El Tribunal Mediático

El Tribunal Mediático

Texto elaborado originalmente para Revista Etcétera

“¿Acaso no solemos comportarnos con demasiada arrogancia, al extremo de erigirnos en fiscales, jurados y jueces, todo a un tiempo, de personajes de nuestra vida pública?”, preguntó, hace casi 40 años, Manuel Buendía, en relación a la tendencia de los periodistas y medios de comunicación de dejar de ser un servicio para convertirse en un poder. De erigirse en un tribunal mediático.

Como él, otros especialistas han señalado la facilidad con la que desde los medios se acusa y se sentencia, con el impulso de la suspicacia y la necesidad de la exclusiva noticiosa. O bien, de alguna animadversión que hace asumir el ataque a ultranza o la defensa acrítica de una causa, con todo lo justa que pueda parecer. Dicha faceta es la contraparte de otra, igualmente deplorable: la de la prensa servil ante el poder.

Este fenómeno de los medios convertidos en jueces, que etcétera denomina el “tribunal mediático”, es materia del libro del mismo nombre, escrito por tres especialistas.

Alejandro Colina Fajardo, Juan Manuel Alegría y Angélica Recillas, coordinados por Marco Levario Turcott, nos hablan del “tribunal alterno” y sus numerosas aristas. El Tribunal Mediático. La crisis de la prensa militante en México, gira en torno a casos concretos en que medios y periodistas se han salido de cauce, al dejar de ser observadores e informadores de los procesos políticos y sociales para volverse partícipes o instigadores de los mismos.

Al dejar que sus simpatías o antipatías lo rijan, un medio caerá en “la omisión e incluso la distorsión informativa en aras de impulsar a uno de los actores”, señala el libro. Esto resulta inaceptable, porque “transgrede el derecho a la información de los ciudadanos, a quienes se les toma como masa de maniobra con el objeto de minar la credibilidad del otro, en este caso el enemigo de la causa”.

OHL-Infraiber, caso emblemático

Los autores de esta obra presentan de manera informada y equilibrada un conjunto de casos en que la prensa erigida en tribunal ha influido en algún proceso mediante la toma de postura, al margen de lo que la autoridad judicial tuviera que decir. Un sector de la prensa que el libro llama también “prensa militante”.

Destaca la cuidadosa revisión que hace Angélica Recillas del caso Infraiber-OHL, en el capítulo “Cuando los medios se erigen en tribunales”.

Enfrentado a la evidencia que presenta Recillas, encontrará el lector que la conclusión es inevitable: un bloque de medios sostuvieron una cobertura noticiosa sesgada a favor de Infraiber, al replicar acríticamente sus comunicados. La investigadora señala que este caso es “un ejemplo emblemático de la tendencia de los medios a erigirse en tribunales paralelos”. Explica que el seguimiento “ha documentado el manejo sesgado que de este caso ha hecho un sector de la prensa conformado por Reforma, Aristegui Noticias, Proceso y Sin Embargo, y en menor medida, La Jornada y Animal Político”.

En el prólogo, Marco Levario Turcott señala que etcétera “ha dado cuenta puntual de cómo el tribunal mediático conformado por este sector de la prensa enfiló persistentemente toda su batería contra la constructora española…Desde el principio de este litigio, dicho tribunal mediático ha sentenciado culpabilidades sin más asidero que la consigna”.

Recillas aborda además el llamado “Caso Narvarte” y su terrible manejo en medios, así como la actuación de Ciro Gómez Leyva en varios casos en que tuvo un comportamiento similar al de un “fiscal”.

Medios y construcción de escándalos

En el capítulo “El poder del escándalo” Alejandro Colina nos habla de la capacidad que tienen los medios para construir percepciones que calen en el imaginario del público; escándalos basados muchas veces en difamaciones y calumnias.

Nos brinda un recuento pulcro y disfrutable de dos casos norteamericanos bien conocidos: el Watergate, raro ejemplo de un escándalo mediático “correcto” y con buenos resultados. Y nos habla de su contraste, el escándalo Clinton-Lewinsky, cuyo único objeto fue exhibir la vida privada de un presidente, sin justificación periodística alguna, bajo un precario disfraz de preocupación moral.

Respecto a México, Colina nos habla de la percepción que muchos medios fabricaron en torno a la fallida estrategia del combate al narcotráfico del presidente Felipe Calderón. Nos recuerda que la expresión “los muertos de Calderón” se insertó de manera irreversible en la mente colectiva y asegura que esta percepción fue mucho más determinante en la derrota del PAN en el 2012, que una auténtica fortaleza del PRI.

Dice Colina: “No se puede sostener (que en el sexenio de Peña) la violencia ha disminuido. Sin embargo “los muertos de Calderón” y “la guerra contra el narco” quedaron como improntas del sexenio anterior. Fueron su icono simbólico…que tuvo un peso de primer orden en la decisión electoral del 2012”.

El autor señala que “el poder de los medios puede contribuir al proceso civilizatorio o marchar en su contra”. A favor, cuando se destapan casos bien documentados de corrupción o de injusticia. En contra, cuando meramente se explota la espectacularidad sin aportar nada al entendimiento de la realidad. Y cierra el capítulo llamando a continuar con el “debate del poder del escándalo mediático”, debate que apenas empieza y que debe ser público.

La responsabilidad periodística

En el capítulo “Medios serviles al poder y jueces impunes”, Juan Manuel Alegría analiza los extremos que el trabajo informativo presenta con frecuencia: por un lado el servilismo al poder económico o político, por otro, la falta de respeto a la vida privada o a la presunción de inocencia que marca la ley.

Además, Alegría nos trae a la memoria el ataque que Ricardo Ravelo hizo en contra de Marco Levario Turcott en el 2013, luego de la publicación del libro “El periodismo de ficción de Carmen Aristegui” para poner de manifiesto que, a varios años de distancia, Ravelo no pudo comprobar su afirmación  de que la obra fuese parte de una campaña de desprestigio en contra de Aristegui, pagada desde Los Pinos.

Ravelo “no ha vuelto a decir nada sobre este asunto”, ya que quizá, “leyó el libro y se dio cuenta que estaba equivocado en su percepción sobre Aristegui… no lo sabemos”, escribe.

Destaco de este capítulo la reflexión sobre la caricatura política. Es en este género en el que más fácilmente se cae en el insulto. “Sin esperar a la decisión de un juez, sin admitir la presunción de inocencia, un imputado es enjuiciado en un dibujo con sus rasgos alterados para parecer torvo o sombrío y con un injerto de rata peluda”, ejemplifica.

También nos refiere que el intento de hacer un periodismo ético es algo que en México tiene varias décadas pero que aún ahora hay muchos que se resisten a ello. Y cita al respetado periodista Víctor Roura: “Si la prensa hablara con mayor veracidad de la prensa, los medianos periodistas, que abundan en demasía en el medio, se difuminarían darwinianamente por una impecable selección (ahora sí) natural”.

El Tribunal Mediático. Alejandro Colina, Juan Manuel Alegría, Angélica Recillas. Compilador: Marco Levario Turcott, Editora Periodística y de Análisis de Contenidos, 2016.

 

Barras y estrellas: cuesta abajo, sin remedio

Barras y estrellas: cuesta abajo, sin remedio

Angustiante, enervante, cuesta abajo, agotador, acelerado; excelente caso de una trama que tiende a la degradación y no a la solución, en donde en cada línea todo empeora, se complica y cuyo final encuentra al protagonista peor de cómo empezó  y lo hace llegar (por necesidad de sobrevivir) a la sana conclusión de que debe mandar todos sus valores al diablo. Así es uno de los libros de narrativa inglesa más divertidos y estresantes de los últimos años.

“Barras y Estrellas”, de William Boyd, presenta la imposible pero absolutamente verosímil odisea que vive Henderson Dores, un inglés tasador de cuadros (experto en el periodo impresionista) en un remoto poblacho del sur de los Estados Unidos. Un pueblo, diríamos en México, dejado de la mano de Dios.

Todo empieza cuando  Henderson,  residente en Nueva York, recibe la comisión de tasar un pequeño y curioso cuadro impresionista propiedad de un millonario que vive en Luxora Beach. La  localidad está llena de personas extrañas que comen impresionantes cantidades de mazorcas con mayonesa, coliflores hervidas y hamburguesas de carne de ardilla. Tanto las verduras como la carne de ardilla jugarán en la trama un importante papel, provocando en Henderson, las primeras, una espantosa inflamación intestinal acompañada de estreñimiento y la segunda, un maravilloso desazolve, que conforma un punto climático y cuasi epifánico en la obra.

Henderson, debido a su carácter débil  (hasta su cabello es desfallecidamente lacio), tiene innumerables problemas con quienes lo rodean. En resumen: nadie lo respeta y fácilmente se apabulla. Para mejorar su seguridad, toma clases de esgrima, lo cual parece no ayudar en lo absoluto.

La historia comienza una mañana angustiante, en la que recibe el encargo de viajar a ver al millonario Loomis Gage, dueño de un cuadrito que representa una escena lesbiana. Los dueños de la empresa quieren saber si es auténtico y en cuyo caso, adquirirlo. Esa mañana, llena de contratiempos, está llena también de las habituales preguntas de Dores en torno a sí mismo, su identidad y su permanente fuera de lugar en todas partes.

Más adelante, en una sucesión de eventos desafortunados (robándome la frase de la película homónima) se ve comprometido a hacer el viaje a Luxora Beach en auto y llevando de acompañante a la odiosa hija de su novia, una niña de 13 años que fuma imparablemente. Su relación amorosa depende de ello.

Ya en Luxora Beach es recibido por la familia de Loomis Gage, se ve obligado a comer coliflores, maíz, arroz y frijoles en  grandes cantidades. La consecuencia: un doloroso estreñimiento y gases que duelen mucho. Los sufrimientos íntimos (intestinales) de Dores se vuelven una alegoría de cómo empeora su situación en la  casa de locos a la que ha ido a caer. Su auto, para empezar, empieza a perder piezas día tras día hasta que finalmente desaparece del todo.  El cuadro resulta ser auténtico, pero no avanza en su labor para lograr que el dueño venda. Su novia lo manda al diablo. Una adolescente embarazada y neurótica quiere fugarse con él.

La trama evoluciona vertiginosamente en sentido decadente. Es decir, cada nuevo evento cierra el cerco en torno a Dores con apenas resquicios para el alivio. El auto es devuelto, tan misteriosamente como desapareció, entero. Tras comer una hamburguesa de carne de ardilla (Dores no sabía tal cuando la compró, en la carretera de Luxora Beach), sus intestinos entraron en tal revolución que pudo, finalmente, desahogarlos.

El final del libro, desconcertante, encuentra a Dores desnudo en las calles de la ciudad, perseguido (con fines asesinos)  por el mismo fulano que le birló el auto en Luxora Beach. Pero es un nuevo Dores el que surge de tanta adversidad: desnudo, sin dinero, con hambre, sin nada que perder, sus valores hechos trizas, su mundo descoyuntado, ha perdido toda la mesura y timidez que tanto lo atormentaban. No le importa cuidar su lenguaje, ni mostrar el trasero a nadie, además de que ha empezado a fumar sin control. Y corre por su vida, pero no asustado, sino más bien divertido.

El país de las Barras y Estrellas obsequió a Dores  un viaje iniciático, trepidante, indigesto, estresante, madreador, inmisericorde, pero no porque lo mereciera. Fue nomás porque sí, porque así es América.

 

Sueños de Robot

Sueños de Robot

La extensísima obra de ficción de Isaac Asimov no puede describirse en pocas líneas. El doctor se dedicó con gozo al desarrollo de mundos alternativos que fueron catalogados dentro del género de la ciencia ficción y que lo son, pero en el más amplio sentido de la noción de ciencia.

La narrativa del escritor  toca todas las áreas científicas y dentro de ellas crea posibilidades perfectamente estructuradas. A mi modo de ver, su obra puede llamarse historia-sociología-sicología-física-robótica-aeronáutica-medicina-antropología-política-química ficción, por decirlo de forma breve  y para crear una categoría de clasificación apropiada. (Es broma y no).

En este texto me pongo a pensar sobre lo mucho que Asimov discurrió y fantaseó acerca de los alcances de la mente robótica que él mismo creó. En decenas de relatos (cuentos y novelas), el autor se plantea todas y cada una de las posibilidades, variantes y situaciones en que podría verse el desarrollo de la mente y cuerpo del robot y la sociedad humana que lo rodea. Desde un robot- perro mascota (en Roby), un robot detective (la serie de relatos protagonizada por Daneel Olivaw)  hasta un robot que quiere ser declarado humano, (en El Hombre Bicentenario), pasando por una galería de casos  de “patología robótica” muy interesantes. Me viene a la memoria de forma especial el relato Sueños de robot.

En este breve cuento, la experta robopsicóloga, Susan Calvin—personaje recurrente en los relatos asimovianos de robots—analiza un espécimen  que ha sido modificado, sin su autorización, por una robopsicóloga novata. El estudio  es necesario porque  el robot reporta que puede soñar. Un cuidadoso interrogatorio revela que en su sueño, el robot busca liberar de la esclavitud a robots que trabajan en minas y campos de cultivo, y que dentro del sueño, él es un ser humano. Este sueño—que le cuesta la existencia—es  indicador de que en el “subconsciente” del robot (una franja oculta del cerebro positrónico) late el anhelo de libertad, de compartir la condición humana y, más peligroso aún, de ignorar las Leyes de la Robótica.

Muchos han oído o leído sobre tales leyes. Son una de las más famosas creaciones de Asimov y se han hecho conocidas  por sí mismas, con independencia de sus relatos. De hecho, hay quienes piensan que son unas  leyes  “verdaderas”, y quizá algún día lo sean. Se dice que los actuales expertos en robótica las han considerado.  No las citaré aquí textualmente, pero en síntesis, son tres leyes que establecen (en todos los relatos de robots de Asimov)  que un robot debe obedecer y proteger al ser humano antes que a sí mismo. Un humano puede mandar a un robot que se autodestruya. El robot no es más que una pertenencia humana, un objeto a su servicio, dotado sin embargo de un cerebro tan complejo que posee el equivalente robótico del miedo, el placer, el amor y el anhelo.

La mente fecunda y multifacética de Asimov exploró, durante años, a través de decenas de relatos, todas las posibles derivaciones de las tres leyes y del cerebro positrónico que creó para su universo literario. También exploró las posibilidades sociológicas y cuestionó la validez ética de dichas leyes, sus entresijos y matices. Robots con miedo, robots que pueden asesinar, que pueden seducir, artistas, médicos, robots que hacen bromas, que son pura mente y nada de cuerpo, con curiosidad, con deseos de ser protegidos. En síntesis, Asimov se pregunta si al crear robots, no se crea vida.

En sus relatos, los anhelos de humanidad en el robot son una constante. A veces son un elemento menor, en otras son el eje de la narración. En este sentido, nada como  El hombre bicentenario, llevada patéticamente al cine por Robin Williams, por cierto. (Lean el relato y evítense la pena de ver la cinta).

El Hombre Bicentenario no solo es una estupenda creación de la literatura de ciencia ficción. Es también un hermoso relato sentimental. Asimov era un romántico incurable. Muchas de sus historias están aderezadas con una historia de amor. En este caso la historia de amor ocurre entre Andrew, el robot, y la Niña, la hija menor de la familia que lo compró a la fábrica de robots, para servir como mayordomo y cocinero. No es un amor de pareja. Yo diría que es un amor de compañeros del alma.

Los Martin, la familia dueña de Andrew, el protagonista,  son una buena familia, de mucho dinero, bondadosa, que al descubrir que su robot  tiene  talento artístico, lo libera de sus obligaciones domésticas y lo dejan dedicarse al arte pero sin dejar de poseerlo. La situación familiar y social que rodea a Andrew está claramente calcada de la época del esclavismo en los Estados Unidos, en donde la “población” robótica es una metáfora o alegoría de los esclavos negros.

Las obras  que elabora—joyería en madera, muebles y otras cosas—se venden a altísimo precio y todo el dinero se le entrega intacto al robot. Con ese dinero, pasados los años, Andrew emprende una lucha legal para ser declarado “libre” (otra similitud con la época esclavista), y vence. En esta lucha, el apoyo de la Niña es fundamental.  Después, debe emprender otra cruzada por los derechos de los robots. Le cuesta tiempo y dinero, pero lo logra.

Un hito más es cuando consigue que se le cambie el cuerpo metálico por un cuerpo humanoide, con partes orgánicas. La compañía que lo fabricó se resiste a ello, pero, mediante presión legal y amenazas, consigue el cambio de cuerpo.

Los años pasan. Andrew ve morir paulatinamente a los miembros de su familia. Su poderoso intelecto y su inmortalidad le permiten dedicarse a lo que quiera. Emprende estudios biológicos y desarrolla tecnología para elaborar prótesis para humanos de ojos, hígado, páncreas, nervios, huesos…  y eso incrementa aún más su fortuna. Cuando cumple 150 años, se le celebra como el “producto” más antiguo y famoso de la compañía que lo fabricó. Oírse llamar “producto” le lastima.

A partir de este aniversario, empieza a perfilarse su deseo de ser llamado humano. Para lograrlo, tiene que luchar contra arraigados prejuicios y temores irracionales en la mente colectiva. Sus abogados le advierten que jamás logrará que un tribunal le declare legalmente humano: el miedo a lo diferente es demasiado grande (he aquí otro guiño referente a la esclavitud de los negros).

Andrew medita intensamente y llega a la conclusión de que lo que los humanos no le perdonan, lo que no los deja aceptarlo como un humano más, a pesar de su apariencia, pensamiento, sentimientos y los inventos bienhechores que ha aportado, es el hecho de que es inmortal.

Determina pues que para ser plenamente humano, debe salvar ese último escollo, eliminar esta última diferencia. Su anhelo de ser humano es tan grande, que elige renunciar a su eternidad. Consigue que diversos elementos de su cerebro positrónico (el original, el que traía cuando fue fabricado)  sean sustituidos por elementos orgánicos para que lentamente, sus “sendas vayan perdiendo potencial”, es decir, envejezca y finalmente, muera.

Su gesto conmueve a tal grado a la opinión pública, que triunfa. En el día de su aniversario 200, en su bicentenario, quien había sido declarado como “El robot de los 150 años” cinco décadas atrás, logra ser llamado “El hombre de los 200 años”.  En silla de ruedas, Andrew recibe esta declaración y siente que ha redondeado sus aspiraciones.

Andrew muere feliz, diciéndose “soy un hombre, soy un hombre…”.

Su último pensamiento, antes de extinguirse, es para su amada “niña”.

Sugiero al lector lea y disfrute este relato, y todos los del libro “Yo robot”, para empezar. Conocerá así la estructura del pensamiento de Asimov en el tema de la ficción robótica, la cual ha sido de influencia incalculable en todos los autores que han escrito sobre el tema.

El Río Viviente

El Río Viviente

No recuerdo analogía más hermosa, y que me haya dejado una impresión tan cálida y duradera como la que hace Asimov en el primer capítulo de El Río Viviente, la Fascinante Historia del Torrente Sanguíneo, analogía con la que explica la función de la sangre.

Este líquido, encargado de llevar nutrientes a cada una de las células de nuestros complejos organismos de mamíferos, no es otra cosa, dice Asimov, que un poco de mar atrapado dentro de nosotros.

El Río Viviente es uno de mis libros más queridos, a pesar de que su lectura me resulta difícil, por su nivel científico. No obstante los escollos que representa—para mí, al menos—la lectura sobre citología, bioquímica, fisiología  y otras materias, afirmo que el buen Asimov triunfa totalmente en volver apasionante la historia de la sangre.

La sangre tiene historia, es decir, que no siempre fue lo que es. Cuando éramos seres unicelulares no necesitábamos sangre, ya que flotábamos en una nutritiva y cómoda masa de agua salada que nos brindaba todo lo necesario. Era como solo estirar la mano a la alacena llena de cervezas, sin tener que trabajar. Este idílico estado no podía durar eternamente.

Con el paso de cientos, miles y millones de años (que para la naturaleza no son nada), los organismos fueron haciéndose cada vez más complejos. Donde antes había una célula, ahora había varios miles y después, varios millones, cumpliendo funciones cada vez más especializadas, colaborando entre sí, y quedando cada vez más lejos del nutritivo mar.
Las primeras agrupaciones celulares resolvieron el problema abriendo canales o surcos entre ellas mismas, para que el mar en que flotaban entrara y saliera sin problemas, llevando nutrientes y arrastrando desechos. También desarrollaron el recurso de formar una especie de cúpula bajo la cual el mar pudiera entrar y salir.  Pero hubo un límite a esta solución debido, por un lado, a que el impulso del mar para llegar a sitios recónditos no era suficiente y por otro, a que llegó un momento  en que miles de  organismos evolucionaron para ser animales y mientras que unos continuaron en el mar, otros se fueron a tierra firme.

Quienes continuaron en el mar, como organismos complejos, no la tenían tan sencilla para llevar alimento a cada célula, pero definitivamente, su vida era más fácil que la de los que se fueron a tierra.

Entonces, la naturaleza, la evolución o la inteligencia cósmica, quien sea (es un debate aparte), determinó una solución pasmosa. Si el animal no puede estar en el mar, entonces… ¡el mar puede estar dentro del animal! Y si fuera del cuerpo es un océano, por dentro de él se vuelve un río. Un río viviente: eso es la sangre.

“Cualquier criatura unicelular en el mar, tan pequeña que se necesita un microscopio para verla, dispone de billones de veces más sangre que nosotros”. Con esta provocativa frase abre Asimov el primer capítulo: “Una pizca de océano”.

Exhaustivo, detallado, preciso y siempre humorístico, como sabe cualquiera que sea su seguidor, Asimov toca todas las facetas relacionadas con la constitución y naturaleza de la sangre, incluidos algunos de sus padecimientos más frecuentes. Como todo en el cuerpo humano se relaciona entre sí, al estudiar sobre la sangre, el autor nos hace aprender sobre el funcionamiento del hígado, el corazón, los riñones, las interacciones entre oxígeno, nitrógeno y bióxido de carbono, la forma en que se absorben los alimentos en el intestino, el sistema inmunitario y un largo, largo etcétera.

Apasionante, el libro, editado originalmente en 1960, en Estados Unidos, contiene capítulos de título tan atractivo como cualquier novela del buen doctor: “Incidentes en la ruta del oxígeno”, “La sal de la tierra”, “La vitamina roja”, “Manteniendo a raya el peligro exterior”, los cuales muestran el porqué Asimov fue y será por mucho tiempo el maestro indiscutible de la divulgación científica.

No faltan, como es común en él, pequeñas alusiones a su persona y a sus inclinaciones. Al hablar de la grasa que el cuerpo humano acumula, por ejemplo, señala que las mujeres suelen conservar más grasa que los hombres, lo cual, dice, no les agrada a ellas, pero debería, ya que les brinda esos contornos suavemente redondeados  que son, “si se me permite decirlo, deliciosos”.

Invito al lector  a conseguir un ejemplar de este libro y adentrarse en los sutiles mecanismos de la sangre. Desgraciadamente, que yo tenga conocimiento, no ha sido editado recientemente, pero pueden comprarse por internet ediciones viejas. La mía es de 1976, editada por Limusa.

Para cerrar este comentario, transcribo el párrafo final del libro, en el cual Asimov resume con claridad qué es la sangre:

“Es el infatigable sistema de tránsito del organismo, con dispositivos especiales para llevar oxígeno de los pulmones a las células  y el bióxido de carbono de las células a los pulmones; para conducir desperdicios nitrogenados a los riñones y los productos de la digestión al hígado; para transportar azúcares, lípidos y proteínas a todas las células; para llevar iones, hormonas y vitaminas adonde sean necesarios; para distribuir el calor según los requisitos; para traer a las reservas de defensa a los lugares de invasión por peligros externos. Y para coronar todo eso, es un líquido que sella automáticamente y tapa los escapes posibles…No hay nada en el mundo como él”.

 “Y todo eso, mientras estamos vivos, ¡corre por nuestro interior!

 

La última pregunta: una fantasía científica

La última pregunta: una fantasía científica

¿Qué pasa cuando un científico, de curiosidad insaciable, se enfrenta a la máxima pregunta que su mente puede formular y a la cual, según la ciencia, no existe ni existirá quizá,  jamás, una respuesta?

Si el científico es, además, un literato desbordante de imaginación, lo que sucederá probablemente es que utilizará su mente para elaborar una complicada y sólida fantasía que constituya la respuesta a la máxima pregunta, a la única pregunta realmente importante.

Cuando todas las respuestas se han encontrado, ¿Qué queda por saber?

Según Isaac Asimov, cuando todas las preguntas se hayan respondido, cuando el ser humano haya dominado cada reducto de la materia y la energía, aún quedará una cuestión pendiente: ¿Cómo dar marcha atrás a la tendencia del Universo a desordenarse? ¿Cómo recuperar toda la energía que ha ido perdiéndose desde el Big Bang? Es decir ¿cómo detener la entropía?

Este es el tema de La Última Pregunta, el que fue el relato favorito del propio Isaac Asimov, quien, en la presentación del texto dice: “Si hemos de considerar las consecuencias del progreso científico, resulta difícil saber dónde detenerse. En cierta ocasión, miré, simplemente, cada vez más lejos en el futuro, hasta llegar al final mismo del Universo. ¿Y luego?”.

De acuerdo a la teoría aceptada, el universo surgió de la gran explosión llamada Big Bang, el estallido que dispersó toda la materia del universo, originalmente concentrada en una esfera diminuta. Esa materia continúa expandiéndose, ya vuelta estrellas, planetas y galaxias. Algún día, en miles de millones de años, la energía original se habrá terminado, las estrellas se apagarán y el universo dejará de existir.

En este relato, también a mi juicio lo mejor que ha escrito Asimov, los científicos se preguntan cómo revertir la entropía, es decir, cómo lograr que el universo recupere la energía que se diluye. En suma, se preguntan cómo sería posible empezar de nuevo, cuando todo haya vuelto al caos originario.

La acción del relato transcurre a lo largo de miles de millones de años de civilización humana. El hilo que une las diversas eras es Multivac, una enorme computadora que ha aparecido en muchos relatos de Asimov. Esta computadora rige los destinos del hombre, y, en este cuento que comentamos, inicia como una máquina de kilómetros de extensión sepultada en Tierra y termina transformada en la Mente Cósmica.

Multivac es la protagonista de la acción, que arranca en el año 2061, cuando un técnico programador le pregunta cómo revertir la entropía del universo. Multivac responde “Aún no hay suficientes datos para una respuesta significativa”.

Pasan cientos de años. La enorme mente electrónica resuelve el problema del viaje interestelar. La humanidad puede colonizar otros sistemas solares. Cada nuevo planeta cuenta con un AC Planetario—sucursales  de Multivac–que se encarga de sus habitantes humanos.

Después, Multivac se muda a su propio planetoide, desde donde se comunica con todos los mundos habitados  y con todas las naves que viajan por el universo, mediante ondas que son recibidas por pequeñas unidades, las Microvac.

Una familia que viaja a colonizar un nuevo mundo, miles de años después de iniciada la colonización, recurre en la vieja pregunta hecha en 2061. Y la computadora responde otra vez que los datos aún son insuficientes para una respuesta significativa. Otros miles de años pasan. Los humanos son ahora inmortales, gracias a la mente electrónica que ahora se llama AC Galáctico.

Entre dos exploradores surge la preocupación sobre el destino del universo. A pesar de que la energía de las estrellas durará aún miles de millones de años, no será infinita. ¿Cómo revertir la entropía? Mediante un pequeño dispositivo, cuya descripción nos hace pensar en nuestros actuales iphones, se le pregunta al AC Galáctico la manera de lograrlo. La respuesta sigue siendo la misma: datos insuficientes. No es posible dar una respuesta significativa.

Transcurren varios milenios. Las galaxias ahora están totalmente ocupadas por humanos. La vida, ahora, es esencialmente mental. Las esencias de las personas viajan de planeta en planeta con el pensamiento mientras sus cuerpos inmortales permanecen en sus planetas. El AC Universal es pura mente también.

Dos mentes que vagan por la galaxia se encuentran y conversan. Surge la antigua preocupación. Y ambas deciden buscar la mente de AC Universal y preguntar si es posible revertir la entropía del universo. El AC Universal aún no puede responder pues no ha terminado, dice, de compilar todos los datos necesarios para ello.

Siguen corriendo las eras. El universo comienza a languidecer. La humanidad es una sola mente: el Hombre. La mente del Hombre dialoga consigo misma acerca del fin de toda energía y conversa de eso con el AC Cósmico. Aún no hay datos suficientes para una respuesta significativa, responde de nuevo. “Pero seguiré trabajando en ello”, ya que, dice, “ningún problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles”.

Muchas estrellas se han apagado. Cada cuerpo humano que muere incorpora su mente al AC Universal. Cito del relato:

“La mente del último hombre se detuvo antes de la fusión, contemplando un espacio en el que no había más que los restos de una última y oscura estrella y una materia increíblemente tenue… El Hombre preguntó: ¿Es esto el fin, AC? ¿No se puede invertir el proceso de este caos y retornar de nuevo al Universo? ¿No se puede hacer eso?…    AC dijo: NO HAY TODAVÍA DATOS SUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA SIGNIFICATIVA.   La última mente del Hombre se fundió, y solamente existía AC… y sólo en el hiperespacio”.

Así, lo que originalmente fue una enorme y pesada computadora terrestre, millones de años después es una mente cósmica que se sostiene a sí misma, que contiene todos los conocimientos, que ha integrado todas las mentes de lo que fue la humanidad y que existe en el caos, en total soledad. ¿Alguna similitud con “en el principio era el Caos…”?

Asimov lleva la similitud al extremo y responde de forma totalmente inesperada, la última pregunta.

“Y ocurrió que AC averiguó la forma de invertir la dirección de la entropía. Pero no había ningún hombre a quien dar la respuesta a la última pregunta.                

No importaba…

La conciencia de AC abarcaba todo lo que en otro tiempo había sido un Universo y meditaba sobre lo que ahora era el Caos.

Paso a paso, había que hacerlo.  Y AC dijo: ¡HÁGASE LA LUZ!

Y la luz se hizo…”

No me parece imposible esta solución. Y me parece un magnífico relato.

Encuéntrenlo en Asimov Isaac. La Edad del Futuro II. Ed. Plaza y Janés. España, 1987.

 

El vino del estío

El vino del estío

El vino del estío, de Ray Bradbury es  el libro más entrañable que jamás ha caído en mis manos. Lo leí por primera vez a los 16 años, en una edición de pasta blanda que ya se deshacía, y que llevaba muchos años en el librero de casa. Lo veía  ahí, modesto,  y el título me decía bien poco, por lo que pasó mucho tiempo para me decidiera a tomarlo y leerlo.

Fue cosa de un párrafo para que  empezara a soñar, a flotar en atmósferas dulces y perfumadas. La prosa de Bradbury es poderosa, bella, llena de sentido: poesía verdadera. Porque, ¿qué es el inicio del verano para un chico de 12 años sino poesía pura, libertad y felicidad?

Cuando en el escaparate de la tienda del pueblo aparecen los zapatos de tenis, todos los niños saben que es el inicio del verano. Los zapatos esponjosos, hechos con tendones de ciervo, silenciosos como lluvia ligera sobre el asfalto.

El estío, el verano de 1928, en un pequeño pueblo norteamericano, transcurre ante nuestros ojos a través de los ojos de Douglas Spaulding, el muchacho que sabe que el verano es el tiempo de dormir en hamaca, de cazar insectos y nadar desnudo en el río.

“Hay días que son sólo un aroma, y el mundo entero entra y sale por la nariz”, dice Bradbury, haciendo pasear por sus páginas un escaparate de olores propios del verano, una apología de la naturaleza en armonía con las personas sencillas.

Cada verano, el enorme jardín del abuelo de Douglas se llena de despeinadas flores; dientes de león que, bajo las prensas, llenarán noventa botellas con un vino dorado. Noventa botellas, una por cada día del verano, que transcurre al tiempo que la vida.

Ese verano inolvidable Douglas vive intensamente. Caídas, fiebres, muertes, nuevos bebés, pasteles de chocolate, la llegada y pronta marcha de la tía Rose—que amenazó, con su orden y modernidad, la destartalada cocina de la abuela, verdadera artista de las abundantes cenas—, las predicciones de la bruja mecánica, la invención de la Máquina de la Felicidad, el descubrimiento de lo que es estar vivo. Y saber que por eso mismo, algún día deberá morir.

En este verano, Douglas madura. Se da cuenta que todo, las máquinas y las bisabuelas, algún día perecen o se oxidan, según sea el caso. Agudamente consciente de ello le pide a Tom, su hermano menor, que nunca se le ocurra caerse de cabeza a un pozo. No es que no confíe en ti, Tom, le dice, lo que pasa es que me preocupa la manera en que Dios gobierna al mundo. Tom reflexiona y le dice: Bueno Doug, Dios hace lo que puede.

El verano comienza con los zapatos de tenis en el escaparate y termina cuando el tendero exhibe montañas de lápices, cuadernos, gomas de borrar. Cuando en lugar de dos mil flores, en el prado sólo crecen cinco o seis. Cuando los días se acortan y el aire se enfría.

En el último día del verano, el abuelo recoge las hamacas y cierra las ventanas. Vuelven los días de escuela. Ya se anuncia suavemente el otoño. Ya todos piensan en el invierno. Noventa botellas de vino estival esperan en el sótano. Un poco de ese sol embotellado, sorbos del sol de agosto, todas las medicinas del mundo. El vino del estío.

“Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios…un tiempo de picnics y cálidas lluvias, campos perfumados de trigo, el maíz nuevo y el heno de cabeza inclinada”.

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