Una de las verdades más aparentemente obvias de la existencia es que todo cambia, todo está en continuo movimiento. Debería ser evidente para cualquiera, pero dada la resistencia que ofrece el ser humano a aceptar que las cosas nunca serán lo que fueron, ni lo que son en este instante, requiere a veces toda una vida para llegar a la sencilla sabiduría de que lo único inmutable es el cambio.

Tiene el ser humano un ansia de fijación, de inmovilidad tal que pretende lograr lo imposible: que todo se quede como está, ya sea mediante el recurso del arte, de la tecnología, de la evocación, o de la neurosis. Pero oponerse al movimiento es oponerse a la vida misma, ya que si de alguna manera se manifiesta lo creado es mediante el cambio—sea creativo o destructivo—y el cambio no es otra cosa que movimiento.

Si no busca la perpetuación de lo que es, el ser humano entonces busca, aunque sea, el atisbar a lo que será. Tanta es la angustia que nos genera el que todo cambie, implacablemente. Por ello, el arte por un lado busca eternizar y la adivinación, por el otro, quiere adelantarse. Y si este resistirse al fluir nos puede provocar indecible sufrimiento, también nos ha procurado elevados momentos de arte y de creación. Paradoja de nuestra naturaleza.

Aceptando como premisa que la vida, el fluir de todo lo que es no es más que un eterno mutar, el I Ching, cuyo origen se pierde en un pasado inexpugnable, y de cuyo nacimiento se cuenta una leyenda, que no una historia, pretende categorizar ese fluir; poder organizar en estancos más o menos accesibles a la razón, la forma en que el Universo cambia, llevando en su corriente de mutación las vidas humanas y sus frágiles creaciones. El libro parte, por supuesto, de la convicción de que el cambio no es azaroso, sino reglamentado, lo cual implicaría una inteligencia organizativa detrás.

Línea, trigrama, hexagrama

La mutación básica que nos da el oráculo es la línea. Línea continua, línea interrumpida. Sí y no. La respuesta oracular primaria. Una línea continua cambia a una quebrada y viceversa, infinitamente. Es la mutación más general, o mejor dicho, la forma más general, más sencilla, de simbolizar el concepto de mutación. Una línea que cambia de continua a quebrada no modifica su esencia, de la misma forma que la energía infinita que compone el cosmos no deja de ser ella misma a pesar de las miríadas de formas externas que adopta. Sea que tengamos frente una flor o un ipod, la sustancia de la que se compone en esencialmente la misma. Pero, para fines de la vida práctica, toma mucha importancia la forma externa que tome la sustancia universal.

Así, el I Ching, un conjunto de símbolos que se fundan en el sistema de mutación de la línea quebrada a la continua y viceversa, busca explorar las miles de variantes que puede presentar la cambiante existencia humana, en cuanto a sus formas externas. Estas variantes, por demás está decirlo, son expresiones o efecto de los flujos del Tao, el devenir, el fluir de la vida.

Por motivos que aún se discuten, las diversas combinaciones de líneas continuas y quebradas se agruparon en unidades básicas de tres líneas, formando ocho trigramas que simbolizan ocho elementos y situaciones. De esta forma, se pasa del sí-no de la línea simple a un concepto complejo que servirá de premisa para la interpretación de la realidad. Al considerar, bajo la óptica taoísta, que el Tao se polariza en pares, se llegó al símbolo más avanzado: el hexagrama, que combina dos trigramas interactuantes.

El hexagrama es una unidad y a la vez es una pareja de dos trigramas y a la vez  un microsistema de seis líneas influyéndose unas a otras. Un hexagrama del I Ching es la ansiada inmovilidad del instante, como una fotografía de lo que sucede, de las corrientes que transitan por el subsuelo de nuestras vidas.

“El libro se compone de una sucesión finita de “signos” no idiomáticos, con significados infinitos. Su lectura, aplicación e interpretación es igualmente ilimitada y universal. Gracias a su total abstracción, puede verse la síntesis enciclopédica de la realidad. Se puede interpretar como una cosmología, como un sistema de lógica y matemática y también como una representación de la trama “evidente” del mundo y también de su trama “secreta.” (Richard Wilhelm)

Afortunadamente para la ansiosa mente del humano común, el I Ching (Libro de las Mutaciones), puede presentarnos el retrato de un lapso del pasado, del presente o del futuro, aunque este futuro siempre estará condicionado a nuestro actuar.

Difícil como es la vida, así es difícil también interpretar los símbolos resultantes de nuestra consulta. Dice Wilhelm padre, el hasta ahora insuperable estudioso del libro, que los hexagramas en realidad nos dicen lo que está en el subconsciente. La respuesta siempre está en nuestro interior—como aseguran todas las grandes escuelas de sabiduría—y el I Ching resulta ser una manera de proyectar al exterior lo que sabemos y que no sabemos escuchar.

Así, para remontar las imparables corrientes de la vida, que avanzan segundo a segundo, más vale aceptar que somos cambio y en el cambio estamos sumergidos. Y, si se quiere obtener un certero, aunque críptico mapa de navegación, acudamos al oráculo ancestral.

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