Música para sus oídos

(Segunda versión)

El sonido… ese sonido tan sabroso. Al igual que  las canciones que le gustaban (¡las de Amanda Miguel!), se repetía en su mente una y otra vez. ¡Crac! O tal vez: ¡Sploch! Y la hacía sonreír. Y salivar. ¡Qué rico, me cae!, pensó. Suspiró, disfrutando la distensión que el suspiro daba a su vientre abultado y tenso.

Estaba sentada en su cama estrecha y desvencijada. Hacía tanto calor. Se pegó a la pared, con la camisola áspera ligeramente levantada para que la espalda sintiera el fresco tacto de la pared de ladrillos rojos. Se acercó lo más que pudo a la diminuta grieta—en la juntura entre dos ladrillos—que  permitía entrar un poco de aire y dejó que su piel reseca disfrutara ese extraño lujo. Aire.

A causa de esa grieta  peleaba el dormir en esa cama, que ocasionalmente alguna le había disputado por estar más cerca del foco. Pero a ella no le interesaba leer nada, ni revistas, ni menos libros y eso que había muchos en la biblioteca. Lo que quería era poder acercar la cara, la espalda o un brazo y sentir, sobre todo en tiempo de frío, un soplo delgadísimo que le daba ilusión de libertad.

Ahora, disfrutaba este inusual rato a solas. Siempre, siempre, estaban esas viejas alrededor, jodiendo, hablando, preguntando pendejada y media, y contando las mismas cosas que llevaba años oyendo. De tipas así estaba harta, y por una tipa pendeja, precisamente, estaba encerrada aquí. Pero qué chingados. Valió la pena. ¡Crac!

Se llamaba Janet Araceli, tenía 47 años  y llevaba quince encarcelada por asesinato.

***

Eran las ocho y media de la mañana. Como todos los días, Janet ya había dejado a los tres niños en la escuela, después de dejar comida hecha, y pasar al mercado de plantas por flores para el puesto. Con una jícara rociaba de agua el cacho de banqueta donde acomodaba las cubetas, unas con girasoles, otras para los claveles, otras para crisantemos, rosas y más.

Ya había hecho muchos ramilletes combinados con follaje  y colgado una cartulina que decía: “Ramos a $10 pregunte” y al lado,  una carita feliz.

Después de rociar, empezó a  barrer su lugar con todo cuidado, quitando tierra, hojas y basuritas. No pudo terminar porque un pie calzado con una sandalia ligera, esbelto, con las uñas pintadas de verde, le cerró el paso. No tuvo que alzar la vista para saber de quién se trataba y así, con la mirada baja y voz furiosa dijo:

–¿Sí me haces el favor de quitar tu pata? Tengo que trabajar.

— ¡Ay, qué genio manita! Aparte, la calle es libre, ¿no?

La voz aguda  de la otra la encendió de inmediato. Alzó la vista y se le enfrentó.

–¡No me digas manita, estúpida! Y en serio, quítate de aquí. Que la calle es libre ni qué la chingada. ¡Órale!

La otra sonrió, sin poder disimular, bajo su sonrisa, una intensa ira.

–¿Qué, dormiste sola anoche otra vez, verdad? Porque ¿qué crees? Yo dormí bien acompañada.

— ¡Pendeja!

— ¡Jajajaja! No, manita, pendeja otra, que deja que le bajen al marido.

— Mira, pinche Claudia, no me importan tus puterías ni las cochinadas que hagan el Gerardo y tú. Yo soy la esposa, fíjate. ¡Por las tres leyes, aunque te arda!

**

Fue música para sus oídos… ¡Crac! Un sonido semejante a una sandía estrellándose contra el suelo, quizá. O no, era más preciso decir que se parecía al sonido del cuchillo del carnicero contra la tabla de cortar… Se parecía un poco, muy poco al ruido que hace el  trozar con ambas manos los tallos de un ramillete espeso de flores. Pero también sonó como el choque de dos autos, aunque no tan intenso.

Las posibilidades eran muchas. Janet encontraba enorme placer en recordar ese sonido (no sabía si llamarlo un ¡Crac! o un ¡Sploch!, era sustancial la diferencia) y asociarlo con las cosas de la vida diaria. Había aprendido a tener las orejas bien abiertas, para captar del ambiente cualquier ruido que pudiera recrearlo.

En su labor diaria, cosiendo en el taller donde hacía figuras de peluche, o en el comedor, o en el baño… A la hora de estar en el patio e incluso cuando todas las estúpidas que compartían celda con ella no paraban de hablar, Janet lograba internarse auditivamente en la atmósfera para extraer cada sonoridad por separado y encontrar diminutos y a veces distorsionados sucedáneos de ¡Cracs! y ¡Splochs! que le llenaban de sensual disfrute.

Descubrió que podía asignar con la imaginación una melodía (ella le decía canción) a secuencias de sonidos totalmente planas y repetitivas, como el ruido que hacían las lavadoras.

Por cierto, recordó, cuando las lavadoras paraban entre ciclo y ciclo, hacían un delicioso “¡Crac!”, no idéntico al suyo, pero sí muy disfrutable.

El calor seguía y por la grieta de la pared ya no entraba nada de aire. La pared se calentaba. Deseó poderse desnudar por completo. Pero era imposible. Se arrolló las perneras del pantalón y sintió un poco de mejoría. Se sumergió de nuevo en la evocación. ¡Qué rico! En serio, se dijo por enésima vez durante su estancia en esa cárcel, en serio que valió un chingo la pena.

**

Janet notó, por la reacción de Claudia, (boca fruncida y temblorosa, ojos entrecerrados) que había acertado. “Esta putita lo que quiere es boda, la pobre pendeja”.

–¿Qué se siente ser amante de un casado y andar alzando sobras, mamacita? La verdad, a mí me daría pena.

–¿Y tú qué?  ¿No tienes tantita vergüenza? Todo mundo en la colonia sabe que tu marido anda conmigo. ¡Suéltalo, ya estás vieja, ya pasó tu tiempo!

Janet se miró los pies, también en sandalias, pero de hule. Las uñas maltratadas y los talones duros. Se hizo crudamente consciente de la diferencia entre sus manos ásperas y las de Claudia, que lucían largas uñas (postizas) decoradas con piedritas brillantes. Entre sus piernas, de piel escamosa y las de ella, sedosas y gráciles. Entre su ropa luida y la de ella, nueva y juvenil. Entre su trabajo como vendedora callejera y el de Claudia, que hacía maquillajes de XV años. Entre sus 32 años y los 19 de ella.

Dominó la voz, que se le quebraba, para decir con fingida dignidad:

–Vieja, pero bien casada. Salí de blanco de mi casa y no tuve que andar de ofrecida para tener hombre. Y otra vez te digo: házte pa’llá, que se me hace tarde.

En vista de que Claudia seguía firme en su lugar, estorbándole el paso, Janet hizo ademán de rodearla. En respuesta, la otra dio un paso al lado y se le puso nuevamente enfrente, cara con cara.

–¿Qué, te estorbo?

–¡Quítate, maldita!

–No me quito, pinche vieja horrenda, apestosa, india prieta, ¡das asco! Gerardo te odia, lo tienes harto. Y pues con justa razón, ¡eres una porquería! ¡Ya, divórciate y déjalo ser feliz!

Janet sintió que los ojos le ardían, en aviso de un torrente de llanto. Respiró y procuró darle a su voz un tono burlón, despectivo, y un ritmo pausado.

— ¡Yo sí sigo mi religión bien! Si me casé por la iglesia es para siempre, ¿eh? Y pues qué casualidad que Gerardo va y te coge y luego regresa conmigo. Como que muchas ganas de casarse contigo no tiene. Será que sólo le sirves para darle las nalgas, ¿no? Igual que al que te hizo a tu escuincle y que quién sabe dónde ande.

–No me dejó, estúpida, a mí no me deja NADIE, yo lo mandé muy lejos. ¡Yo sí soy chingona!

Janet torció la boca, incrédula.

–Pero de todos modos para Gerardo eres plato de segunda mesa, pendeja—y ensayó una risa sardónica.

Claudia perdió el escaso control que le quedaba. Con su larga mano la empujó, apoyándose en su esternón, mientras rugía.

–¡Muérete! India puerca…

Janet cayó, sin soltar la escoba. El palo de madera le golpeó el rostro. Las lágrimas que había estado conteniendo salieron sin control. Desde el piso, entre el nublado de las lágrimas, vio caer a Claudia sobre ella, a puñetazos.

**

Serían ya como las 6 de la tarde. En media hora o algo así regresaría todo el mundo de su turno de trabajo. Para Janet era día de descanso y siempre lo pasaba ahí. Cada minuto de soledad lo aprovechaba para estar en su cama, pensando.

A sus hijos no los había vuelto a ver. Gerardo jamás los trajo a verla y eso la tenía siempre con un agujero en el alma. Por eso, mejor ni acordarse… Y  pensar en algo lindo. ¡Crac!

**

El primer golpe lo recibió en la mera coronilla. Claudia le encajó el puño de arriba hacia abajo, con una fuerza que le asombró y la dejó aturdida, al borde de un desvanecimiento. Enceguecida de coraje, lanzó golpes al azar y pudo detectar la posición del cuerpo de la otra. El abdomen estaba más o menos a la altura de su cara y golpeó con toda la fuerza que pudo. Notó que sus golpes se perdían, ineficaces, puesto que la otra estaba colocada de manera conveniente para evadirlos. Aun así, logró enojarla aún más.

Para dominarla, Claudia, que estaba de pie, la agarró  del pelo y tiró hacia atrás, inmovilizando su cabeza, mientras Janet seguía sentada, con las rodillas encogidas.  De esta forma, tenía su rostro al descubierto, a su merced. Claudia acercó la cara, distorsionada por la rabia. Janet pudo ver que tenía la nariz dilatada. Le olía la boca a pasta de dientes.

–¡Te voy a matar, ruca infeliz!

Janet sintió un terror helado apropiarse por completo de su cuerpo. Notó que la gente las empezaba a rodear, en su mayoría mujeres conocedoras del problema entre ellas. Una señora de pelo cano le dijo a otra mujer, más joven, que era necesario hacer algo.

–¡La va a lastimar, mire cómo la tiene!

–Eso es cosa de ellas, Lupita, no nos debemos meter.

–Pero ella es joven y más fuerte. Además, Janet es la esposa.

–Mire, lo que yo digo es que si el marido buscó por fuera, es que ya no se lo daban en su casa.

–No estoy de acuerdo. La señora Janet es muy trabajadora.

–Pero eso a los hombres no les importa… Ellos quieren carne fresca.

–Ahí sí le doy la razón. El hombre es hombre.

La encargada del puesto de periódicos, que iba llegando, una treintona tosca, de pelo cortado a lo militar y chamarra negra  miró con interés a las contrincantes. Gritó al aire, sin dirigirse a nadie en particular:

–¡Déjenlas que se den ¡ Mientras sea un tiro limpio nadie nos debemos de meter.

Y por un buen rato, nadie intervino. Todos fueron testigos y posteriormente, no hubo ninguna duda de lo sucedido.

**

Algo desesperaba a Janet de ese encierro. Algo además de las fulanas que estaban en el mismo dormitorio y el calor, y los olores, además de no ver a sus hijos y de no poder comer en platos decentes. Lo que le desesperaba terriblemente era la limitación en los sonidos disponibles.

Conocía de sobra el ruido que hacía la máquina de coser. Ningún “¡crac!”. Las lavadoras hacían algo cercano, pero no exacto, en un momento del ciclo de lavado que le gustaba mucho, pero la dejaba insatisfecha. Los ruidos de la cocina a veces le daban lo que buscaba, cuando dos ollas entrechocaban. Pero no debían ser dos ollas cualquiera, sino dos de las macizas, de paredes gruesas.

En ese momento se le ocurrió que nunca había probado golpear en la pared con la mano. Sería porque estaba más pendiente de la grieta que le daba un hilo de aire. Probó. La mano cerrada… “¡Tong!” Ni de lejos.

Golpeó con la palma abierta por completo. “¡Plaf!”… Probó con sucesivos golpes, ahuecando la mano y logró algo como un “¡Clac!”… No lo mismo, pero rico, cómo no. Golpeó varias veces, hasta que le ardió la mano.

Entonces, buscó entre sus cosas algo duro. ¡El tacón del zapato! Estaba por intentarlo cuando entró la primera de sus compañeras en el dormitorio.

-¡Esa pinche Janet! ¿Qué haces ahí, cabrona? Tú descansando a toda madre y uno en joda, no mames.

–No me molestes, es mi día de descanso.

— ¡Yayaya! Bájalee…

La recién llegada se tumbó en su propia cama, agotada. Ya no dijo nada. Janet estaba molesta. Entonces, recurrió a la memoria. “¡Crac!”

**

Claudia estaba encima de Janet y dominaba por completo la pelea. Ya tres de sus uñas postizas habían salido desprendidas. Con la joven sentada sobre su abdomen, Janet apenas alcanzaba a cubrirse la cara y debido a la posición, estaba impedida para patearla.

Al ver su completa indefensión, la mujer mayor no pudo más y se adelantó. Con voz cascada y rotunda ordenó:

–¡Ya, Claudia! No abuses.

–¡Ohquela… ¡Que las dejen, que es un tiro limpio!—gritó la del puesto de periódicos.

Transportada por la rabia, Claudia miró a la mujer mayor…

–¿Qué no ve que no me deja ser feliz?

–¡Déjala, dije! Párate.

Trabajosamente, puesto que tenía la falda enredada y las sandalias chuecas, Claudia se puso de pie. Notó que había perdido varias uñas y que de un dedo le manaba sangre y se distrajo, metiéndoselo a la boca, dándole a Janet la espalda. Estaba segura de haber vencido.

De inmediato, Janet también se puso de pie. Durante los minutos que estuvo tendida, bajo los golpes de Claudia, no tuvo otro panorama que la furiosa cara de su rival y la raída lona que cubría su puesto de flores. Una lona que sostenía por tres puntos: el tronco de un árbol, un poste de madera y un lazo atado a un ladrillo colocado en el piso.

En cuanto se vio libre y a Claudia distraída y fatigada, Janet se inclinó, zafó el ladrillo del lazo que lo rodeaba por el centro y con su fuerte mano, esa que tan intensamente contrastaba con las de Claudia, lo levantó. Dio dos pasos al frente y lo encajó verticalmente en la nuca de Claudia, ocupada con sus uñas rotas. “¡Crac!”.

**

Música para sus oídos. El crac que hizo la cabeza tronada de Claudia no fue sólo un sonido. Fue música, fue sabor, fue perfume.

Al verla caer de bruces, ensangrentada, notó que su propio cuerpo se volvía ligero, que respiraba mejor. A su alrededor, los gritos de las mujeres que corrieron a atender a Claudia se opacaron y el tiempo se hizo lento, moroso. Supo que la imbécil esa estaba muerta desde el instante en que sintió como el cráneo cedía bajo el ladrillo, exquisitamente.

Lo disfrutó con todos sus sentidos, con la mente expandida, tocando la eternidad.

Era un deleite inédito e inesperado. Era… la felicidad.

**

La llevaron a la cárcel. Admitió haberla matado y no dio excusas. Y aquí estaba, quince años después, con la memoria fresca, pero ya desvanecido desde hace tanto el éxtasis, el mayor momento de dicha y libertad que había conocido.

Lo invocaba, lo evocaba a través de ese sonido. Quería volverlo a vivir. No lo había logrado aún. Pero tenía mucho tiempo por delante. “¡Crac!”

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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