Sopla el viento de octubre,
el de las nubes densas y evasivas.

En las macetas, las flores
pierden sus pétalos,
por causa
del viento deshilvanado.

Al sentir este soplo cruzar el patio de mi casa,
hago inventario de otros otoños,
de otros octubres fríos
que siempre,
como el presente,
llevaban presagios inciertos en su aroma.

Pienso, falta tan poco para el frío despiadado.

Ya se vislumbra en este viento, todavía teñido
de las lluvias del verano.

Y si el invierno llega y sigo aquí;
la misma, cada vez la misma, ¿cómo podré seguir
dando un solo paso?

Se fue la primavera. Se fue el verano.

El viento hincha la ropa de la gente,
tumba las hojas de mis árboles.

Se lleva completas las flores.

Pasa por sobre mí y entre mí,
y de pronto,
me doy cuenta:
no hago nada por detenerlo.

Miro las paredes blancas del patio,
las enredaderas de flores amarillas,
el bambú, la hierba demasiado crecida.

Miro. El viento helado de octubre
es daga cruel.

No, no puedo entender su lenguaje.

Más no he de pensar que este viento me concierna,
que quiere decirme algo,
a mí,
que nada soy,
más que una estancia presa.

Cuando sopla un viento así,
tan afilado,
pienso siempre en extensas llanuras,
en altos firmamentos de nubes grises
y en carreteras vacías.

Pienso en personas solitarias.

En personas que no pueden decir de sí,
que son incapaces de encontrar su alma.

Me figuro que cuando sopla el viento de octubre
las cosas todas se disfrazan,
para volverse ecos, meros perfiles,
decorados de un escenario
en donde yo,
soy un mueble,
una columna puesta sin más,
con el sólo fin de que el viento
tenga por donde pasar.

Ruge el viento al soplar entre los árboles.
Silba,
canta con gris persistencia.
Las nubes, uniformes como un mar,
dejan a ratos resquicios
y el sol puede caer sobre
las paredes blancas del patio.

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