Lo que más le duele a Andrés Manuel López Obrador

Lo que más le duele a Andrés Manuel López Obrador
Foto: AFP

Texto publicado en la revista etcétera el 2 de julio de 2019.

La inmortal escritora inglesa Agatha Christie afirmaba frecuentemente en sus libros que nadie puede dejar de mostrar quién es. Sobre todo, los criminales, porque son tan vanos y se sienten tan listos que necesitan clamar a toda voz lo que han hecho. En sus novelas, muchos asesinos son capturados por la sencilla razón de que tienen que pavonearse de sus crímenes. No pueden guardar silencio.

Traslademos la frase al ámbito político y la cosa no cambia demasiado. El político necesita estar frente al ojo público y hablar de sí mismo, de lo preclaro que él cree que es. El político es en general un personaje necesitado del aplauso y la aprobación, que se nutre de los vítores populares y quiere sentirse único: héroe, salvador, revolucionario, estadista, transformador… o todo a la vez.

El político habla y habla de lo que quiere ver realizado y exagera lo que ha hecho. Construye escenarios imaginarios. Le encanta que se le felicite por cumplir lo que es simplemente su obligación. Quiere que ciudadanos y medios de comunicación vean lo mucho que se esfuerza. Es un niño grande, fantasioso y berrinchudo.

Al político le encanta hacer descripciones de su país ideal, el cual está a punto de alcanzarse gracias a sus buenos oficios. No hay presidente que no haya creado su muy personal “tierra de fantasía” que se derrumba en contacto con la obcecada realidad. 7

Ayer, lunes 1 de julio del 2019, Andrés Manuel López Obrador dedicó a los asistentes un discurso 100% político: autocelebratorio, autoglorificador, narcisista y ególatra. Aseguró, como tantos presidentes que lo antecedieron, que el país ahora sí va muy bien. Gracias a él.

Durante alrededor de una hora y media lo escuchamos citar cifras de ahorro, programas, apoyos, obras… Un apretado compendio de las acciones que su administración ha emprendido, la mayoría en embrión, en proyecto o en promesa, todas presentadas bajo una luz muy favorable. Un discurso muy bien escrito, con suficientes cifras para dar una impresión de eficiencia y suficientes momentos emotivos para conectar con los sentimientos su audiencia.

Un discurso en el que dejó de lado la cara oscura de los emprendimientos de su gobierno y les lavó la cara a decisiones terribles. Así, por ejemplo,  a la cancelación del programa de estancias infantiles le llamó combate a la corrupción y apoyo para que los padres de familia eligieran por sí mismos quien cuide a sus hijos (a razón de 800 miserables pesos al mes).

Un discurso en el que en diversos momentos mintió descaradamente. Como cuando dijo que no busca fincar una dictadura, a pesar de que se encuentra desmantelando acuciosamente las instituciones que le hacen contrapeso. A pesar de que no quiere una prensa crítica y que la famosa “partida secreta” del presupuesto, vergüenza del priísmo, ha regresado.

Mintió cuando aseguró que la deuda pública no se ha incrementado y la economía va muy bien. Cuando dijo que los índices de violencia que se viven actualmente fueron “heredados” del gobierno anterior, cuando lo cierto es que se dispararon cuando inició su administración.

Un discurso en que descaradamente justificó sus afanes personales, como el reparto de la Cartilla Moral y el impulso al box y al béisbol. En que calló sobre temas muy graves, como el ataque a la laicidad del Estado emprendido por su gobierno.

Un discurso en el que se esforzó por presentarse como un hombre sin tentaciones de poder, solo motivado por el bien de los pobres, pero en el que no pudo evitar mostrar que es el ver minado su poder lo que de verdad le duele.

¿Cuál fue el momento del discurso en el que el rostro del presidente perdió la sonrisa, la expresión confiada? ¿En que su voz se agrietó, subió el volumen y mostró un profundo enojo?

Sí, cuando habló del Aeropuerto de Texcoco, contra el cual el colectivo #NoMásDerroches ha interpuesto 147 amparos.

Al hablar del tema fingió seguridad, y advirtió que sus adversarios no lo doblarán. Dijo que este mismo mes las obras en Santa Lucía proseguirán y que en Texcoco se creará un “parque ecológico”. Los amparos interpuestos en contra de dichas decisiones no son más que una guerra legal”, ataques de “nuestros adversarios”.

El presidente tiene adversarios. Es decir, su poder no es total, monolítico. Y eso le duele. Le enfurece que lo contradigan, que usen la ley para frenarlo. ¿Cómo se atreven?

Al presidente le duele que le digan que no. Le duele que le demuestren que hay instancias por encima de su sola voluntad. Le duele que alguien se le oponga. La oposición, la resistencia es lo que saca su peor lado, lo que lo hace enrojecer de ira, insultar, manotear y elevar la voz.

Como a todos los megalómanos, al presidente le gustaría que todos pensaran como él. Que su visión fuera compartida de manera unánime. Por eso ataca a los organismos autónomos, insulta a la prensa y busca debilitar al Poder Judicial.

No lo permitamos. Tomemos nota de eso que le duele al presidente y sigamos oponiéndonos a acciones reprobables.

No lo dejemos crecer en sus afanes autoritarios. Seamos contrapeso del poder.

Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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