El vino del estío

El vino del estío, de Ray Bradbury es  el libro más entrañable que jamás ha caído en mis manos. Lo leí por primera vez a los 16 años, en una edición de pasta blanda que ya se deshacía, y que llevaba muchos años en el librero de casa. Lo veía  ahí, modesto,  y el título me decía bien poco, por lo que pasó mucho tiempo para me decidiera a tomarlo y leerlo.

Fue cosa de un párrafo para que  empezara a soñar, a flotar en atmósferas dulces y perfumadas. La prosa de Bradbury es poderosa, bella, llena de sentido: poesía verdadera. Porque, ¿qué es el inicio del verano para un chico de 12 años sino poesía pura, libertad y felicidad?

Cuando en el escaparate de la tienda del pueblo aparecen los zapatos de tenis, todos los niños saben que es el inicio del verano. Los zapatos esponjosos, hechos con tendones de ciervo, silenciosos como lluvia ligera sobre el asfalto.

El estío, el verano de 1928, en un pequeño pueblo norteamericano, transcurre ante nuestros ojos a través de los ojos de Douglas Spaulding, el muchacho que sabe que el verano es el tiempo de dormir en hamaca, de cazar insectos y nadar desnudo en el río.

“Hay días que son sólo un aroma, y el mundo entero entra y sale por la nariz”, dice Bradbury, haciendo pasear por sus páginas un escaparate de olores propios del verano, una apología de la naturaleza en armonía con las personas sencillas.

Cada verano, el enorme jardín del abuelo de Douglas se llena de despeinadas flores; dientes de león que, bajo las prensas, llenarán noventa botellas con un vino dorado. Noventa botellas, una por cada día del verano, que transcurre al tiempo que la vida.

Ese verano inolvidable Douglas vive intensamente. Caídas, fiebres, muertes, nuevos bebés, pasteles de chocolate, la llegada y pronta marcha de la tía Rose—que amenazó, con su orden y modernidad, la destartalada cocina de la abuela, verdadera artista de las abundantes cenas—, las predicciones de la bruja mecánica, la invención de la Máquina de la Felicidad, el descubrimiento de lo que es estar vivo. Y saber que por eso mismo, algún día deberá morir.

En este verano, Douglas madura. Se da cuenta que todo, las máquinas y las bisabuelas, algún día perecen o se oxidan, según sea el caso. Agudamente consciente de ello le pide a Tom, su hermano menor, que nunca se le ocurra caerse de cabeza a un pozo. No es que no confíe en ti, Tom, le dice, lo que pasa es que me preocupa la manera en que Dios gobierna al mundo. Tom reflexiona y le dice: Bueno Doug, Dios hace lo que puede.

El verano comienza con los zapatos de tenis en el escaparate y termina cuando el tendero exhibe montañas de lápices, cuadernos, gomas de borrar. Cuando en lugar de dos mil flores, en el prado sólo crecen cinco o seis. Cuando los días se acortan y el aire se enfría.

En el último día del verano, el abuelo recoge las hamacas y cierra las ventanas. Vuelven los días de escuela. Ya se anuncia suavemente el otoño. Ya todos piensan en el invierno. Noventa botellas de vino estival esperan en el sótano. Un poco de ese sol embotellado, sorbos del sol de agosto, todas las medicinas del mundo. El vino del estío.

“Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios…un tiempo de picnics y cálidas lluvias, campos perfumados de trigo, el maíz nuevo y el heno de cabeza inclinada”.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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