I

Todo crece.
Explotan en su noche las raíces.
Se alargan dolientes y la tierra se rompe.
Se enganchan los aromas en los vientos.

Es cruel la luz del tiempo renovado.
Afilada y amarilla,
clavada en cada extensión
en cada resquicio.

Es amplio y remoto el cielo que me cubre.
Aprieta en azul un intenso silencio
y todo crece.
Yo soy esta tierra que se rompe.

 

II

Ojos abiertos. Ojos de luz.
La muerte danza sobre mí.
Al descubierto la piel de los días.

El tiempo está desnudo,
con la carne viva pudriéndose al sol.
Se puede oler la desnudez del tiempo.

Es el olor de la muerte necesaria.

Mi vieja piel se desintegra,
al caer arrastra sangre.
Y esta superficie se viste con todos mis fragmentos.

 

III

Fueron amplios los días de aire quemado.
Caí repetidamente hacia la oscuridad de astillas.

Aquellos días se nombraron por ausencias,
por flores ignoradas.

Se calcinaron en apagada soledad.
El fuego nació de los amaneceres enfermos.

Fue el incendio la derrota de los árboles
y un cielo inmóvil habitado de ceniza.

Después,
no hubo modo de evitar la claridad.

La piel renacida se reveló de tierra.

 

IV

Los árboles existen para su propio esplendor.
Para mezclarse con el vuelo de las aves.

Al prolongarse,
no les importa el dolor de la tierra.

Cuando llega la estación,
el tiempo,
todo crece sin remedio.

La tierra lo permite,
para ser testigo de humedad y sauces,
lecho de árboles altivos.

Así, aún en su dolor,
se alegra.

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