Dragonfly, mi historia de esperanza

Dragonfly, mi historia de esperanza

Ocurrió hace tiempo, varios años ya, y fue, en realidad, como un cuento. Uno donde la princesa o la heroína (en mi caso, la señora común y corriente), no puede más de la angustia. De esas veces en que la incertidumbre sobre mi sendero personal se estrellaba contra los problemas de dinero.

Vivir al día… es la frase que tantos usamos para decir que a veces, ni para ese día tenemos.

Esa vez, un cheque por una modesta cantidad me hizo sentir mejor, pero el alivio no duró mucho ya que, calculé, después de pagar el teléfono (indispensable para el trabajo), poco quedaría.

Salí al banco, cobré el cheque e hice el pago. De regreso, vi en una tienda propiedad de una china de mediana edad un wind chime, un conjunto de campanitas de viento tubulares, sostenidas de hilos transparentes.

Al principio y al final de cada hilo, colgaban libélulas de plástico color ámbar, de distintos tamaños. No eran hermosas, no. Tenían, para mi gusto, un realismo excesivo y un mal acabado, pero me entró un intenso deseo de poseerlas, de verlas en mi casa, oírlas sonar con un tintineo de buena fortuna.

Como tantos seres hermosos, las libélulas son para los chinos símbolo de fortuna y prosperidad. Y yo NECESITABA fortuna, joder. Pregunté el precio: cuarenta pesos apenas. Una nada, casi regalado. Pero… no me lo podía permitir.

Sentí una nube de enojo y tristeza sobre mí. Sentí que vendría el llanto de frustración. Salí de ahí, fingiendo soltura y sin culpar a nadie más que a mí misma de mi patético estado. A mi ceguera para las oportunidades, a mi dificultad para abrirme camino.

Ya en casa, fui ante mi altar, en donde tengo una bella efigie de Kwan Yin. Calladamente, y finalmente, llorando, pedí por dinero, por ayuda, por certezas, por paz. Mi espíritu se desgajaba, me sentía frágil, como papel de arroz bajo la lluvia.

Lloré a mi gusto y salí al jardín. Eran las cinco de la tarde y la luz del sol incidía en la hierba y las hojas de mi palmera de un modo que hacía a los verdes refulgir, frescos y enjoyados. Quise ser capaz de llevar esa belleza a mi alma, esa tranquilidad a mi corazón.

Me senté en un tronco seco. No podía desprenderme de la sensación de estarme desgajando, como un cerro de tierra suelta.

Cerré los ojos. Percibía la luz del sol a través de los párpados. Y una breve sombra interrumpió la luz anaranjada. Respiré.  Estaba de cara al sol. Otra sombra fugaz cruzó frente a mí y abrí los ojos.

De reojo, vi algo a mi derecha.

Una libélula…

Grande, ámbar, idéntica en todo a las que viera unas horas antes.

Volaba en círculos alrededor mío.

Y luego—no creerán, pero lo juro, no mentiría en esto, que es sagrado—, otra más.

Vi llegar, desde lo alto, un grupo de tres. Después, otras cinco y muchas más. ¡Danzando! Danzando ante mis ojos, que estaban llenos de lágrimas estúpidas. No menos de cincuenta enormes y muy vivas libélulas color ámbar (idénticas, insisto, a las imitaciones en plástico que quise poseer), se extendieron por todo el jardín a la altura de mi vista, diciéndome (¿cómo no entenderlo?): “siempre hay alguien que te escucha, no eres pobre, mira toda esta danza de vida. ¡MÍRALA!, aquí están tus libélulas, vivas, danzantes y eternas, en este instante enjoyado”.

Por supuesto, lloré otra vez. De alivio, de dicha, de gratitud. Y ocurrió el milagro que pedí. No, no fue una montaña de dinero puesta ante la puerta de mi casa. Fue un corazón apaciguado, mi mente fortalecida y la certeza de que a mí, pequeña y modesta, algo, alguien, hace eco de mis quejas y ansiedades.

Y todo estuvo bien. El camino siguió, nadie murió de hambre, no perdí nada. Pausadamente, poco a poco. Puesto que la construcción de una realidad mejor viene de la calma y la energía. Del creer que es posible y que el mundo no es un lugar hostil, que nos odia.

No me permito olvidar esta historia.

La danza en el jardín, que jamás había ocurrido (aparecen de cuando en cuando una o dos libélulas, pero pequeñas como mosquitos y de un azul transparente), no se ha repetido jamás.

No digo que no he vuelto a caer en desesperanza, pero cuando me gana la tentación de pensar que mi mundo es ciego, cruel y sin sentido, hago memoria.

No me doy permiso de endurecerme, y me sostengo en la creencia de que en la vida hay mágicas sincronías y he hecho de la libélula  mi símbolo personal de esperanza, magia y libertad.

Pues eso quiero ser: danza, vuelo, alas transparentes.

En días difíciles y en días bellos convoco a mi memoria la danza ámbar. Ese asombro. Y doy gracias.

Música para sus oídos

Música para sus oídos

El sonido… ese sonido tan sabroso. Al igual que  las canciones que le gustaban (¡las de Amanda Miguel!), se repetía en su mente una y otra vez. ¡Crac! O tal vez: ¡Sploch! Y la hacía sonreír. Y salivar. ¡Qué rico, me cae!, pensó. Suspiró, disfrutando la distensión que el suspiro daba a su vientre abultado y tenso.

Estaba sentada en su cama estrecha y desvencijada. Hacía tanto calor. Se pegó a la pared, con la camisola áspera ligeramente levantada para que la espalda sintiera el fresco tacto de la pared de ladrillos rojos. Se acercó lo más que pudo a la diminuta grieta—en la juntura entre dos ladrillos—que  permitía entrar un poco de aire y dejó que su piel reseca disfrutara ese extraño lujo. Aire.

A causa de esa grieta  peleaba el dormir en esa cama, que ocasionalmente alguna le había disputado por estar más cerca del foco. Pero a ella no le interesaba leer nada, ni revistas, ni menos libros y eso que había muchos en la biblioteca. Lo que quería era poder acercar la cara, la espalda o un brazo y sentir, sobre todo en tiempo de frío, un soplo delgadísimo que le daba ilusión de libertad.

Ahora, disfrutaba este inusual rato a solas. Siempre, siempre, estaban esas viejas alrededor, jodiendo, hablando, preguntando pendejada y media, y contando las mismas cosas que llevaba años oyendo. De tipas así estaba harta, y por una tipa pendeja, precisamente, estaba encerrada aquí. Pero qué chingados. Valió la pena. ¡Crac!

Se llamaba Janet Araceli, tenía 47 años  y llevaba quince encarcelada por asesinato.

***

Eran las ocho y media de la mañana. Como todos los días, Janet ya había dejado a los tres niños en la escuela, después de dejar comida hecha, y pasar al mercado de plantas por flores para el puesto. Con una jícara rociaba de agua el cacho de banqueta donde acomodaba las cubetas, unas con girasoles, otras para los claveles, otras para crisantemos, rosas y más.

Ya había hecho muchos ramilletes combinados con follaje  y colgado una cartulina que decía: “Ramos a $10 pregunte” y al lado,  una carita feliz.

Después de rociar, empezó a  barrer su lugar con todo cuidado, quitando tierra, hojas y basuritas. No pudo terminar porque un pie calzado con una sandalia ligera, esbelto, con las uñas pintadas de verde, le cerró el paso. No tuvo que alzar la vista para saber de quién se trataba y así, con la mirada baja y voz furiosa dijo:

–¿Sí me haces el favor de quitar tu pata? Tengo que trabajar.

— ¡Ay, qué genio manita! Aparte, la calle es libre, ¿no?

La voz aguda  de la otra la encendió de inmediato. Alzó la vista y se le enfrentó.

–¡No me digas manita, estúpida! Y en serio, quítate de aquí. Que la calle es libre ni qué la chingada. ¡Órale!

La otra sonrió, sin poder disimular, bajo su sonrisa, una intensa ira.

–¿Qué, dormiste sola anoche otra vez, verdad? Porque ¿qué crees? Yo dormí bien acompañada.

— ¡Pendeja!

— ¡Jajajaja! No, manita, pendeja otra, que deja que le bajen al marido.

— Mira, pinche Claudia, no me importan tus puterías ni las cochinadas que hagan el Gerardo y tú. Yo soy la esposa, fíjate. ¡Por las tres leyes, aunque te arda!

**

Fue música para sus oídos… ¡Crac! Un sonido semejante a una sandía estrellándose contra el suelo, quizá. O no, era más preciso decir que se parecía al sonido del cuchillo del carnicero contra la tabla de cortar… Se parecía un poco, muy poco al ruido que hace el  trozar con ambas manos los tallos de un ramillete espeso de flores. Pero también sonó como el choque de dos autos, aunque no tan intenso.

Las posibilidades eran muchas. Janet encontraba enorme placer en recordar ese sonido (no sabía si llamarlo un ¡Crac! o un ¡Sploch!, era sustancial la diferencia) y asociarlo con las cosas de la vida diaria. Había aprendido a tener las orejas bien abiertas, para captar del ambiente cualquier ruido que pudiera recrearlo.

En su labor diaria, cosiendo en el taller donde hacía figuras de peluche, o en el comedor, o en el baño… A la hora de estar en el patio e incluso cuando todas las estúpidas que compartían celda con ella no paraban de hablar, Janet lograba internarse auditivamente en la atmósfera para extraer cada sonoridad por separado y encontrar diminutos y a veces distorsionados sucedáneos de ¡Cracs! y ¡Splochs! que le llenaban de sensual disfrute.

Descubrió que podía asignar con la imaginación una melodía (ella le decía canción) a secuencias de sonidos totalmente planas y repetitivas, como el ruido que hacían las lavadoras.

Por cierto, recordó, cuando las lavadoras paraban entre ciclo y ciclo, hacían un delicioso “¡Crac!”, no idéntico al suyo, pero sí muy disfrutable.

El calor seguía y por la grieta de la pared ya no entraba nada de aire. La pared se calentaba. Deseó poderse desnudar por completo. Pero era imposible. Se arrolló las perneras del pantalón y sintió un poco de mejoría. Se sumergió de nuevo en la evocación. ¡Qué rico! En serio, se dijo por enésima vez durante su estancia en esa cárcel, en serio que valió un chingo la pena.

**

Janet notó, por la reacción de Claudia, (boca fruncida y temblorosa, ojos entrecerrados) que había acertado. “Esta putita lo que quiere es boda, la pobre pendeja”.

–¿Qué se siente ser amante de un casado y andar alzando sobras, mamacita? La verdad, a mí me daría pena.

–¿Y tú qué?  ¿No tienes tantita vergüenza? Todo mundo en la colonia sabe que tu marido anda conmigo. ¡Suéltalo, ya estás vieja, ya pasó tu tiempo!

Janet se miró los pies, también en sandalias, pero de hule. Las uñas maltratadas y los talones duros. Se hizo crudamente consciente de la diferencia entre sus manos ásperas y las de Claudia, que lucían largas uñas (postizas) decoradas con piedritas brillantes. Entre sus piernas, de piel escamosa y las de ella, sedosas y gráciles. Entre su ropa luida y la de ella, nueva y juvenil. Entre su trabajo como vendedora callejera y el de Claudia, que hacía maquillajes de XV años. Entre sus 32 años y los 19 de ella.

Dominó la voz, que se le quebraba, para decir con fingida dignidad:

–Vieja, pero bien casada. Salí de blanco de mi casa y no tuve que andar de ofrecida para tener hombre. Y otra vez te digo: házte pa’llá, que se me hace tarde.

En vista de que Claudia seguía firme en su lugar, estorbándole el paso, Janet hizo ademán de rodearla. En respuesta, la otra dio un paso al lado y se le puso nuevamente enfrente, cara con cara.

–¿Qué, te estorbo?

–¡Quítate, maldita!

–No me quito, pinche vieja horrenda, apestosa, india prieta, ¡das asco! Gerardo te odia, lo tienes harto. Y pues con justa razón, ¡eres una porquería! ¡Ya, divórciate y déjalo ser feliz!

Janet sintió que los ojos le ardían, en aviso de un torrente de llanto. Respiró y procuró darle a su voz un tono burlón, despectivo, y un ritmo pausado.

— ¡Yo sí sigo mi religión bien! Si me casé por la iglesia es para siempre, ¿eh? Y pues qué casualidad que Gerardo va y te coge y luego regresa conmigo. Como que muchas ganas de casarse contigo no tiene. Será que sólo le sirves para darle las nalgas, ¿no? Igual que al que te hizo a tu escuincle y que quién sabe dónde ande.

–No me dejó, estúpida, a mí no me deja NADIE, yo lo mandé muy lejos. ¡Yo sí soy chingona!

Janet torció la boca, incrédula.

–Pero de todos modos para Gerardo eres plato de segunda mesa, pendeja—y ensayó una risa sardónica.

Claudia perdió el escaso control que le quedaba. Con su larga mano la empujó, apoyándose en su esternón, mientras rugía.

–¡Muérete! India puerca…

Janet cayó, sin soltar la escoba. El palo de madera le golpeó el rostro. Las lágrimas que había estado conteniendo salieron sin control. Desde el piso, entre el nublado de las lágrimas, vio caer a Claudia sobre ella, a puñetazos.

**

Serían ya como las 6 de la tarde. En media hora o algo así regresaría todo el mundo de su turno de trabajo. Para Janet era día de descanso y siempre lo pasaba ahí. Cada minuto de soledad lo aprovechaba para estar en su cama, pensando.

A sus hijos no los había vuelto a ver. Gerardo jamás los trajo a verla y eso la tenía siempre con un agujero en el alma. Por eso, mejor ni acordarse… Y  pensar en algo lindo. ¡Crac!

**

El primer golpe lo recibió en la mera coronilla. Claudia le encajó el puño de arriba hacia abajo, con una fuerza que le asombró y la dejó aturdida, al borde de un desvanecimiento. Enceguecida de coraje, lanzó golpes al azar y pudo detectar la posición del cuerpo de la otra. El abdomen estaba más o menos a la altura de su cara y golpeó con toda la fuerza que pudo. Notó que sus golpes se perdían, ineficaces, puesto que la otra estaba colocada de manera conveniente para evadirlos. Aun así, logró enojarla aún más.

Para dominarla, Claudia, que estaba de pie, la agarró  del pelo y tiró hacia atrás, inmovilizando su cabeza, mientras Janet seguía sentada, con las rodillas encogidas.  De esta forma, tenía su rostro al descubierto, a su merced. Claudia acercó la cara, distorsionada por la rabia. Janet pudo ver que tenía la nariz dilatada. Le olía la boca a pasta de dientes.

–¡Te voy a matar, ruca infeliz!

Janet sintió un terror helado apropiarse por completo de su cuerpo. Notó que la gente las empezaba a rodear, en su mayoría mujeres conocedoras del problema entre ellas. Una señora de pelo cano le dijo a otra mujer, más joven, que era necesario hacer algo.

–¡La va a lastimar, mire cómo la tiene!

–Eso es cosa de ellas, Lupita, no nos debemos meter.

–Pero ella es joven y más fuerte. Además, Janet es la esposa.

–Mire, lo que yo digo es que si el marido buscó por fuera, es que ya no se lo daban en su casa.

–No estoy de acuerdo. La señora Janet es muy trabajadora.

–Pero eso a los hombres no les importa… Ellos quieren carne fresca.

–Ahí sí le doy la razón. El hombre es hombre.

La encargada del puesto de periódicos, que iba llegando, una treintona tosca, de pelo cortado a lo militar y chamarra negra  miró con interés a las contrincantes. Gritó al aire, sin dirigirse a nadie en particular:

–¡Déjenlas que se den ¡ Mientras sea un tiro limpio nadie nos debemos de meter.

Y por un buen rato, nadie intervino. Todos fueron testigos y posteriormente, no hubo ninguna duda de lo sucedido.

**

Algo desesperaba a Janet de ese encierro. Algo además de las fulanas que estaban en el mismo dormitorio y el calor, y los olores, además de no ver a sus hijos y de no poder comer en platos decentes. Lo que le desesperaba terriblemente era la limitación en los sonidos disponibles.

Conocía de sobra el ruido que hacía la máquina de coser. Ningún “¡crac!”. Las lavadoras hacían algo cercano, pero no exacto, en un momento del ciclo de lavado que le gustaba mucho, pero la dejaba insatisfecha. Los ruidos de la cocina a veces le daban lo que buscaba, cuando dos ollas entrechocaban. Pero no debían ser dos ollas cualquiera, sino dos de las macizas, de paredes gruesas.

En ese momento se le ocurrió que nunca había probado golpear en la pared con la mano. Sería porque estaba más pendiente de la grieta que le daba un hilo de aire. Probó. La mano cerrada… “¡Tong!” Ni de lejos.

Golpeó con la palma abierta por completo. “¡Plaf!”… Probó con sucesivos golpes, ahuecando la mano y logró algo como un “¡Clac!”… No lo mismo, pero rico, cómo no. Golpeó varias veces, hasta que le ardió la mano.

Entonces, buscó entre sus cosas algo duro. ¡El tacón del zapato! Estaba por intentarlo cuando entró la primera de sus compañeras en el dormitorio.

-¡Esa pinche Janet! ¿Qué haces ahí, cabrona? Tú descansando a toda madre y uno en joda, no mames.

–No me molestes, es mi día de descanso.

— ¡Yayaya! Bájalee…

La recién llegada se tumbó en su propia cama, agotada. Ya no dijo nada. Janet estaba molesta. Entonces, recurrió a la memoria. “¡Crac!”

**

Claudia estaba encima de Janet y dominaba por completo la pelea. Ya tres de sus uñas postizas habían salido desprendidas. Con la joven sentada sobre su abdomen, Janet apenas alcanzaba a cubrirse la cara y debido a la posición, estaba impedida para patearla.

Al ver su completa indefensión, la mujer mayor no pudo más y se adelantó. Con voz cascada y rotunda ordenó:

–¡Ya, Claudia! No abuses.

–¡Ohquela… ¡Que las dejen, que es un tiro limpio!—gritó la del puesto de periódicos.

Transportada por la rabia, Claudia miró a la mujer mayor…

–¿Qué no ve que no me deja ser feliz?

–¡Déjala, dije! Párate.

Trabajosamente, puesto que tenía la falda enredada y las sandalias chuecas, Claudia se puso de pie. Notó que había perdido varias uñas y que de un dedo le manaba sangre y se distrajo, metiéndoselo a la boca, dándole a Janet la espalda. Estaba segura de haber vencido.

De inmediato, Janet también se puso de pie. Durante los minutos que estuvo tendida, bajo los golpes de Claudia, no tuvo otro panorama que la furiosa cara de su rival y la raída lona que cubría su puesto de flores. Una lona que sostenía por tres puntos: el tronco de un árbol, un poste de madera y un lazo atado a un ladrillo colocado en el piso.

En cuanto se vio libre y a Claudia distraída y fatigada, Janet se inclinó, zafó el ladrillo del lazo que lo rodeaba por el centro y con su fuerte mano, esa que tan intensamente contrastaba con las de Claudia, lo levantó. Dio dos pasos al frente y lo encajó verticalmente en la nuca de Claudia, ocupada con sus uñas rotas. “¡Crac!”.

**

Música para sus oídos. El crac que hizo la cabeza tronada de Claudia no fue sólo un sonido. Fue música, fue sabor, fue perfume.

Al verla caer de bruces, ensangrentada, notó que su propio cuerpo se volvía ligero, que respiraba mejor. A su alrededor, los gritos de las mujeres que corrieron a atender a Claudia se opacaron y el tiempo se hizo lento, moroso. Supo que la imbécil esa estaba muerta desde el instante en que sintió como el cráneo cedía bajo el ladrillo, exquisitamente.

Lo disfrutó con todos sus sentidos, con la mente expandida, tocando la eternidad.

Era un deleite inédito e inesperado. Era… la felicidad.

**

La llevaron a la cárcel. Admitió haberla matado y no dio excusas. Y aquí estaba, quince años después, con la memoria fresca, pero ya desvanecido desde hace tanto el éxtasis, el mayor momento de dicha y libertad que había conocido.

Lo invocaba, lo evocaba a través de ese sonido. Quería volverlo a vivir. No lo había logrado aún. Pero tenía mucho tiempo por delante. “¡Crac!”

Este es el corrido del Caballo Negro

Este es el corrido del Caballo Negro

(Crónicas del Hoy no Circula)

Uno que quise mucho, uno bien chambeador, pero chiquiado y caprichoso. Me hizo ver mi suerte, pero también fue mi cómplice en todas las andanzas que tuve durante la universidad.

Corría sin pujar a 140, suave, deslizante y a pesar de sus 6 cilindros, era bien rendidor y no salía caro en gasolina.

Era modelo 1981, calcomanía azul, morenazo él, de interior amplio, asientos anchotes, automático, carcachón, pero con estilo. Lerma, era su modelo, de la fábrica American, de los que ya no hay.

Desde el principio dio muestras de su temperamento. El día que lo compramos (usado), mi papá y yo fuimos hasta por Satélite y me tocó ir al volante, mientras mi papá regresaba en su propio auto.

Ese mismo día me hizo la primera de las suyas, y no es que sea yo supersticiosa, pero yo lo atribuyo a un enorme atrevimiento mío: en la guantera encontré una estampita de un santo, uno muerto, que se representa acostado. La vi, hice cara de fuchi y la tiré por la ventana.

Me fui a no sé dónde y pasé por amigos y por mi maestra, Dolores Castro. No recuerdo qué hacíamos ese día, pero con todos a bordo, en pleno Reforma me detuvo la patrulla porque el engomado que traía era falso.

Y de ahí pal real. Una vez se quedó sin marcha en la subida de Indios Verdes. Para mi fortuna (pero también terror) un taxista se detuvo a ayudarme, e impulsado únicamente de su orgullo de macho alfa lomo plateado empujó él sólo el auto hasta una calle tranquila. Yo nomás lo veía como se ponía morado. Que un hombre esté en peligro de perder sus riñones solo por quedar bien con una chava, sólo sucede cuando una tiene 22 años y anda en minifalda. Luego, el taxista se fue a comprar la pieza (el bendix, dijo) y lo cambió. Él pagó todo, yo no traía un peso. El auto arrancó, yo apliqué mi talento de chava chilanga para irme sin darle mi teléfono y sin ser nadita grosera y llegué a mi casa, maldiciendo al cochino auto pero bendiciendo al taxista, que en la gloria de las verificaciones esté.

No faltaron las llevadas al corralón por estacionarme mal, un par de choques y la vez que se rompió la llave del encendido, pero creo que el momento más destacado fue cuando me salí de mi casa rumbo a la universidad un día de No Circula. Simplemente lo olvidé. Un policía en motocicleta me abordó sobre periférico, a la altura de Lomas Verdes, en pleno embotellamiento.

Muy pronto, su charla llegó a la etapa del “se lo dejo a su criterio, señorita” y ofreció “escoltarme” al estacionamiento de la ENEP Acatlán, que para que no me detuvieran (obvio, era para que no le ganaran los 20 pesos que le iba a dar. Veinte pesos de 1992, ojo).

Me puse horriblemente nerviosa, me iba preguntando las razones de mi trágico destino, diciéndome de todo, (tonta, tarada, imbécil, gaznápira, etc.) mientras el policía iba delante de mí. Avanzábamos muy despacio, por el intenso tráfico. Yo soltaba el freno, frenaba, soltaba, frenaba, sin apenas pensar. Al ser el coche automático, a veces manejaba con un dedo en el volante y la pata derecha subida en el asiento del copiloto.

Así, en el desparpajo con el que manejaba, el enojo y los nervios, calculé mal el frenado y con la defensa tumbé de su motocicleta al policía. Se levantó furioso, me miró como si yo fuera una tonta, y yo sólo le hice cara de “¡Ups, sorrryyyy!” y más nerviosa me puse. Ni siquiera me dio risa.

Llegamos a la escuela, le di sus 20 pesotes, que ojalá haya usado para quitarse lo feo y lo panzón y me quedé como media hora agarrando aire.

Me tuve que despedir del negrito por culpa de Salinas de Gortari o de Zedillo, aún no hay mucho acuerdo. Por esa vez en que le quitaron los alfileres a la economía, en diciembre de 1994 y todos nos fuimos a la chingada, unos más que otros. En casa hacía falta dinero y tuvimos que vender lo que pudimos.

Pero no fue fácil, no. Ni nosotros como familia queríamos deshacernos del nene, ni el nene nos la iba a dejar tan barata.

Dimos el auto a vender a un señor que a eso se dedicaba, conocido de la familia. Lo revisó, dijo que estaba bastante bien para sus años (el auto, no el señor), y algo le invirtió para poderlo vender bien. Le dio una arregladita de carrocería y lo ajustó. Atención aquí, lo ajustó.

Pronto consiguió prospecto. Nos contó luego que subió al posible cliente a dar una vuelta, que a éste le encantó como se sentía rodarlo y que aún en marcha, le dijo “lo compro”. A la media cuadra, el nene se desbieló. Temperamental, como dije arriba.

Y así como esa, no sé cuántas, pero muchas e increíbles. Un día era una manguera rota, otro día la batería que no prendía cuando iban a verlo pero que funcionaba cuando se iba el posible comprador, otra el carburador.

Total, que el señor que quería vender el auto nomás nos contaba las novedades, incrédulo y exasperado. Ya había gastado en reparaciones mucho más de lo que podría pedir por el auto y estaba harto y sobre todo, apenado con nosotros.

¿Ustedes qué hubieran hecho? El señor tomó una decisión sabia, y le importó muy poco lo que opinaran de él.
A la siguiente persona que se interesó por el auto le dijo lo siguiente, a varias cuadras de donde el vehículo se encontraba estacionado:

–Lo voy a llevar a dar la vuelta, usted lo maneja, lo siente, luego, lo puede revisar de todo a todo, carrocería, tapicería y motor. Si está interesado en comprarlo, NO DIGA NADA ENFRENTE DEL COCHE.

Y así lo hizo el cliente. Fue discreto. Le gustó el auto, pagó lo que le pidieron y se lo llevó y hasta donde supimos no dio ningún problema.

Años después, en Polanco, lo vi estacionado. Le mandé besito, pero no quise acercarme. Es mejor así.

 

Cosas buenas que parecen malas

Cosas buenas que parecen malas

Hay una frasecilla trillada que advierte que no hagamos nunca cosas buenas que parezcan malas, debido a que fácilmente podríamos quedar como unos malditos cuando en realidad tan sólo somos pendejitos con buenas intenciones.

Pero en la vida suceden muchas cosas que son eso, cosas buenas que parecen malas o dicho a lo “new age”, bendiciones disfrazadas.

He aquí algunos ejemplos:


–Perder amigos, que sólo eran lastres y ruido cognitivo.

–Darse cuenta que alguien no nos amó, sino que éramos pretexto para su vanidad.

–Ser despedido de un trabajo en el que estábamos únicamente por el dinero.

–Enfermarse y quedarse en cama y así, reestructurar la vida.

–No tenerlo todo, no lograrlo todo y así, aprender aceptación.

–Tener múltiples ocasiones para llorar, porque eso quita la dureza del corazón.

–Estar al borde de un abismo metafórico y así, ver la enormidad de un mínimo paso atrás que nos salva de la destrucción.

–Esas rachas de restricción económica, que hacen ver que con un plato de sopa podemos ser felices.

–La soledad, que obliga a verse por dentro.

–El no tener nada interesante qué hacer, para mirar al cielo.

–Ser incomprendidos, porque nos salva de la soberbia.

–Tomar conciencia de nuestra enorme imperfección y así, avanzar a la libertad.

Esta es mi historia de violencia

Esta es mi historia de violencia

En respuesta a la iniciativa de muchas mujeres, que han pedido que todas compartamos  una historia de violencia o de acoso, recuerdo este episodio, en el contexto de la convocatoria a manifestarse en contra de las violencias machistas, el pasado 24 de abril del 2016.

Tenía yo 19 años. Me encontraba con mi novio, Salvador López Piña, de 24, en una fiesta de su familia. En ese entonces yo sólo pensaba en bailar en todas las fiestas y desde que inició la música así lo hicimos.

Había un sujeto, desconocido para mí, que llamaba la atención por su habilidad para bailar y mientras yo bailaba con Salvador, no perdía detalle, lo que no escapó a la atención de mi pareja, celoso patológico.

–¿Qué le ves?
— Estoy viendo que es un bailarín muy bueno– le dije, pensando ingenuamente que compartiría mi interés puramente objetivo.
— ¿Te gusta cómo baila, eh?
— ¡Sí! Es talentoso.
— Pues ándale, ¡vete a bailar con él!– dijo, y me soltó bruscamente y me impulsó hacia donde estaba el joven.
— ¡Oye, espérate! ¡Qué pena!
–¿No dices que te gusta cómo baila? Si quieres te lo presento–me dijo en un furioso susurro.
— ¡No hagas esto! Yo no lo dije porque quisiera bailar con él.
— ¡Como si no te conociera!
— ¡Por favor, Salvador, no empieces! Vamos a seguir bailando, por favor.

Se tranquilizó un poco. Seguimos bailando. Di mal un giro o él hizo mal un movimiento, lo que fuera, el caso es que me quedó en mala postura un brazo.

–¡Au!
–¿Ora qué, Orquídea?
— Nada, que me dolió el brazo, ahorita en la vuelta.
–¡Ah, claro! ¡Cómo yo no sé bailar como ese!
— Ya, por favor, por favor, no sigas así.
— Vamos para afuera. Ya vas a empezar de ridícula, a llorar, como SIEMPRE. Me lleva la chingada contigo.

Abrevio lo que siguió diciendo que duré dos horas afuera de la casa, alegando lo mismo, llorando y jurando que no, yo no dije lo que dije por mal, que no dije que él bailara mal, que yo no quería conocer al otro tipo, que me dolió el brazo, pero poquito… Finalmente, pedí disculpas. Y tardó varios días en perdonarme.

Lo peor: yo no sabía que todo eso, desde la primera frase, era violencia. No se decía, no había tanta información. Celebro que la haya en la actualidad. Compartamos historias.

De la belleza

De la belleza

Nunca deja de maravillarme el fenómeno de la belleza revelada súbitamente. Como de un cuerpo mal vestido y un rostro poco agraciado, sea de niño, mujer, hombre o anciano, surge un hálito de hermosura que proviene de un intelecto sutil, de una gran bondad o de una intensa alegría.


De gente que, como vulgarmente decimos, “no das un centavo por él”, y que a la simple vista provoca desprecio en nuestras mentes llenas de prejuicios, por obra de una mirada profundísima, recibimos un impacto de poder que nos marca y enamora. Unos rasgos comunes, y hasta feos, se transforman y seducen gracias a que, voluntariamente o no, la persona derrama todo su caudal interno a manera de modulaciones de voz, intenciones, gestualidad, palabras.


Así, de igual manera, el fenómeno opera en sentido inverso. Bellos rostros y cuerpos sexys se convierten en polvo, en nada, cuando la mezquindad del espíritu no alcanza a iluminar la materia. Cuando en los ojos vemos una absoluta falta de reflexión, y la boca expresa vacuidades.

Recibe las últimas publicaciones

Recibe las últimas publicaciones

Te haremos llegar los últimos artículos publicados cada 15 días. Nosotros odiamos el spam tanto como tú, así que nunca recibirás anuncios molestos en tu correo.

Listo. Estás suscrito.