Caro Quintero en Proceso: el desbarre final

Como una mezcla de niña deslumbrada y reportera de la farándula. Así evalúo el desempeño de Anabel Hernández, reportera de Proceso, autora de varios libros sobre el crimen organizado, durante la entrevista que realizó a Rafael Caro Quintero.

Fue difícil de tolerar la entrevista completa. En primer lugar, y aunque sea un detalle menor, por el terrible manejo de voz y gestualidad en los segmentos editoriales, ya que el timbre y la modulación me recordaron lamentablemente a la conductora de un programa de TV Azteca, “El ojo del huracán”.

Luego, la pésima musicalización, que aporta a la construcción de una atmósfera de espectacularidad y poca seriedad periodística. Música tremendista.

En tercer lugar, las cortinillas y textos sobrepuestos, que destacaron los dichos del entrevistado, dando la impresión cada vez más clara de que se le daba espacio para defenderse y servirle de canal para enviar mensajes.

A esto hay que agregar lo que Anabel Hernández pregunta, cómo lo pregunta y más importante aún, todo lo que dejó sin preguntar. Todas las oportunidades de ser incisiva que desperdició y sobre todo, que al final se dejase cautivar por el hombre, que (no puedo saber si auténtica o fingidamente), tiene un aura de hombre de pueblo, sencillo y arrepentido, respetuoso, pero también claridoso, que asegura sólo querer vivir en paz y pide repetidamente perdón por sus errores y por sus delitos.

La entrevistadora ofrece preguntas sencillas que le abren la puerta a algunos atisbos de la personalidad de Caro Quintero, pero ante respuestas inconsistentes, evasivas o contradictorias calla y pasa a otra pregunta igualmente inocua.

Durante los casi 50 minutos de video entrevista, Hernández traduce, parafrasea y sugiere a Caro Quintero qué decir. Particularmente destaco el minuto 28:32:

–¿Usted piensa que el gobierno de México y Estados Unidos están siendo mal informados? (Respecto a que el entrevistado está nuevamente activo en el narcotráfico)

Él asiente.

–¿Por quienes, Rafael, quienes pueden estar interesados en afectarlo, involucrarlo en estas nuevas actividades de narcotráfico, en esta llamada nueva guerra?

–No le sé decir—responde.

–¿Tiene usted enemigos?

–A la vista, no (…) El gobierno yo creo que sabe hacer su trabajo, puede hablar mucha gente, pero en una detención tienen que decirles la verdad y el gobierno sabe hacerlo. ¿Qué tengo que ver yo?

Ante la pregunta retórica, Hernández no aprovecha para cuestionarlo. No se muestra incisiva sobre sus alabanzas al gobierno de Peña Nieto.

En cambio, como cité arriba, y lo hace en otros momentos, insiste en la posibilidad de que Caro tenga enemigos entre los miembros de otros cárteles y tampoco pone en duda ni mínimamente que sus protestas de inocencia sean verdaderas.

Luego, en el minuto 30:14, en una cortinilla, Hernández afirma dramáticamente.

–Caro Quintero sabe que en su círculo cercano hay un traidor… Alguien que trabajó para su familia durante varios años y que incluso (pausa dramática) recibió su apoyo económico.

En seguida, el entrevistado relata que a dicha persona (la que la periodista llama “traidor”), él le dio acogida “para que no se quedara tirado” y lo contrató para que le llevara comida al penal, con un pago de diez mil pesos (entiendo que mensuales, pero él no lo especifica). Otra oportunidad desperdiciada, a mi parecer, para profundizar en el personaje y su poder desde la cárcel.

Caro Quintero explica sus puntos de vista con lujo de inconsistencias, mismas que son toleradas por la entrevistadora.

Ejemplo: “Que mis hijos no son lavadores de dinero de nadie…Ellos no… no. Los dejé chiquitos… Los dejé de siete años al más grande, ocho años. ¿Cuál lavado de dinero?”, señala.

La entrevistadora no lo hace clarificar, con lo que la impresión que se ofrece al público es que condesciende y apoya los dichos de Caro Quintero. Por si hasta este punto a los espectadores nos quedara duda de que, al menos en esta entrevista el “estilo Proceso”, el periodismo sin concesiones brilla por su ausencia, luego de hablar brevemente de la “supuesta guerra contra las drogas” que llevó adelante el gobierno de Felipe Calderón Anabel Hernández lanza una pregunta que parece de Reportera Bizbirije.

–Si usted fuera presidente de la República… ¿Cómo cree que se resolvería esto? Ya con su experiencia, con lo que le tocó vivir… ¿Cómo resolvería esto?

Caro Quintero responde, con voz pausada, una obviedad, que no obstante su poco valor, se destaca en texto sobrepuesto a la imagen.

–Con las armas no se va a llegar a ningún lado.

Y ella, con voz esperanzada, como niña ante su abuelo y perdido el tono profesional, agrega:

–¿Cómo entonces?

–El gobierno sabe cómo… tenemos un señor presidente muy inteligente ¿me entiende?

Y… de nuevo, la periodista omite cuestionarlo sobre esta afirmación tan obsequiosa.

Qué martirio de entrevista, de producción, de música, de todo.

Definitivamente, es una pieza periodística que marca un hito en la historia de Proceso. No porque, como dijo ella, muestre por primera vez a un capo histórico hablar “de la legalización de las drogas, Dios, el amor y la muerte” (qué preguntas tan insufribles), sino porque será una entrevista de alto impacto, que logrará muchas visitas y elevará las ventas de la revista, pero por las razones equivocadas. El éxito de alcance que obtendrá servirá para reafirmar el camino equivocado.

Será un éxito obtenido no por la calidad, no mediante el ya perdido rigor de Proceso, sino mediante la puesta en juego de los factores que elevan el rating. En suma, mediante la puesta en juego de todo lo que conforma la nota cliquera.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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