Tiempo desnudo

Tiempo desnudo

I

Todo crece.
Explotan en su noche las raíces.
Se alargan dolientes y la tierra se rompe.
Se enganchan los aromas en los vientos.

Es cruel la luz del tiempo renovado.
Afilada y amarilla,
clavada en cada extensión
en cada resquicio.

Es amplio y remoto el cielo que me cubre.
Aprieta en azul un intenso silencio
y todo crece.
Yo soy esta tierra que se rompe.

 

II

Ojos abiertos. Ojos de luz.
La muerte danza sobre mí.
Al descubierto la piel de los días.

El tiempo está desnudo,
con la carne viva pudriéndose al sol.
Se puede oler la desnudez del tiempo.

Es el olor de la muerte necesaria.

Mi vieja piel se desintegra,
al caer arrastra sangre.
Y esta superficie se viste con todos mis fragmentos.

 

III

Fueron amplios los días de aire quemado.
Caí repetidamente hacia la oscuridad de astillas.

Aquellos días se nombraron por ausencias,
por flores ignoradas.

Se calcinaron en apagada soledad.
El fuego nació de los amaneceres enfermos.

Fue el incendio la derrota de los árboles
y un cielo inmóvil habitado de ceniza.

Después,
no hubo modo de evitar la claridad.

La piel renacida se reveló de tierra.

 

IV

Los árboles existen para su propio esplendor.
Para mezclarse con el vuelo de las aves.

Al prolongarse,
no les importa el dolor de la tierra.

Cuando llega la estación,
el tiempo,
todo crece sin remedio.

La tierra lo permite,
para ser testigo de humedad y sauces,
lecho de árboles altivos.

Así, aún en su dolor,
se alegra.

Viento de octubre

Viento de octubre

Sopla el viento de octubre,
el de las nubes densas y evasivas.

En las macetas, las flores
pierden sus pétalos,
por causa
del viento deshilvanado.

Al sentir este soplo cruzar el patio de mi casa,
hago inventario de otros otoños,
de otros octubres fríos
que siempre,
como el presente,
llevaban presagios inciertos en su aroma.

Pienso, falta tan poco para el frío despiadado.

Ya se vislumbra en este viento, todavía teñido
de las lluvias del verano.

Y si el invierno llega y sigo aquí;
la misma, cada vez la misma, ¿cómo podré seguir
dando un solo paso?

Se fue la primavera. Se fue el verano.

El viento hincha la ropa de la gente,
tumba las hojas de mis árboles.

Se lleva completas las flores.

Pasa por sobre mí y entre mí,
y de pronto,
me doy cuenta:
no hago nada por detenerlo.

Miro las paredes blancas del patio,
las enredaderas de flores amarillas,
el bambú, la hierba demasiado crecida.

Miro. El viento helado de octubre
es daga cruel.

No, no puedo entender su lenguaje.

Más no he de pensar que este viento me concierna,
que quiere decirme algo,
a mí,
que nada soy,
más que una estancia presa.

Cuando sopla un viento así,
tan afilado,
pienso siempre en extensas llanuras,
en altos firmamentos de nubes grises
y en carreteras vacías.

Pienso en personas solitarias.

En personas que no pueden decir de sí,
que son incapaces de encontrar su alma.

Me figuro que cuando sopla el viento de octubre
las cosas todas se disfrazan,
para volverse ecos, meros perfiles,
decorados de un escenario
en donde yo,
soy un mueble,
una columna puesta sin más,
con el sólo fin de que el viento
tenga por donde pasar.

Ruge el viento al soplar entre los árboles.
Silba,
canta con gris persistencia.
Las nubes, uniformes como un mar,
dejan a ratos resquicios
y el sol puede caer sobre
las paredes blancas del patio.

Dos poemas

Dos poemas

   1

Llega el fragor,
casi el espanto,
mordiente
sobre la cordillera
de mi espalda.

Ha crecido,
paulatino,
cincelado por
tus palabras.

Derrama anhelo.

Como si fuese
mi vientre
un mar rugiente,
se enerva
y se remansa.

Hacia tu voz crezco.

Hacia tus manos me vuelvo agua.

2

Se ha abierto el reducto
donde lo no dicho
se alojaba.

Donde vegetaba
lo que punza,
lo que devora el aire.

Una sola pregunta,
y la respuesta fue un diluvio.

Estoy bajo la tormenta,
bajo el impacto de meteoros.

Traspasada,
sin piel,
sin aire.

Invadida,
y estallante.

Vacía de sinsentido
y plena de palabras.

No mueres

No mueres

Cada vez que te incinero,
reverdeces.

Te asfixio,
quemo todos tus rostros y tus letras
y lanzo
fuera de mí,
nubes de cenizas.

Más tu cuerpo,
como árbol vigoroso
se niega al desarraigo.

Voy con tu voz en la frente,
con tu sonrisa como abrigo,
con nuestras historias
caminándome en el cuerpo.

Tu nombre pinta mi boca,
moja las calles que camino.

Llueves en cada tormenta.
Caes,
cascada, sobre mí,
dentro de las hojas al viento.

Urdimbre laberíntica
de mis ojos a tus labios,
de tu risa a mi estupor,
de mi fragor
a tu silencio.

Decido,
casi a diario,
que debo desterrarte,
pues que vivas en mi aliento
no es propicio:
me deja sin carne,
come mis ojos,
escalda mi aire.

Siempre que te asesino
mediante un recuento
de muros y de abismos
encuentro que lo que me habita
es intocable.

No mueres.
No perdonas.

Tú, en mí

Tú, en mí

Tú, en mí
vuelto palabras sombrías
a falta
de tu peso
de tu paso.

Recuento de guiños
retazos de dicha:
cosecha torturada.

Tú, en mis pulmones
robando aliento
arteramente.

Consciente–y tanto–
de mi derrama
de yo vuelta pedrusco.

El transcurrir pantanoso
de mis horas
de mis días
muy allá
de ti
de lo que en tus manos crece.

Tú y yo
engarzados
sin remedio
sin descanso
sin remanso.

A mi espalda atado
a mi pecho unido
de mis palabras eco
de mis euforias causa.

No estás aquí
pero el viento ruge
y el árbol danza
y a eso me conformo.

Tú, hombre vasto
semilla
de un universo
que a mi alrededor se agita.

Entras en mí
y me estallas
me anegas.

Te me haces llanto
y mi pesar reposa.

Sólo estadía

Sólo estadía

Horizonte incierto abre las fauces
y no hay camino. Sólo estadía.

Todo lo tuyo
dejando huella por la tierra
por mi universo,
diminuto como tumba.

Palabra, niebla de ti
corre el camino,
el cauce entre océanos dentro,
atesorados.

Erguidos, dueños del paisaje,
los árboles pardos,
carentes,
enmudecidos infectamente.

Moduladas en rebaño,
avanzan nubes bellas y terribles,
incrustación de tu cielo
ese que tus ojos pretenden beber
no sé con qué fortuna.

Extraño a todo,
más perdurante,
permaneces.

Pones tu mirada en lo que duele
hasta lograr que mane sangre
y doblegarlo.

Yo, existo en un tenue estrato
de tu nombrar,

tangencial,
intermitente.

Conozco andares de memoria
y reconstruir infatigable.
Mucho sé de acumular,
resguardar en estancias privadas
tu presencia,
los antes doloridos,
los ahora acorazados.

Paisaje preso
sobre el que ambiciono el estruendo.

Eterno y circular sendero
agostado de tedio,
cuando tus ojos se cansan.

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