En la tumba

Caminaron juntos por las anchas avenidas del Panteón Español. Numerosas capillas se alzaban, ostentosas, con el nombre de destacadas familias en el pórtico. Una de ellas  presentaba un extraño contraste entre su riqueza general, de portón dorado y filigranados enrejados en las ventanas, con un techo cupular de concreto descascarado.

–Esa cripta tenía el techo cubierto de láminas de oro. De oro puro—dijo uno.

–¿De verdad? ¿Y qué sucedió?—preguntó otro de los miembros del reducido cortejo.

–Se las han ido robando, una a una; despacio, y como ves, ya no queda nada.

Siguieron andando, bajo un sol quemante y frío. Contentos de su mutua compañía, pero devastados por el motivo que ahí los llevaba.

Por fin, casi al fondo del panteón, llegaron  a su destino. Una sencilla tumba hecha de cemento con el nombre del padre, del abuelo de todos los que ahí estaban. El único espacio que poseía la familia en ese lugar de ostentación post mórtem. El espacio donde varios de sus muertos habían sido colocados, aprovechando cada hueco.

Entre contento y llanto, despidieron a uno más de su linaje, con respeto, con recuerdos dulces. A esta simple tumba nadie le robaría nada. Sus muertos estarían en paz.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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