Radio UNAM: lo que sigue

Radio UNAM: lo que sigue

Muy buena la noticia de la destitución del impresentable, por muchos motivos, Renato Dávalos como director de Radio UNAM, al tiempo que se avisa de la entrada de Jorge Volpi a la Dirección de Difusión Cultural. De la salida de Teresa Uriarte, a quien sustituye, ya se había hablado hace semanas.

Me parece que, en principio, la designación de Benito Taibo al frente de la emisora es una buena noticia, ya que es el conductor del programa de mayor rating, el noticiario “Primer Movimiento”. Es decir, sabe de quehacer radiofónico. PERO dirigir una estación no es únicamente ser buen conductor, investigador o periodista. (Y no puedo evitar recordar que también pensé que la llegada de Nicolás Alvarado a TV UNAM fue una buena noticia, así que igual y yo soy la salada, ¿edá?)

Para llevar dignamente adelante la estación universitaria más antigua de México se requiere buena capacidad de gestión, tener claro el proyecto radiofónico de la emisora, ser una persona con vocación de transparencia y muy importante, ser capaz de conciliar los intereses diversos de los trabajadores de confianza, de honorarios y de base.

Además, el director debe ser lo bastante humilde para tener como principal referencia al radioescucha, sin que esto signifique abaratar los contenidos para elevar el rating. Taibo deberá, también, deshacer el daño hecho por Dávalos en materia administrativa, enfrentará un importante hoyo presupuestario y recibirá la estación disminuida en audiencia, con prácticas deplorables como cobrar por sacar programas al aire (bajo el membrete de “atraer patrocinios”).

Sólo una persona con buena inteligencia de gestión podrá conseguir que los trabajadores de Radio UNAM, desencantados hasta lo indescriptible, recuperen la confianza y el deseo de rescatar la emisora. Sé bien que, administración tras administración, han visto mermada su confianza.

Taibo, si quiere ser un director digno del cargo, deberá pensar también en solucionar la precariedad laboral que priva en la estación. Por ejemplo, no existe, ya lo he publicado, la plaza de locutor en una estación que en junio del 2017 cumplirá 80 años. Los locutores, aún los de mayor trayectoria, cobran por honorarios o, si son afortunados, tienen plazas de secretarias, intendentes o asistentes, lo que quede libre en la estructura, pues.

Ineludiblemente Taibo tiene que hacerse cargo del abandonado proyecto de digitalización del acervo sonoro y debe corregir el sistema de catalogación online. También, por supuesto, hacer frente a los problemas de equipo (antenas transmisoras, cables, monitores) que no pueden tener tregua en su atención.

Por supuesto que la primera obligación de Taibo será renunciar a la conducción de Primer Movimiento, puesto que esto le distraería de sus obligaciones y además, le haría caer en lo mismo que Dávalos: tener un proyecto consentido, un programa estrella.

Me encanta la posibilidad que todo mejore, pero es por ahora eso, una posibilidad. Y ya mejor no digo que peor que Dávalos no puede haber, porque ¿saben?, lo mismo dijeron todos de Fernando Chamizo, que nada peor podría existir. Y las cosas con Renato se pusieron de tal manera que en la estación ya lo andaban extrañando.

Algo bonito de todo esto es el alivio de la gente, la cual, me dijeron, andaba por los pasillos de la estación cantando como quien no quiere la cosa “Las Golondrinas” desde que se supo que el rector estaba “decepcionado” de la gestión de Renato.

Seguiré atenta.

 

No soy artista, soy artesano: Humberto Ramos

No soy artista, soy artesano: Humberto Ramos

Entrevista realizada para la edición impresa de la Revista Etcétera.

Nos sentamos en el borde de una jardinera a un costado del Auditorio Nacional, como muchos de los chamacos veinteañeros que acudieron a aplaudirlo en el TagCMDX 2016, en donde ofreció una conferencia.

Ya habíamos buscado entrar, pero alguien nos detuvo: “Se tienen que formar en esa fila. Es para la plática de Humberto Ramos”.

Sonrió. “Yo soy Humberto Ramos”, indicó afablemente. “¿Qué tengo qué hacer?”. La encargada le explicó cómo registrarse. Cumplido el trámite, nos acomodamos y dispusimos a iniciar la entrevista en exclusiva para etcétera. En ese momento, una joven rubia se acercó. Estaba apenadísima de ver a su invitado sentado en la calle e indicó que podíamos pasar.

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A Humberto Ramos, famoso a nivel internacional como dibujante de cómics, no le gusta presentarse como un artista, “soy un artesano”, asegura. Con él, la plática fluye sencilla, no sólo porque nos une una amistad larga y afectuosa, sino porque él es así.

Hace rato en el escenario dijiste “yo soy un artista”. Quisiera saber: a ti, cómo artista, ¿hasta dónde te hace sentir realmente pleno y realizado el género cómic?

“Ay… mira, si dije “artista”, me retracto, (risas), lo dije sin querer. Aunque bueno, ese es el término con el cual nos llaman pero yo nunca me he creído un artista. Quise decir “autor”, porque es el término más correcto.

“Para llegar, en mi opinión, al nivel de artista, tendría que tener otras cualidades que no tengo, pero hacer lo que hago me satisface mucho porque sé que hago un producto, sé que soy un artesano en el mejor de los casos, y al final, eso para mí es suficientemente bueno. No necesito sentir que rompo el cielo con un pincelazo”.

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Se mantiene disciplinadamente moderado, con los pies sobre el piso—“qué padre se oye eso”, respondió cuando se lo dije—y puedo atestiguar que esa forma de ser le viene desde pequeño. Es decir, no es una pose, sino una convicción.

A los 12 años, Beto recitaba (sonrojado) “Los motivos del Lobo”—que le encantaba—frente a los compañeros de clase. Más de 30 años después, el comic star que es hoy interactúa fluidamente con auditorios de cientos de personas. Escucharlo es en varios sentidos una lección de vida, y de hecho, a Humberto le interesa sobremanera destacar, por medio de su labor, no cómo dibujar, o cómo ser dibujante, sino algo más llano: “si yo pude cumplir mis metas, cualquiera puede”. El secreto es trabajar, dice, porque el talento no basta.

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Ramos defiende tenazmente la industria de la que forma parte, pero no la idealiza. Asegura que su fin su único fin es el entretenimiento. Seguramente algún profundo analista objetaría que el cómic norteamericano es en realidad un instrumento de penetración ideológica y colonialismo cultural. Beto no usa, ni de lejos, tintas tan negras para pintar este fenómeno.

¿Qué es lo mejor de comunicar mediante el género cómic?

“Yo siempre he creído que la primera, más importante y probablemente la única función de los cómics es divertir. Yo sé que hay cómics de divulgación, de intención social o de contenido

político, pero yo creo que la esencia del medio es divertir y por tanto, para mí, lo más importante y lo único es eso”.

Agrega que si el “cuento” logra distraer por breves minutos al lector de su realidad, llena de problemas, considera que su misión fundamental está cumplida.

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Dentro de Marvel, Ramos ha prestado sus trazos para Avengers, X Men, Spectacular Spiderman y su favorito y entrañable Amazing Spiderman. Desde la primaria solía decir “yo voy a dibujar al Hombre Araña”. Y así, a punta de lápiz, lo logró. Y por todo lo alto.

Asimismo, ha realizado algunos proyectos independientes (Fairy Quest y Revelations, entre ellos). A su parecer, el que un producto esté pensado “sólo” para divertir no le quita categoría, ni demerita en lo absoluto a la industria. Y fue tajante al respecto.

Hay sectores que consideran el cómic algo menor, algo menospreciable… Hay intelectuales que critican a quien lee cómics, los produce y los escribe. ¿Qué opinión te merecen estas personas?

“No me merecen ninguna opinión. La verdad es que yo un día entendí que la inteligencia y la cultura son dos cosas diferentes. La gente que es culta cree que es inteligente y no necesariamente es así. Pongo un ejemplo: el ganador del Óscar, Alejandro González Iñárritu, tuvo a bien decir algo como que las películas de superhéroes son un “genocidio para la cultura”. Esa me parece la opinión de una persona culta, pero no inteligente.

“Si fuera un poquito inteligente se daría cuenta que las películas que él hace, que son “artísticas” y para un público “exquisito” y “selecto” y etcétera, y que ganan los premios del Óscar y tal, se pagan con el dinero que hacen las películas de superhéroes que él tanto desprecia.

“Sin embargo, este tipo de actitudes no me preocupan, al final, lo que diga un intelectual, en ningún lugar, en ninguna columna o foro, por lo menos hasta el día de hoy, ha afectado la venta de cómics.”

¿Qué tan saludable crees que se encuentre la creatividad dentro de la industria del cómic?

“Los cómics son una fuerza creativa muy importante y justamente por el éxito que han tenido las películas de superhéroes, otros sectores de comunicación y entretenimiento han volteado a decir “oye, sí está chido hacer una película de Batman, pero me gustaría hacer una película de terror o una película de misterio” y empiezan a ver que en esta industria, en este campo casi virgen que son las historietas, los cómics, hay todos esos temas y más.

“Creo que creativamente estamos en un momento muy importante. Está padre que la gente empiece a darse cuenta que no solamente los monos con los calzones arriba de los pantalones están en los cuentos, sino que hay historias para adultos, para niños, para niñas, y que pueden entretener a la gente sin necesidad de decir “estoy leyendo literatura de segunda”. Creo que vamos bien en ese sentido”.

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Hay quien dice que los cómics no son lectura…

“Los cómics no son libros, claro está. Pero no se contrapone, no estorba, de hecho estoy seguro de que la mayoría de la gente comenzó su camino a la lectura través de un cómic.

“Y es una especie de lectura… El nombre más académico de lo que hacemos nosotros es “narrativa gráfica”. Así, si tú hicieras a un lado el texto, en las solas imágenes hay una historia que se cuenta sin palabras. Esa es la parte que nos diferencia de los libros. Allá son palabras que usan de apoyo una imagen. Aquí son dos lenguajes diferentes que se complementan y que son simultáneos.”

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Admite que su posición de dibujante de historietas no le da completa libertad creativa, pero que la restricción de ceñirse a un script resulta un desafío interesante. Ha probado escribir sus propias historias y la sensación le gusta. Pero no se atreve a emprenderla, como argumentista, con una historia de súper héroes.

A ti también te gusta contar historias propias… Sé que has escrito un par de obras que al mismo tiempo has traducido a imágenes.

“Lo he hecho, me gusta. Es complicado y es divertido. Me gusta esa sensación de yo poder crear cosas diferentes a las que mi trabajo me permite. Tengo personajes que son icónicos en la cultura popular y probablemente en la cultura en general del mundo. Y eso es muy emocionante. Pero de pronto poder contar esas historias chiquitas, con personajes chiquitos, que yo he creado, eso también me emociona, porque estoy compartiendo un poquito de lo que soy.

Y aclara: “Sentiría que estoy infringiendo un terreno que no conozco si pretendo escribir un cómic de superhéroes. Porque ya existen, crecí con ellos, trabajo en ellos, y soy totalmente incapaz de competir en esos universos, como autor, como argumentista. Y prefiero contar estas historias chiquitas con estos personajes míos”.

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No obstante la popularidad de que goza, entre sus colegas uno que otro le ha criticado por no trabajar para México, pero difícilmente hubiera alcanzado esa proyección de no haberse colocado en una empresa estadounidense. ¿Sería el mismo Ramos?

¿Cómo evalúas la industria del cómic en México? ¿Se puede decir que existe?

“No podría decir que existe en México una industria del cómic. Hay un movimiento y casi todos son esfuerzos independientes de gente que tiene una voz y una necesidad de decir algo, pero no hay apoyos. La inversión para generar una industria, para mantener el talento, para pagarle al talento es mucha. Siempre será mucho más sencillo pagar una licencia y una regalía a una empresa, que fomentar, pagar, cuidar, proteger y supervisar al talento.

“Hay algunas empresas que hacen cómic, pero ninguna a nivel masivo y las grandes, las importantes, son licenciatarios… se publican aquí, se producen aquí, se traducen aquí. La parte

más fuerte, además de la transportación, es la traducción y la adaptación para el mercado mexicano, pero no hay una producción como tal.”

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Al finalizar la entrevista, ya algo cansado, Ramos tuvo siempre la disposición de atender a cada amigo, colega, fan y periodista que se le acercó. Después de cada foto concedida a algún admirador, se despedía de él o ella con una profunda reverencia.

Esta calidad humana se puso de manifiesto también con quien esto escribe, cuando nos despedimos. “Muchas gracias por acompañarme”, me dijo. “Me siento muy agradecido”.

Querido Beto, la agradecida soy yo.

Caro Quintero en Proceso: el desbarre final

Caro Quintero en Proceso: el desbarre final

Como una mezcla de niña deslumbrada y reportera de la farándula. Así evalúo el desempeño de Anabel Hernández, reportera de Proceso, autora de varios libros sobre el crimen organizado, durante la entrevista que realizó a Rafael Caro Quintero.

Fue difícil de tolerar la entrevista completa. En primer lugar, y aunque sea un detalle menor, por el terrible manejo de voz y gestualidad en los segmentos editoriales, ya que el timbre y la modulación me recordaron lamentablemente a la conductora de un programa de TV Azteca, “El ojo del huracán”.

Luego, la pésima musicalización, que aporta a la construcción de una atmósfera de espectacularidad y poca seriedad periodística. Música tremendista.

En tercer lugar, las cortinillas y textos sobrepuestos, que destacaron los dichos del entrevistado, dando la impresión cada vez más clara de que se le daba espacio para defenderse y servirle de canal para enviar mensajes.

A esto hay que agregar lo que Anabel Hernández pregunta, cómo lo pregunta y más importante aún, todo lo que dejó sin preguntar. Todas las oportunidades de ser incisiva que desperdició y sobre todo, que al final se dejase cautivar por el hombre, que (no puedo saber si auténtica o fingidamente), tiene un aura de hombre de pueblo, sencillo y arrepentido, respetuoso, pero también claridoso, que asegura sólo querer vivir en paz y pide repetidamente perdón por sus errores y por sus delitos.

La entrevistadora ofrece preguntas sencillas que le abren la puerta a algunos atisbos de la personalidad de Caro Quintero, pero ante respuestas inconsistentes, evasivas o contradictorias calla y pasa a otra pregunta igualmente inocua.

Durante los casi 50 minutos de video entrevista, Hernández traduce, parafrasea y sugiere a Caro Quintero qué decir. Particularmente destaco el minuto 28:32:

–¿Usted piensa que el gobierno de México y Estados Unidos están siendo mal informados? (Respecto a que el entrevistado está nuevamente activo en el narcotráfico)

Él asiente.

–¿Por quienes, Rafael, quienes pueden estar interesados en afectarlo, involucrarlo en estas nuevas actividades de narcotráfico, en esta llamada nueva guerra?

–No le sé decir—responde.

–¿Tiene usted enemigos?

–A la vista, no (…) El gobierno yo creo que sabe hacer su trabajo, puede hablar mucha gente, pero en una detención tienen que decirles la verdad y el gobierno sabe hacerlo. ¿Qué tengo que ver yo?

Ante la pregunta retórica, Hernández no aprovecha para cuestionarlo. No se muestra incisiva sobre sus alabanzas al gobierno de Peña Nieto.

En cambio, como cité arriba, y lo hace en otros momentos, insiste en la posibilidad de que Caro tenga enemigos entre los miembros de otros cárteles y tampoco pone en duda ni mínimamente que sus protestas de inocencia sean verdaderas.

Luego, en el minuto 30:14, en una cortinilla, Hernández afirma dramáticamente.

–Caro Quintero sabe que en su círculo cercano hay un traidor… Alguien que trabajó para su familia durante varios años y que incluso (pausa dramática) recibió su apoyo económico.

En seguida, el entrevistado relata que a dicha persona (la que la periodista llama “traidor”), él le dio acogida “para que no se quedara tirado” y lo contrató para que le llevara comida al penal, con un pago de diez mil pesos (entiendo que mensuales, pero él no lo especifica). Otra oportunidad desperdiciada, a mi parecer, para profundizar en el personaje y su poder desde la cárcel.

Caro Quintero explica sus puntos de vista con lujo de inconsistencias, mismas que son toleradas por la entrevistadora.

Ejemplo: “Que mis hijos no son lavadores de dinero de nadie…Ellos no… no. Los dejé chiquitos… Los dejé de siete años al más grande, ocho años. ¿Cuál lavado de dinero?”, señala.

La entrevistadora no lo hace clarificar, con lo que la impresión que se ofrece al público es que condesciende y apoya los dichos de Caro Quintero. Por si hasta este punto a los espectadores nos quedara duda de que, al menos en esta entrevista el “estilo Proceso”, el periodismo sin concesiones brilla por su ausencia, luego de hablar brevemente de la “supuesta guerra contra las drogas” que llevó adelante el gobierno de Felipe Calderón Anabel Hernández lanza una pregunta que parece de Reportera Bizbirije.

–Si usted fuera presidente de la República… ¿Cómo cree que se resolvería esto? Ya con su experiencia, con lo que le tocó vivir… ¿Cómo resolvería esto?

Caro Quintero responde, con voz pausada, una obviedad, que no obstante su poco valor, se destaca en texto sobrepuesto a la imagen.

–Con las armas no se va a llegar a ningún lado.

Y ella, con voz esperanzada, como niña ante su abuelo y perdido el tono profesional, agrega:

–¿Cómo entonces?

–El gobierno sabe cómo… tenemos un señor presidente muy inteligente ¿me entiende?

Y… de nuevo, la periodista omite cuestionarlo sobre esta afirmación tan obsequiosa.

Qué martirio de entrevista, de producción, de música, de todo.

Definitivamente, es una pieza periodística que marca un hito en la historia de Proceso. No porque, como dijo ella, muestre por primera vez a un capo histórico hablar “de la legalización de las drogas, Dios, el amor y la muerte” (qué preguntas tan insufribles), sino porque será una entrevista de alto impacto, que logrará muchas visitas y elevará las ventas de la revista, pero por las razones equivocadas. El éxito de alcance que obtendrá servirá para reafirmar el camino equivocado.

Será un éxito obtenido no por la calidad, no mediante el ya perdido rigor de Proceso, sino mediante la puesta en juego de los factores que elevan el rating. En suma, mediante la puesta en juego de todo lo que conforma la nota cliquera.

El Tribunal Mediático

El Tribunal Mediático

Texto elaborado originalmente para Revista Etcétera

“¿Acaso no solemos comportarnos con demasiada arrogancia, al extremo de erigirnos en fiscales, jurados y jueces, todo a un tiempo, de personajes de nuestra vida pública?”, preguntó, hace casi 40 años, Manuel Buendía, en relación a la tendencia de los periodistas y medios de comunicación de dejar de ser un servicio para convertirse en un poder. De erigirse en un tribunal mediático.

Como él, otros especialistas han señalado la facilidad con la que desde los medios se acusa y se sentencia, con el impulso de la suspicacia y la necesidad de la exclusiva noticiosa. O bien, de alguna animadversión que hace asumir el ataque a ultranza o la defensa acrítica de una causa, con todo lo justa que pueda parecer. Dicha faceta es la contraparte de otra, igualmente deplorable: la de la prensa servil ante el poder.

Este fenómeno de los medios convertidos en jueces, que etcétera denomina el “tribunal mediático”, es materia del libro del mismo nombre, escrito por tres especialistas.

Alejandro Colina Fajardo, Juan Manuel Alegría y Angélica Recillas, coordinados por Marco Levario Turcott, nos hablan del “tribunal alterno” y sus numerosas aristas. El Tribunal Mediático. La crisis de la prensa militante en México, gira en torno a casos concretos en que medios y periodistas se han salido de cauce, al dejar de ser observadores e informadores de los procesos políticos y sociales para volverse partícipes o instigadores de los mismos.

Al dejar que sus simpatías o antipatías lo rijan, un medio caerá en “la omisión e incluso la distorsión informativa en aras de impulsar a uno de los actores”, señala el libro. Esto resulta inaceptable, porque “transgrede el derecho a la información de los ciudadanos, a quienes se les toma como masa de maniobra con el objeto de minar la credibilidad del otro, en este caso el enemigo de la causa”.

OHL-Infraiber, caso emblemático

Los autores de esta obra presentan de manera informada y equilibrada un conjunto de casos en que la prensa erigida en tribunal ha influido en algún proceso mediante la toma de postura, al margen de lo que la autoridad judicial tuviera que decir. Un sector de la prensa que el libro llama también “prensa militante”.

Destaca la cuidadosa revisión que hace Angélica Recillas del caso Infraiber-OHL, en el capítulo “Cuando los medios se erigen en tribunales”.

Enfrentado a la evidencia que presenta Recillas, encontrará el lector que la conclusión es inevitable: un bloque de medios sostuvieron una cobertura noticiosa sesgada a favor de Infraiber, al replicar acríticamente sus comunicados. La investigadora señala que este caso es “un ejemplo emblemático de la tendencia de los medios a erigirse en tribunales paralelos”. Explica que el seguimiento “ha documentado el manejo sesgado que de este caso ha hecho un sector de la prensa conformado por Reforma, Aristegui Noticias, Proceso y Sin Embargo, y en menor medida, La Jornada y Animal Político”.

En el prólogo, Marco Levario Turcott señala que etcétera “ha dado cuenta puntual de cómo el tribunal mediático conformado por este sector de la prensa enfiló persistentemente toda su batería contra la constructora española…Desde el principio de este litigio, dicho tribunal mediático ha sentenciado culpabilidades sin más asidero que la consigna”.

Recillas aborda además el llamado “Caso Narvarte” y su terrible manejo en medios, así como la actuación de Ciro Gómez Leyva en varios casos en que tuvo un comportamiento similar al de un “fiscal”.

Medios y construcción de escándalos

En el capítulo “El poder del escándalo” Alejandro Colina nos habla de la capacidad que tienen los medios para construir percepciones que calen en el imaginario del público; escándalos basados muchas veces en difamaciones y calumnias.

Nos brinda un recuento pulcro y disfrutable de dos casos norteamericanos bien conocidos: el Watergate, raro ejemplo de un escándalo mediático “correcto” y con buenos resultados. Y nos habla de su contraste, el escándalo Clinton-Lewinsky, cuyo único objeto fue exhibir la vida privada de un presidente, sin justificación periodística alguna, bajo un precario disfraz de preocupación moral.

Respecto a México, Colina nos habla de la percepción que muchos medios fabricaron en torno a la fallida estrategia del combate al narcotráfico del presidente Felipe Calderón. Nos recuerda que la expresión “los muertos de Calderón” se insertó de manera irreversible en la mente colectiva y asegura que esta percepción fue mucho más determinante en la derrota del PAN en el 2012, que una auténtica fortaleza del PRI.

Dice Colina: “No se puede sostener (que en el sexenio de Peña) la violencia ha disminuido. Sin embargo “los muertos de Calderón” y “la guerra contra el narco” quedaron como improntas del sexenio anterior. Fueron su icono simbólico…que tuvo un peso de primer orden en la decisión electoral del 2012”.

El autor señala que “el poder de los medios puede contribuir al proceso civilizatorio o marchar en su contra”. A favor, cuando se destapan casos bien documentados de corrupción o de injusticia. En contra, cuando meramente se explota la espectacularidad sin aportar nada al entendimiento de la realidad. Y cierra el capítulo llamando a continuar con el “debate del poder del escándalo mediático”, debate que apenas empieza y que debe ser público.

La responsabilidad periodística

En el capítulo “Medios serviles al poder y jueces impunes”, Juan Manuel Alegría analiza los extremos que el trabajo informativo presenta con frecuencia: por un lado el servilismo al poder económico o político, por otro, la falta de respeto a la vida privada o a la presunción de inocencia que marca la ley.

Además, Alegría nos trae a la memoria el ataque que Ricardo Ravelo hizo en contra de Marco Levario Turcott en el 2013, luego de la publicación del libro “El periodismo de ficción de Carmen Aristegui” para poner de manifiesto que, a varios años de distancia, Ravelo no pudo comprobar su afirmación  de que la obra fuese parte de una campaña de desprestigio en contra de Aristegui, pagada desde Los Pinos.

Ravelo “no ha vuelto a decir nada sobre este asunto”, ya que quizá, “leyó el libro y se dio cuenta que estaba equivocado en su percepción sobre Aristegui… no lo sabemos”, escribe.

Destaco de este capítulo la reflexión sobre la caricatura política. Es en este género en el que más fácilmente se cae en el insulto. “Sin esperar a la decisión de un juez, sin admitir la presunción de inocencia, un imputado es enjuiciado en un dibujo con sus rasgos alterados para parecer torvo o sombrío y con un injerto de rata peluda”, ejemplifica.

También nos refiere que el intento de hacer un periodismo ético es algo que en México tiene varias décadas pero que aún ahora hay muchos que se resisten a ello. Y cita al respetado periodista Víctor Roura: “Si la prensa hablara con mayor veracidad de la prensa, los medianos periodistas, que abundan en demasía en el medio, se difuminarían darwinianamente por una impecable selección (ahora sí) natural”.

El Tribunal Mediático. Alejandro Colina, Juan Manuel Alegría, Angélica Recillas. Compilador: Marco Levario Turcott, Editora Periodística y de Análisis de Contenidos, 2016.

 

Ese “feminismo” NO

Ese “feminismo” NO

Voy a cantarles un corrido muy mentado… De algo que aconteció en la estación del Metro Guerrero, Ciudad de México, el domingo ‪#‎24A (24 de abril del 2016) en que se citó a la marcha en contra de las violencias machistas en varias ciudades del país.

Esto, según relato directo de una testigo a la que entrevisté en exclusiva mientras tomábamos café y pay de queso, y que simplemente, pasaba por ahí. Ya saben, uno siempre reporteando hasta en la recaudería.

Mi amiga Andrea Corona me refirió  que el domingo pasado estaba esperando el metro y que cuando el tren llegó, notó dos cosas:
1.- Un joven esperando a la altura del primer vagón, en donde entre semana se hace lugar exclusivo para mujeres.
2.- Que al menos los dos primeros vagones venían atestados de mujeres portando carteles y pancartas, vestidas de forma peculiar, pintadas algunas en el rostro y en general,en un clima festivo. Andrea no sabía que se celebraba la marcha, pero infirió después que ese grupo se dirigía hacia allá.

Me relató que cuando el tren se detuvo y abrió las puertas, el joven hizo ademán de subirse al primer vagón y que no bien puso pie dentro, una mujer le puso la mano a la altura del esternón y lo empujó con todas sus fuerzas, para que no ingresara. Él trastabilló hacia atrás y efectivamente, no pudo subirse.

Ninguna de las otras mujeres que rodeaban a la agresora dijo nada, ninguna protestó. A los pocos segundos las puertas cerraron y el metro arrancó.

El joven, según me contó Andrea, se salvó de golpearse en un saliente de la pared gracias a que una mujer mayor lo detuvo, pero no con mucho entusiasmo.

Me dice ella que lo que más le llamó la atención fue que el muchacho no se mostró afrentado, no protestó, no dijo nada, no se exaltó. Se enderezó, se acomodó los audífonos que se habían soltado en el envión y se fue a los vagones intermedios.

Y por supuesto, surgió el cuestionamiento.
Si de un vagón atestado de varones, que fueran a una marcha o a un partido de futbol, hubiera salido una mano que empujara a una mujer para impedirle ingresar al metro, evidentemente por su mera condición de mujer, ¿qué habría pasado?

Estoy segura que el caso ya se hubiera viralizado. Que la mujer hubiera denunciado y CON JUSTA RAZÓN.

Pero, por los motivos que sea, el joven decidió no denunciar. Quizá porque se trata de mujeres en su “justa lucha”.

En total desacuerdo con eso que algunas llaman “lucha” y que no es más que una emulación de lo peor de las actitudes que históricamente han ejercido algunos varones.

 

Cai Guo Qiang. Todo es un museo.

Cai Guo Qiang. Todo es un museo.

La superficie del agua en calma sugiere una serpiente de fuego cruzándola en una noche oscura. Un cielo despejado es como un lienzo negro que requiere luces explosivas, vueltas flores y dragones. La gente trabajando, en sincronía inconsciente, llama al artista a plasmar sus volúmenes en un espacio calculado. Autos y helicópteros que se quieren ver en coreografías inmóviles. Derrama de tigres o de perros. Todo es un museo, la realidad entera es una obra plástica.

Cai Guo Qian vive para ocupar y utilizar cualquier espacio y convertirlo en expresión. Pinta, dibuja, esculpe, instala, pero también diseña fuegos artificiales y escenografías teatrales.

El artista chino, residente en Nueva York, tiene en su historial una asombrosa cantidad de exposiciones. Cientos de obras, la gran mayoría, efímeras. “Los proyectos realizados son como brillantes juegos pirotécnicos en el firmamento. Los proyectos irrealizados son las noches oscuras”, dice Cai, en una semblanza escrita por él mismo

Nació en 1957 en Fujian, China. Estudió para escenógrafo en el Instituto Dramático de Shanghai. Ha sido curador museográfico y diseñó los efectos visuales de las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing. Desde sus inicios, su trabajo ha buscado la espontaneidad y lo no convencional, en reacción intensa al clima de represión que vivían las artes de China en su juventud.

Noventa y nueve barcas de aluminio unidas entre sí formando una serpiente. Las pequeñas barcas van llenas de alcohol y se les prende fuego, para que la llama azul de cada una brille contra el agua del río. Un bote motorizado hará avanzar la línea suavemente. Pero, cuenta Cai en su semblanza, la estabilidad falla y uno, por uno, despacio, los botes se hunden en el agua, tal como si un dragón se sumergiera lentamente. Hermoso, pero el público no pudo verlo. Fue uno de los fracasos del artista. Un fracaso ante el público. Pero no un fracaso de la imagen  o de la belleza. Si todo es un museo, el azar debe ser parte de él.

Y tal vez por darle su papel al azar, es que el artista gusta mucho de trabajar con pólvora. Tiene numerosas obras en donde la explosión es el mecanismo para plasmar el color.

Otra noche oscura: en 1996, Cai proyectó la instalación “El tonto que movió la montaña”. Hay una leyenda china que relata como el hombre tonto, pieza por pieza, desmontó la montaña que le estorbaba la vista frente a su casa. Por motivos políticos, la exposición donde estaría esta obra fue cancelada. Las enormes piedras de las altas montañas chinas, que Cai había encargado ya, se quedaron en sus sitios. Dice aún recordar esa idea. “Era muy tonta”, asegura.

Peasants Da Vincis

Lo más nuevo de Cai Guo Qiang se pudo apreciar recientemente (2010)  en el RockBund Art Museum, en Shanghai. “Da Vincis Campesinos”, es el nombre de la exposición en la que el artista nos presentó. “Da Vincis en versiones campesinas chinas”, según el museo.

“Cai Guo Qiang nos muestra da Vincis alternativos, da Vincis campesinos chinos. En su propio espacio, ellos reproducen la invención de máquinas que existen o alguna vez existieron en el mundo para ayudarnos a sobrellevar nuestras limitaciones. Son humildes, aun cuando mantienen aspiraciones increíblemente sublimes. Sus invenciones son crudas y simples,  producto del enfoque y la tozudez individual, pero increíblemente atrayentes”, dice la reseña oficial.

Sin moverse de su escritorio puede visitar  www.caiguoqiang.com, en donde encontrará las obras de Peasants da Vincis y de las  exposiciones de años anteriores. Muy recomendable.

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