conocimiento ayuda a comprender el presente. No es la intención el recrearse en una contemplación gozosa de viejas piedras. La intención es explicarse a sí mismos, aquí y ahora, como resultado de la fusión de dos razas a través del amor—y no por la violencia—y es precisamente porque fue inculcada con amor que su conciencia étnica pervive.

No se piense, sin embargo, que con esta conciencia los chino-mexicanos miran al mundo desde una ventana, pues participan en todos los sectores de la sociedad mexicana buscando la modernización de la misma

Son muchas más las coincidencias que nos acercan que las diferencias que nos separan. La aspiración a una vida mejor, el anhelo de paz y armonía entre todos los seres humano, la preocupación por trascender y que es inherente al hombre.

Si existen diferencias estas son sólo de forma y no de fondo, y no porque un individuo ofrezca flores a sus muertos y el otro queme incienso para los suyos, debe pensarse que estos dos procederes son irreconciliables. Es el fondo, no es la forma lo que realmente cuenta. Si por modernidad debemos entender una nueva manera de encarar viejos problemas, debemos empezar por olvidarnos de las formas, formas que bien miradas, no son más que maneras de interpretar la naturaleza humana. El apego a las formas nos lleva a los extremos, y todo extremo es peligroso; el justo medio, el camino, que tanto preocupaban al viejo Lao-Tsé, se pierde si la persona o la sociedad se van a los extremos.

La esencia, las aspiraciones y los temores, el fondo del ser humano es lo que interesa. Bajo el cielo, todos los hombres somos iguales, dijo otro pensador chino.

La Comunidad China de México es parte de la sociedad mexicana, porque México es parte de cada uno de nosotros y aquí, por nuestro conducto, venimos a extender nuestra mano de hermanos.

Texto publicado originalmente en:

Conciencia étnica y modernidad. Bonfil Batalla, Takayama, Del Val, Engineer, Carrillo Zamora, Lucas Domínguez y otros. Colección Etnias de Oriente y Occidente. Gobierno del Estado de Nayarit, Instituto Nacional Indigenista, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1991, pags. 225-232.

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