De la belleza

Nunca deja de maravillarme el fenómeno de la belleza revelada súbitamente. Cómo, de un cuerpo mal vestido y un rostro poco agraciado, sea de niño, mujer, hombre o anciano, surge un hálito de hermosura que proviene de un intelecto sutil, de una gran bondad o de una intensa alegría.


De gente que, como vulgarmente decimos, “no das un centavo”, y que a la simple vista provoca desprecio en nuestras mentes llenas de prejuicios, por obra de una mirada profundísima, recibimos un impacto de poder que nos marca y enamora. Unos rasgos comunes, y hasta feos, se transforman y seducen gracias a que, voluntariamente o no, la persona derrama todo su caudal interno a manera de modulaciones de voz, intenciones, gestualidad, palabras.


Así, de igual manera, el fenómeno opera en sentido inverso. Bellos rostros y cuerpos sexys se convierten en polvo, en nada, cuando la mezquindad del espíritu no alcanza a iluminar la materia. Cuando en los ojos vemos una absoluta falta de reflexión, y la boca expresa vacuidades.

¿En donde está la belleza? ¿En el objeto o en la mirada que revela?

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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