Internet y la cancelación de la distancia

Internet y la cancelación de la distancia

Hace muchos años, en 1995, se celebraron en el mundo los 100 años de la invención de la radio. El gobierno italiano conmemoró a nivel mundial esta fecha y honró al inventor Guglielmo Marconi, quien desarrolló la técnica de la transmisión inalámbrica de señales en código morse. Este desarrollo sirvió de base para la posterior invención de la técnica de transmisión inalámbrica de sonido, que dio pie a la creación de la actividad comunicativa conocida como radiodifusión.
En ese año, quien esto escribe adaptó para radio una novela sobre la vida de Marconi, a petición de la embajada italiana y de Radio UNAM. Hicimos doce capítulos y el nombre de la pequeña radionovela era: “Marconi, el hombre que hizo de este mundo un lugar pequeño”.
A los pocos años de ese evento, en 1999, asisto, con asombro, a la divulgación paulatina de la tecnología que cancela toda distancia, que pone al planeta entero aquí, en el lugar donde me encuentre: internet.
Al conocer internet, abrir mi primera cuenta de correo electrónico y empezar a navegar sin más límite que el tiempo disponible, recordé el lema de mi radionovela. El haberla escrito no me ayudó demasiado a entender el grado de asombro y cambio de esquemas que seguramente vivieron quienes vieron surgir la telegrafía, la telefonía y la radio, inventos todos más o menos contemporáneos.
Pero lo comprendí después, al vivir lo que no me esperaba: una verdadera revolución similar a la que originó Marconi. Un cambio completo en la forma de comunicarse, conceptuar el mundo y definir el cerca y el lejos. La revolución no fue inmediata, de la misma manera que no lo fue la que originó la transmisión inalámbrica. La tecnología tuvo que permear gradualmente en los hábitos de la población.
En sus primeros tiempos, la radiodifusión era una rareza. La gente en los pueblos se congregaba ante un único aparato de radio. Actualmente, lo sabemos, cualquiera tiene varios aparatos de radio, de tan baratos que son. Internet comenzó también como algo que solo unos pocos usaban y entendían.
Fueron varios años para que el Internet se convirtiera en parte inseparable de las vidas de todos. Ahora, mucha gente no puede imaginarse sin la red, ya que por medio de ella trabaja, se divierte, se mantiene informado y hace vida social
Además de poseer la inmediatez y ubicuidad de la radio, Internet tiene lo que soñaban algunos estudiosos de la comunicación en décadas pasadas: la absoluta posibilidad de feedback, de interacción con el receptor. De hecho, Internet es un medio único en la historia, ya que ahora se conforma, en un porcentaje imposible de determinar, por los aportes de los “lectores”. De hecho, ya no es posible separar la línea entre emisor y receptor. Internet es el medio de todos conformado por todos, de la ubicuidad absoluta, de la horizontalidad total, de la inmediatez completa y de todos los soportes: imagen fija, texto, imagen en movimiento, sonido.
Es además, un medio barato, que deja a cualquiera convertirse en emisor, en fuente del mensaje, que permite comunicarse en tiempo real, de ida y vuelta, y que contiene a los otros medios que le antecedieron. Internet es radio, cine, prensa escrita, televisión, teléfono, además de tertulia, fiesta, álbum de fotos, y centro de reunión. Escapa, con mayor fortuna que cualquier otro medio de comunicación, al control político y a la censura.
Internet, de forma similar a lo que hizo la radio en su tiempo, ha cancelado la distancia, pero no sólo ha hecho del mundo un lugar pequeño: se lo ha metido en el bolsillo y lo lleva a todas partes.
Comunicación y tecnofobia

Comunicación y tecnofobia

Si hubo quien, hace milenios, se escandalizó por la invención de la escritura, asegurando que haría desaparecer de la sociedad importantes valores como la tradición oral y la memorización, con mayor razón la vorágine de nuevas tecnologías y dispositivos comunicativos—mucho más avasallante–despierta en grandes sectores una acendrada tecnofobia.

La tecnofobia no es una fobia en el sentido médico del término. No es algo que saque ronchas o provoque mareos o miedo paralizante, aunque sí un cierto rechazo a los avances tecnológicos. No es una patología, pero puede causar efectos considerables en la vida personal y social.

Con tal término se alude al rechazo, por una variedad de motivos, que un individuo o grupo pueda tener hacia cualquier clase de avance tecnológico, llámese escritura, en tiempos antiguos; imprenta, en los albores de la era moderna; telares de vapor en la Revolución Industrial; televisión y radio a principios del siglo XX y computadoras e internet, en el presente. Naturalmente, viendo hacia el futuro, habrá quién se oponga a los robots y a la colonización de la Luna y Marte.

Pensemos en los amish, pequeño grupo cristiano residente en los Estados Unidos, que rechazan todos los avances del siglo XX—electricidad, automóviles—y viven de acuerdo a la tecnología anterior. Utilizan carretas, caballos, molinos de viento, telares manuales. La idea es que la técnica que ellos rechazan, en cierto modo trae corrupción de la integridad que solo puede mantenerse apartándose del mundo.

Entonces, existe la idea de que el contacto con “el mundo” denigra la pureza original del ser humano  y algo similar ocurre con quienes se horrorizan de la velocidad con que avanza la tecnología actualmente, particularmente en el ámbito de la comunicación.

Existen muchas variantes de la tecnofobia, pero casi todas parten de una noción de una mítica “pureza” perdida, la idea de que hubo una era en que los seres humanos éramos felices, solidarios, alegres, compartidos, “naturales”, faltos de codicia y ambición. En busca de una respuesta a los males del mundo, pensadores de todas las eras han llegado a la conclusión de que lo que echa a perder a los seres humanos es el cambio externo.

Así, si la invención de Gutemberg, que hoy reverenciamos, fue tan satanizada (se dijo que iba a hacer desaparecer los “verdaderos libros”, es decir, los escritos a mano), lo mismo pasó cuando  parecía que la televisión supliría al cine. Lo mismo, cuando los procesadores de texto suplieron a la máquina de escribir mecánica y cuando—esto es de dar risa—cuando Facebook sustituyó los viejos chatrooms.

Siempre habrá nostálgicos de un pasado mejor, de los buenos tiempos que ya se fueron. Pero peor aún, siempre habrá gente que tenga pavor de lo que la tecnología puede hacernos. El argumento más utilizado es que nos “deshumanizará”. ¿Qué es eso? ¿Que ya no seremos buenos? ¿Que ya no tendremos ese corazón solidario que tuvimos en el pasado?

Existen tecnofobias radicales y algo que  en Länk llamamos “microtecnofobias”. Las primeras son rechazos frontales a revoluciones técnicas, como pasó con los ludistas en Inglaterra, durante la Revolución Industrial. Los ludistas fueron un grupo político que se opuso a los telares movidos por vapor, alegando y con razón, que esta tecnología eliminaba puestos de trabajo. Sin embargo, su furia no fue en contra de quien manejaba las políticas económicas o de quien pagaba sueldos miserables, sino en contra de las máquinas en sí. Y hubo muchos casos de telares destruidos por estos activistas.

Existen en este tiempo, personas que se niegan a tener un celular, porque se rehúsan “a que la tecnología los controle”. Ese es un viejo miedo tecnófobo también: el terror a que la máquina supere al humano y adquiera supremacía.

Ahora, existen personas que, usando cierto nivel de tecnología, se resisten a cualquier cambio debido a que las variaciones los hacen salir de su zona de comodidad. Es el caso de quienes amenazan con abandonar Facebook porque cambiaron la disposición de las columnas o la forma de ver las fotos. En todos los casos la queja es la misma: “Ya no es como antes”.

En conclusión, en esto de la tecnofobia hay una amalgama de motivaciones muy interesantes.

-El miedo a que los cambios nos deshumanicen y nos alejen cada vez más de la “pureza” que en algún mítico pasado tuvo la humanidad. Aquí entran tanto los que hablan de que perdemos valores como de que nos alejamos de lo natural.

-La incomodidad al cambio en sí mismo, debido quizá, a que implica aprendizaje.

-El miedo a la supremacía de la máquina sobre el ser humano. Este tema es donde más miedo hay presente, y es un motivo recurrente en novelas de ciencia ficción.

La tecnología, no sobra decirlo, es un instrumento. Es decir, una cosa que una persona usa. Se pone con frecuencia el ejemplo de un martillo, que puede servir para construir un mueble o para machacar un cráneo. Las intenciones siempre están en la persona, no en la herramienta.

La tecnofobia es una actitud que evita que obtengamos lo mejor de la tecnología, haciendo que sirva a la mejor parte de nosotros mismos, apoyando el conocimiento, el comercio, la economía y las causas solidarias. Su antídoto es la educación.

Lady100pesos y la crueldad del marketing

Lady100pesos y la crueldad del marketing

En algunos meses quizá sea necesario dar contexto de quién es Lorena Aguirre, cruelmente llamada Lady 100 pesos por haber sido exhibida en estado de ebriedad, tratando de sobornar a un policía con un billete de a cien. Muchas personas han visto el video y se han burlado de ella por haber insistido en convencer a la autoridad con tan poco dinero, y porque en el forcejeo  mostró los glúteos.

Respecto a esta situación, tengo varias consideraciones que hacer.

1.- El escarnio público. Desde el apodo hasta la creación de perfiles falsos en redes sociales en donde captó miles de “fans”, dando la impresión de que ella estaba aprovechando su notoriedad. La gente se refociló en su desgracia (admito que en un inicio a mí también me dio risa)  y muchos dijeron que se lo tenía bien merecido. No. Como cualquier persona que comete una falta o un delito, merece la sanción correspondiente de acuerdo a la ley, no ser exhibida en el repugnante circo que se armó.

2.- El mal manejo periodístico de muchos medios, que se creyeron la falsedad de que Lorena estaba ya en negociaciones con Playboy, que daría una firma de autógrafos y que había creado los mencionados perfiles, que resultaron ser falsos. Muchos sitios de noticias reprodujeron tales falsedades y no fue hasta muchos días más tarde que alguien se tomó la molestia de buscar a la chica para entrevistarla. Ella aseguró que ha padecido el escarnio, que no daría ninguna firma de autógrafos ni ha creado páginas de fans.

3.- La reprobable conducta de varios Community Managers, que usaron la imagen de Lorena extendiendo el billete de a 100 para beneficiar su marca, sin ninguna consideración ética.

4.- El debate en torno al riesgo de conducir alcoholizado y los protocolos de la policía para afrontar estas situaciones, punto medular del evento, fue mínimo. Las personas que abordaron esta faceta llamaron, sin éxito, a dejar de lado la faceta “divertida” del asunto, esto es, el espectáculo de Lorena trastabillando, sin poder hablar bien e insistiendo en su intento de soborno.

Respecto al punto 3, quiero compartir aquí algo de información que pude recopilar respecto al manejo que varias marcas hicieron de la imagen de Lorena y algo del debate que se generó en un grupo de Community Managers del que formo parte.

Respecto al asunto, los que no se reían, alababan ese “subirse al barco” de la moda en torno a la joven, como un signo de astucia de mercadotecnia. Hubo críticas, pero la mayoría hacia  quienes se “subieron” demasiado tarde o a quienes ya estaban “usando” la imagen fuera de tiempo. Sólo leí a una persona a la que  se le ocurrió plantearse que era una falta de ética (leáse “falta de madre”), aunque sí se llegaron a externar algunas preocupaciones por posibles consecuencias legales por uso de imagen sin permiso. Algunos externaron molestia, pero por el exceso de tiempo que se le dedicaba en el grupo al tema, pues muchos lo agarraron de chacota. Poco o nada se dijo respecto a la parte humana.

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