Música para sus oídos

(Versión original)

Se rió para sus adentros mientras se rascaba la espalda. No alcanzaba bien el lugar de la comezón, por lo que se empujó con los pies, se deslizó sobre el camastro  y se recargó contra la pared, para rascarse a gusto. Su boca dibujó una sonrisa … Recordaba.

Nombre, ¡qué día aquel! La mañana había sido aburrida y mala para la venta, pero es que eran vacaciones escolares y en esos días las señoras salen menos a la calle y sepa por qué, compran menos flores.

Además, llegó tarde, como a las siete y media y eso le rompió la rutina. Puso su toldo, de tela roja (vieja y luida), de un lado amarrado a un árbol y de otro a un poste. En medio, para que no se abombara, puso un palo detenido con una piedra.

–¡Ay! ¿Pues qué fregaos?—gritó, cuando la piedra resbaló de su mano y le cayó en un pie.

Se sentó y se sobó el pie, pero no por mucho. Tenía un montón de flores que arreglar.

–Ya me voy a apurar—dijo.

La mujer del puesto de tamales la escuchó.

–Ora va un poquito atrasada, ¿verdad, vecina?—le dijo amablemente.

–¡Sí, pues! Es que me levanté pero que bien tardísimo—le contestó ella.

–¿Se quedó viendo tele?

–¡No qué va! Mi pinche vecinita carajo, no me dejó dormir. Creerá usté’ que tenía semejante borrachera con no sé quien y toda la noche fue que la música, que las risotas, que los gritos. No, bien feo, no descansé nada.

–Ah, ¿su vecina, la que trabaja en la farmacia?

–Esa mera. Ya la traigo bien atravesada a la puerca esa. Me anda buscando desde hace harto.

–Sí, yo también he oído de ella. ¡Persona de cuidado! Una comadre mía se peleó bien feo con ella, porque les echó agua sucia a sus hijos.

–¡Desgraciada infeliz! Sí, es bien capaz de eso y más. Nomás que me agarre mal parada y no respondo, se lo juro, doñita.

La florista—se llamaba Rosa, muy adecuado para su oficio—cortaba tallos, quitaba pétalos secos y armaba ramilletes mientras conversaba. Tenía sueño, hacía frío y no había desayunado. Se sentía miserable. La vecina le vendió un café y un tamal. No se sintió mejor, pero bueno, la cosa era aguantar hasta las dos de la tarde.

La mañana avanzó lentamente. Vendió poco. La tamalera se fue y ella se quedó sola en la esquina. En su interior maldijo a la Shirley (“¡qué nombrecito!”)  que le había arruinado la noche.  “Esa trabajará en la farmacia pero segurito que es piruja… si no de dónde tanta ropa, tanto zapato y no se qué”…

Y encima de la mala venta, todavía  tocaba ir  a casa, a cocinar, limpiar, a atender a los niños (están solitos, pobrecitos) y a descansar tantito. Hizo cuentas mentales de lo que había vendido, de lo que tenía que gastar y de lo poquísimo que tenía guardado en casa. Sintió rabia y desesperación. “Pinche Shirley, ¡esta me la pagas infeliz!”, pensó, culpándola hasta del poco interés de su clientela.

–¿Cómo te va Rosita preciosa?   ¡A ti te andaba buscando! ¡Una flor entre las flores!

Rosa volteó la cabeza. Era Jesús, un señor solo, como ella. No era mala persona. Ya una vez habían comido juntos y él trató muy bien a sus hijos. Era muy atento y nada grosero. De repente se hacía ideas con él, pero tampoco quería imaginar demasiado, para no decepcionarse.

–¿Cómo estás Chuchito? ¿Qué andas haciendo?

–Pues aquí, vine a comer al mercado, ¿tú gustas?

–Muchas gracias.

–En serio, ¿quieres comer conmigo?

–Oh, vas a decir que soy bien gorrona.

–¿Cómo crees? Acompáñame. No me gusta comer solo.

Jesús sonrió y Rosa sintió calidez y consuelo. Algo bueno por fin en este día.

–Sale pues, nomás deja alzo mis cosas. Pero no me puedo tardar, por mis hijos.

–Está bien. Te ayudo.

Entre ambos cargaron flores, banco, cubetas, papeles y lazos en el carrito de Rosa. Ella, inclinada para barrer y  recoger  la hojarasca (tenía que dejar bien limpio su lugar, si no, la multaban) sintió que algo o alguien le hacía sombra y luego, vio un pie, con sandalia dorada, uñas rojas, pisar justo ahí donde ella estaba limpiando.

++

Terminó de rascarse la espalda. Se acomodó bien derecha contra la pared fría, disfrutando la frescura. Se hubiera alzado la camisola para poner la espalda desnuda, pero tenía miedo de que la picara algún bicho.  Hacía demasiado calor ahí a pesar de que era de madrugada.

El resorte del pantalón le lastimaba la cintura. Se lo acomodó, despacio. Suspiró. Ya habían pasado, ¿qué? ¿Ocho meses? , sí, ocho meses, y la verdad es que sentía que había sido ayer. ¡Qué risa!

Había visto el pie pisar la basura, impidiéndole continuar y por breves segundos no había entendido. Creyó que era una clienta, viendo las flores. Ya levantaba la vista para explicar que la venta había terminado, cuando oyó la odiosa voz de la Shirley.

–¿Qué onda Jesús? ¿Cómo amanecistes? ¿Qué, eres amigo de esta?

Jesús se mostró incómodo, aturdido.

–Hola, ¿cómo estás? –dijo, y se quedó mudo y rígido.

Rosa se enderezó y miró a ambos y respiró hondo. Shirley miró burlona el montón de flores en el carrito.

–¿No vendiste verdá? ¡Hay que echarle más ganas, Rosita! Hay que pararse más temprano, ¡jajaja!

–Pinche desgraciada, si no descansé ayer por el escándalo que te traías. Antes di que no le hablé a la patrulla.

–¡Ay tú, que miedo! Los de la patrulla son mis carnalitos, o sea que de nada te hubiera servido.

–¡Estúpida!—dijo Rosa y siguió barriendo–¿Sí me das permiso? Tengo que limpiar ahí donde tienes tus patas.

Shirley se hizo ligeramente a un lado. Se paró con las piernas abiertas, sin recato de que la minifalda se le subiera casi al borde del calzón. Sonreía con altanería insufrible.

–¡Ay Rosa! Estás bien amargada. Te deberías divertir más. Mira, anoche estuvimos bien a gusto Jesús y yo. ¿Verdad Jesús?  No te invitamos porque era PRI-VA-DO, pero a la otra fiesta sí te aviso, pa’ que veas que no soy ojal.

Rosa sintió que se le helaba el pecho y las manos y que los oídos le atronaban. Se dio cuenta que había estado engañándose. La revelación de Shirley le hizo entender que Jesús le importaba mucho, muchísimo, y que había estado haciéndose ilusiones sin fundamento. Se enderezó, con la escoba entre las manos.

–A mí no me gustan las fiestas, gracias. Tengo muchas obligaciones y soy sola. A mí no me dan los hombres dinero por coger, fíjate y tengo que trabajar.

Shirley estalló de risa. Jesús estaba pálido y molesto.

–¡Jajajajaaj! Pero si yo no cobro, mamacita. Lo hago por gusto.

–¡Eso dices, pero la cara de piruja no te la quita nadie!

–Pues mira, pinche Rosa, mejor cara de piruja que de sirvienta, ¿no? Y mejor cobrar por coger que tener que pagar para que te cojan, y pues como ni vendes, ¡pues ni a quien puedas conseguir, mugre ruca acabada!

De la cólera, Rosa perdió la noción del espacio. Sintió que el piso se ablandaba y cedía bajo su peso, volviéndose esponjoso. Sintió que sus manos se ensanchaban y que su cabeza se hacía diminuta. Se lanzó contra Shirley tomándola de los cabellos, mientras gritaba cuánta grosería se le pasaba por la mente. Jesús—maldito cobarde—se alejó a pasos rápidos y en cuanto pudo, detuvo un taxi y se fue de allí.

La marcha de Jesús le dolió a Rosa más que todo lo demás. Pero sólo pudo pensar en ello por unos segundos. Shirley le había revirado  el jalón de greñas y la tenía arqueada hacia atrás. Rosa tenía un pecho de Shirley bien a la vista, así que estiró la mano y la pellizcó y la retorció con fuerza y con gusto. La otra gritó—que digo gritó: aulló, ¡qué risa!—y abofeteó a Rosa sin soltarla de los pelos.

Por supuesto, los chismosos ya se habían acercado. La mujer de la tortillería les gritaba que se calmaran.

–¡Sepárenlas! ¡Sepárenlas, por Dios!

Un fulanito, moreno e insignificante, dependiente de la verdulería, dijo, como muy entendido en conflictos:

–Hay que dejarlas. Si se trata de un tiro limpio, no hay porqué meterse.

Y nadie se metió. Los mirones se limitaban a gemir y asustarse, como si ellos tuvieran algo que ver.

Rosa y Shirley seguían en una lucha casi inmóvil. Para evitar mayor ensañamiento de parte de Rosa, Shirley había dejado de cachetearla, pero no la soltaba del pelo. Solo quedaba aguantar. Rosa sentía que la espalda se le quebraba y mientras más le dolía, más fuerte pellizcaba el pecho de Shirley.

De pronto, Shirley rompió el estatismo metiéndole un fuerte pisotón. Rosa vio todo negro.

–¡Maldita! Me pisaste ahí mero donde me cayó una piedra—gritó.

+++

Al recordarlo, Rosa instintivamente se tocó la cicatriz del empeine. Ahí donde le cayó la piedra y luego Shirley le clavó el tacón de la sandalia dorada. Ya habían pasado ocho meses y todavía estaba bien botada la cicatriz y todavía le dolía un poco.

Rosa sintió un airecito soplar. Buscó el origen y descubrió que era una pequeña fisura entre dos ladrillos. Acercó la nariz. Aire de afuera, qué rico. Intentó hacer la fisura más grande con la uña y sólo logró sacar algunos guijarritos de cemento. Se quedó con uno de ellos entre los dedos, rodándolo mientras seguía recordando.

Pues sí, fue el colmo de las fregaderas, ese pisotón. De tanta ira que sintió, la cabeza de Rosa se aclaró de repente y vio bien qué hacer y cómo. Soltó el pecho de Shirley y cambió de posición, para que la tirantez con la que ella le jalaba el cabello aflojara un poco. Envalentonada por el pisotón que le había metido y el que le soltara el pecho, Shirley pensó que había vencido y aflojó la mano, que ya le dolía, y Rosa lo aprovechó para girar, siempre inclinada, para ponerse de cara al piso. Fingió rendirse, mientras observaba a su alrededor.

–¡Ay, mi pie! ¡Mi pie! Ya, ahí muere, ahí muere.

–No te creo, pero me das lástima, ruquita.

Shirley le soltó el cabello por completo y Rosa se derrumbó de bruces en el suelo. Se arrastró, evidenciando un dolor insoportable, hasta donde estaba el palo del toldo, detenido por la piedra.

Evitó mirar la piedra y el palo y siguió retorciéndose, sobándose el pie, mientras de reojo veía a Shirley masajearse la chichi adolorida y secándose el sudor. Constató que su contrincante estaba descuidada. Tomó la piedra despacio y  controló su excitación, calculando bien cómo acercarse a ella.

Con la piedra en la mano, se desplazó a rastras y fue hasta el último momento, cuando ya estaba junto a ella, que se enderezó, con ambas manos elevó la piedra y la asestó de arriba abajo justo en la coronilla de Shirley (bastante más bajita que ella, eso ayudó), haciendo ceder el hueso. Lo hizo con fuerza, con frialdad, con tino. Sintió rico.

–¡Aaaah! Te di, ¡jajajaja!

Shirley ya no podía responder.

–¡Eso no fue un tiro limpio!—reclamó el fulanito.

La gente la detuvo. Llamaron a la ambulancia y también a la  patrulla.

+++

A duras penas contuvo la risa. No quería despertar  a las otras mujeres de la celda.

¡El sonido!  El sonido de la piedra contra el cráneo fue algo… ¿Cómo se dice? Bueno, bien especial. Al pensar en él sentía una cosa en el paladar, un cosquilleo en la lengua, y un calorcito padre en las manos.

¿A qué sonó?  ¿Como un huevo quebrándose? No, más fuerte… Más macizo.

¿Cómo cuando se rompe un hueso de pollo? No, tampoco, era un sonido más blandito, por decir así. Intentó encontrar palabras, mientras lo seguía escuchando en su mente, seco, crujiente, breve, pero sabroso. Sabroso.

Buscó otra zona fría de la pared para recargarse. Pensó en Jesús. Recordó sus finas atenciones. Se sintió agradecida de que nunca la hubiera querido llevar a la cama. Eso indicaba que la respetaba, no como a la otra.  Se preguntó una vez más qué cara habría puesto cuando supo de la muerte de Shirley. Se preguntó si algún día vendría a visitarla. Sintió un asomo de coraje por su huida. Sus hijos le vinieron a la mente, pero evadió el recuerdo. ¿Qué caso? Estaban bien con su tía…

Con la nariz pegada a la fisura de la pared, respirando el escaso aire fresco, Rosa murmuró:

–¡Ah qué mi Jesús! No te quedaste a ver cómo me la chingué. Hubieras escuchado como sonó su cabeza. Es lo mejor que he oído, Jesús, te lo juro. ¡Jejeje!

Respiró hondamente. La noche había refrescado un poco. Ahora podría dormir.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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