Aleluya, el cantar del mundo entero

Glorifiquemos, alabemos, elevemos el espíritu a las alturas. ¿Con qué recursos? Meditar, ejercitarse, sembrar un jardín, cazar a un criminal, coger…

Grandiosa en su concepción y su factura, Aleluya es un himno a lo divino que hay en lo profano, a la vida sagrada que se adivina bajo la cobertura de la mundanidad; al punto de contacto entre lo sórdido y lo exquisito.

Este libro asombroso es una novela breve, que, parafraseando a Dashiel Hammet (“El Halcón Maltés”), levanta la tapa y nos descubre el mecanismo de la vida. Es una explosión de violencia y gozo, donde la sordidez es hermosa, orgiástica, orgásmica, en la que la vía para los instantes eternos de dicha pasa por la confusión, la innombrabilidad de la experiencia y el absurdo.

Aleluya es autoría de Fausto Alzati Fernández, talentoso y dedicado escritor, preocupado (evidente es en su escritura) por encontrar respuestas pero, a mi parecer, liberado (¿después de una angustiosa lucha?) de la obligación de encontrarlas.

La paradoja de la búsqueda desapegada transita por “Aleluya” a manera de eje que sustenta una trama deliberadamente poco explícita. La naturaleza del relato es, nuevamente a mi parecer, una manera de ejemplificar que en la existencia humana avanzamos sin saber quiénes somos ni qué nos mueve, a excepción de nuestros impulsos y apetitos. Ejemplifica también que a pesar de nuestra intención de encontrar razones para explicar el mundo, nos tenemos que conformar con la aceptación de que somos pequeños ante un universo incognoscible, pero cuya esencia vislumbramos en mínimos momentos de comunión.

Aleluya, palabra de alabanza religiosa que se transforma, en la obra, en el grito del momento más místico: el de la cogida maravillosa, la unión de sexos, la fusión de pieles y reconocimiento de la sacralidad de los genitales como punto de partida del cosmos.

De atronadora belleza, Aleluya ha sido de los libros que más me han impactado en los últimos años. Inicié su lectura y de inmediato me encontré con la ambigüedad de la situación del protagonista, perdido, sin identidad clara, viviendo con la mayor naturalidad una vida que él cree prestada.

Tal como debe ser un aleluya sacro, la novela de Fausto maneja las fibras de forma cuidadosa, logrando un crescendo en la intensidad, y regalándonos umbrales abiertos a la eternidad por medio de la perfección de cada pasaje. Lenguaje de orfebre, que acude a una exquisitez pulcra, sin excesos, con momentos de intensa poesía que provocan reacciones físicas—de robar el aliento, provocar el llanto–.

La trama de la novela cuenta una historia policíaca, protagonizada por un hombre que asegura no tener pasado, ni padre, ni madre. En su memoria sólo hay un pasado reciente, en un monasterio budista en el Ajusco. Habla repetidamente de haber nacido “lavando un tazón de arroz”, de largas horas de meditación ante una pared en blanco y del movimiento del abanico del maestro Shoshaku, quien al dejarlo ir del monasterio le dijo que a partir de ese momento, su maestro serían las coincidencias.

Sin saber de qué forma llegó ahí, se ve de pronto inmerso en una vida que no reconoce como propia, la de un investigador llamado Lázaro Guerra, que lo mismo aclara delitos de forma privada que asesina por encargo.

Él no se reconoce como propietario de dicha vida, pero aún así, se deja llevar, sin cuestionarse, ni contradecir a quienes le llaman Lázaro. Se asombra de que su rostro se parezca cada vez más al del sujeto de la identificación que lleva ese nombre, pero no se pregunta los motivos. Simplemente, deja que todo sea.

La trama presenta una serie de momentos que construyen una historia de suspenso, con esbozos de teorías conspiranoicas. Presenta el misterio de una serie de asesinatos y aunque se presenta con claridad la solución, ésta se da desde la mirada de Lázaro Guerra, quien descubre que el monasterio del Ajusco es en realidad un hospital psiquiátrico y que la voz del director del manicomio se parece sospechosamente a la de su maestro budista. Así, nada de lo narrado tiene certeza. Se plantea la duda absoluta de la percepción del protagonista acerca de la realidad—mediante  hechos como la presencia de Pedro Infante en un bar, bebiendo a su lado—y precisamente, aquí radica el mayor valor del libro, desde mi humilde punto de vista.

En determinado momento, y totalmente consciente de lo inseguro de su cordura, Lázaro Guerra se enfrenta a los eventos que lo desafían diciéndose “confío en un tazón de arroz y una pared en blanco. Confío en el abanico del maestro”. ¡Cómo transmite  valor y desesperanza a un tiempo! El afán de creerse a uno mismo, es un “he de confiar en mi propia percepción, no importa que sea una ilusión, una invención. Ya que es lo único que es mío, realmente”.

A partir de mi historia personal, me resulta hondamente doloroso el tema de la percepción. De la valía de mi realidad contra la “verdadera” realidad. Como paciente mental que fui, he sufrido de distorsiones, quebrantos y he luchado por determinar qué es lo real, y como Lázaro Guerra (no sé si haya símbolos en el nombre) en muchas ocasiones tuve que decidir que, fuese como fuese, debía confiar en lo que mi mente me decía.

También, con la lectura que hago bajo la trama, el autor afirma que la vida es inasible, en su mayoría inexplicable, que hay dos vías para salvarse de la angustia y que ambas parecen ser contradictorias, pero son polos de lo mismo: meditar y coger.

Y digo “coger”, no “hacer el amor”, no “tener sexo”, no “relaciones sexuales”. Lo digo así para recuperar la carga instintiva, animal, que le da Fausto. Coger como alabanza y como expresión poética, como impacto ansioso de los cuerpos y como un develar de lo que realmente importa en esta vida.Lázaro y Gloria, unidos en una cópula que replica el inicio del universo, que hace exclamar al extraviado investigador un devoto y también blasfemo “Aleluya”, al unir su sexo con el de ella.

En este pasaje, que da nombre al libro, veo umbrales abiertos y una respuesta final, una claridad definitiva. Y después de la unión, un desenlace hondamente bello que nos obsequia uno de esos escasos momentos de incontaminada dicha que tanto buscamos en la vida.

Aleluya es un libro que debe ser conocido ampliamente. Está a la venta en las principales librerías del país.

Aleluya. Fausto  Alzati Fernández. MAG Ediciones, 2015.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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