Barras y estrellas: cuesta abajo, sin remedio

Angustiante, enervante, cuesta abajo, agotador, acelerado; excelente caso de una trama que tiende a la degradación y no a la solución, en donde en cada línea todo empeora, se complica y cuyo final encuentra al protagonista peor de cómo empezó  y lo hace llegar (por necesidad de sobrevivir) a la sana conclusión de que debe mandar todos sus valores al diablo. Así es uno de los libros de narrativa inglesa más divertidos y estresantes de los últimos años.

“Barras y Estrellas”, de William Boyd, presenta la imposible pero absolutamente verosímil odisea que vive Henderson Dores, un inglés tasador de cuadros (experto en el periodo impresionista) en un remoto poblacho del sur de los Estados Unidos. Un pueblo, diríamos en México, dejado de la mano de Dios.

Todo empieza cuando  Henderson,  residente en Nueva York, recibe la comisión de tasar un pequeño y curioso cuadro impresionista propiedad de un millonario que vive en Luxora Beach. La  localidad está llena de personas extrañas que comen impresionantes cantidades de mazorcas con mayonesa, coliflores hervidas y hamburguesas de carne de ardilla. Tanto las verduras como la carne de ardilla jugarán en la trama un importante papel, provocando en Henderson, las primeras, una espantosa inflamación intestinal acompañada de estreñimiento y la segunda, un maravilloso desazolve, que conforma un punto climático y cuasi epifánico en la obra.

Henderson, debido a su carácter débil  (hasta su cabello es desfallecidamente lacio), tiene innumerables problemas con quienes lo rodean. En resumen: nadie lo respeta y fácilmente se apabulla. Para mejorar su seguridad, toma clases de esgrima, lo cual parece no ayudar en lo absoluto.

La historia comienza una mañana angustiante, en la que recibe el encargo de viajar a ver al millonario Loomis Gage, dueño de un cuadrito que representa una escena lesbiana. Los dueños de la empresa quieren saber si es auténtico y en cuyo caso, adquirirlo. Esa mañana, llena de contratiempos, está llena también de las habituales preguntas de Dores en torno a sí mismo, su identidad y su permanente fuera de lugar en todas partes.

Más adelante, en una sucesión de eventos desafortunados (robándome la frase de la película homónima) se ve comprometido a hacer el viaje a Luxora Beach en auto y llevando de acompañante a la odiosa hija de su novia, una niña de 13 años que fuma imparablemente. Su relación amorosa depende de ello.

Ya en Luxora Beach es recibido por la familia de Loomis Gage, se ve obligado a comer coliflores, maíz, arroz y frijoles en  grandes cantidades. La consecuencia: un doloroso estreñimiento y gases que duelen mucho. Los sufrimientos íntimos (intestinales) de Dores se vuelven una alegoría de cómo empeora su situación en la  casa de locos a la que ha ido a caer. Su auto, para empezar, empieza a perder piezas día tras día hasta que finalmente desaparece del todo.  El cuadro resulta ser auténtico, pero no avanza en su labor para lograr que el dueño venda. Su novia lo manda al diablo. Una adolescente embarazada y neurótica quiere fugarse con él.

La trama evoluciona vertiginosamente en sentido decadente. Es decir, cada nuevo evento cierra el cerco en torno a Dores con apenas resquicios para el alivio. El auto es devuelto, tan misteriosamente como desapareció, entero. Tras comer una hamburguesa de carne de ardilla (Dores no sabía tal cuando la compró, en la carretera de Luxora Beach), sus intestinos entraron en tal revolución que pudo, finalmente, desahogarlos.

El final del libro, desconcertante, encuentra a Dores desnudo en las calles de la ciudad, perseguido (con fines asesinos)  por el mismo fulano que le birló el auto en Luxora Beach. Pero es un nuevo Dores el que surge de tanta adversidad: desnudo, sin dinero, con hambre, sin nada que perder, sus valores hechos trizas, su mundo descoyuntado, ha perdido toda la mesura y timidez que tanto lo atormentaban. No le importa cuidar su lenguaje, ni mostrar el trasero a nadie, además de que ha empezado a fumar sin control. Y corre por su vida, pero no asustado, sino más bien divertido.

El país de las Barras y Estrellas obsequió a Dores  un viaje iniciático, trepidante, indigesto, estresante, madreador, inmisericorde, pero no porque lo mereciera. Fue nomás porque sí, porque así es América.

 

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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