No mueres

Cada vez que te incinero,
reverdeces.

Te asfixio,
quemo todos tus rostros y tus letras
y lanzo
fuera de mí,
nubes de cenizas.

Más tu cuerpo,
como árbol vigoroso
se niega al desarraigo.

Voy con tu voz en la frente,
con tu sonrisa como abrigo,
con nuestras historias
caminándome en el cuerpo.

Tu nombre pinta mi boca,
moja las calles que camino.

Llueves en cada tormenta.
Caes,
cascada, sobre mí,
dentro de las hojas al viento.

Urdimbre laberíntica
de mis ojos a tus labios,
de tu risa a mi estupor,
de mi fragor
a tu silencio.

Decido,
casi a diario,
que debo desterrarte,
pues que vivas en mi aliento
no es propicio:
me deja sin carne,
come mis ojos,
escalda mi aire.

Siempre que te asesino
mediante un recuento
de muros y de abismos
encuentro que lo que me habita
es intocable.

No mueres.
No perdonas.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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