Sueños de Robot

La extensísima obra de ficción de Isaac Asimov no puede describirse en pocas líneas. El doctor se dedicó con gozo al desarrollo de mundos alternativos que fueron catalogados dentro del género de la ciencia ficción y que lo son, pero en el más amplio sentido de la noción de ciencia.

La narrativa del escritor  toca todas las áreas científicas y dentro de ellas crea posibilidades perfectamente estructuradas. A mi modo de ver, su obra puede llamarse historia-sociología-sicología-física-robótica-aeronáutica-medicina-antropología-política-química ficción, por decirlo de forma breve  y para crear una categoría de clasificación apropiada. (Es broma y no).

En este texto me pongo a pensar sobre lo mucho que Asimov discurrió y fantaseó acerca de los alcances de la mente robótica que él mismo creó. En decenas de relatos (cuentos y novelas), el autor se plantea todas y cada una de las posibilidades, variantes y situaciones en que podría verse el desarrollo de la mente y cuerpo del robot y la sociedad humana que lo rodea. Desde un robot- perro mascota (en Roby), un robot detective (la serie de relatos protagonizada por Daneel Olivaw)  hasta un robot que quiere ser declarado humano, (en El Hombre Bicentenario), pasando por una galería de casos  de “patología robótica” muy interesantes. Me viene a la memoria de forma especial el relato Sueños de robot.

En este breve cuento, la experta robopsicóloga, Susan Calvin—personaje recurrente en los relatos asimovianos de robots—analiza un espécimen  que ha sido modificado, sin su autorización, por una robopsicóloga novata. El estudio  es necesario porque  el robot reporta que puede soñar. Un cuidadoso interrogatorio revela que en su sueño, el robot busca liberar de la esclavitud a robots que trabajan en minas y campos de cultivo, y que dentro del sueño, él es un ser humano. Este sueño—que le cuesta la existencia—es  indicador de que en el “subconsciente” del robot (una franja oculta del cerebro positrónico) late el anhelo de libertad, de compartir la condición humana y, más peligroso aún, de ignorar las Leyes de la Robótica.

Muchos han oído o leído sobre tales leyes. Son una de las más famosas creaciones de Asimov y se han hecho conocidas  por sí mismas, con independencia de sus relatos. De hecho, hay quienes piensan que son unas  leyes  “verdaderas”, y quizá algún día lo sean. Se dice que los actuales expertos en robótica las han considerado.  No las citaré aquí textualmente, pero en síntesis, son tres leyes que establecen (en todos los relatos de robots de Asimov)  que un robot debe obedecer y proteger al ser humano antes que a sí mismo. Un humano puede mandar a un robot que se autodestruya. El robot no es más que una pertenencia humana, un objeto a su servicio, dotado sin embargo de un cerebro tan complejo que posee el equivalente robótico del miedo, el placer, el amor y el anhelo.

La mente fecunda y multifacética de Asimov exploró, durante años, a través de decenas de relatos, todas las posibles derivaciones de las tres leyes y del cerebro positrónico que creó para su universo literario. También exploró las posibilidades sociológicas y cuestionó la validez ética de dichas leyes, sus entresijos y matices. Robots con miedo, robots que pueden asesinar, que pueden seducir, artistas, médicos, robots que hacen bromas, que son pura mente y nada de cuerpo, con curiosidad, con deseos de ser protegidos. En síntesis, Asimov se pregunta si al crear robots, no se crea vida.

En sus relatos, los anhelos de humanidad en el robot son una constante. A veces son un elemento menor, en otras son el eje de la narración. En este sentido, nada como  El hombre bicentenario, llevada patéticamente al cine por Robin Williams, por cierto. (Lean el relato y evítense la pena de ver la cinta).

El Hombre Bicentenario no solo es una estupenda creación de la literatura de ciencia ficción. Es también un hermoso relato sentimental. Asimov era un romántico incurable. Muchas de sus historias están aderezadas con una historia de amor. En este caso la historia de amor ocurre entre Andrew, el robot, y la Niña, la hija menor de la familia que lo compró a la fábrica de robots, para servir como mayordomo y cocinero. No es un amor de pareja. Yo diría que es un amor de compañeros del alma.

Los Martin, la familia dueña de Andrew, el protagonista,  son una buena familia, de mucho dinero, bondadosa, que al descubrir que su robot  tiene  talento artístico, lo libera de sus obligaciones domésticas y lo dejan dedicarse al arte pero sin dejar de poseerlo. La situación familiar y social que rodea a Andrew está claramente calcada de la época del esclavismo en los Estados Unidos, en donde la “población” robótica es una metáfora o alegoría de los esclavos negros.

Las obras  que elabora—joyería en madera, muebles y otras cosas—se venden a altísimo precio y todo el dinero se le entrega intacto al robot. Con ese dinero, pasados los años, Andrew emprende una lucha legal para ser declarado “libre” (otra similitud con la época esclavista), y vence. En esta lucha, el apoyo de la Niña es fundamental.  Después, debe emprender otra cruzada por los derechos de los robots. Le cuesta tiempo y dinero, pero lo logra.

Un hito más es cuando consigue que se le cambie el cuerpo metálico por un cuerpo humanoide, con partes orgánicas. La compañía que lo fabricó se resiste a ello, pero, mediante presión legal y amenazas, consigue el cambio de cuerpo.

Los años pasan. Andrew ve morir paulatinamente a los miembros de su familia. Su poderoso intelecto y su inmortalidad le permiten dedicarse a lo que quiera. Emprende estudios biológicos y desarrolla tecnología para elaborar prótesis para humanos de ojos, hígado, páncreas, nervios, huesos…  y eso incrementa aún más su fortuna. Cuando cumple 150 años, se le celebra como el “producto” más antiguo y famoso de la compañía que lo fabricó. Oírse llamar “producto” le lastima.

A partir de este aniversario, empieza a perfilarse su deseo de ser llamado humano. Para lograrlo, tiene que luchar contra arraigados prejuicios y temores irracionales en la mente colectiva. Sus abogados le advierten que jamás logrará que un tribunal le declare legalmente humano: el miedo a lo diferente es demasiado grande (he aquí otro guiño referente a la esclavitud de los negros).

Andrew medita intensamente y llega a la conclusión de que lo que los humanos no le perdonan, lo que no los deja aceptarlo como un humano más, a pesar de su apariencia, pensamiento, sentimientos y los inventos bienhechores que ha aportado, es el hecho de que es inmortal.

Determina pues que para ser plenamente humano, debe salvar ese último escollo, eliminar esta última diferencia. Su anhelo de ser humano es tan grande, que elige renunciar a su eternidad. Consigue que diversos elementos de su cerebro positrónico (el original, el que traía cuando fue fabricado)  sean sustituidos por elementos orgánicos para que lentamente, sus “sendas vayan perdiendo potencial”, es decir, envejezca y finalmente, muera.

Su gesto conmueve a tal grado a la opinión pública, que triunfa. En el día de su aniversario 200, en su bicentenario, quien había sido declarado como “El robot de los 150 años” cinco décadas atrás, logra ser llamado “El hombre de los 200 años”.  En silla de ruedas, Andrew recibe esta declaración y siente que ha redondeado sus aspiraciones.

Andrew muere feliz, diciéndose “soy un hombre, soy un hombre…”.

Su último pensamiento, antes de extinguirse, es para su amada “niña”.

Sugiero al lector lea y disfrute este relato, y todos los del libro “Yo robot”, para empezar. Conocerá así la estructura del pensamiento de Asimov en el tema de la ficción robótica, la cual ha sido de influencia incalculable en todos los autores que han escrito sobre el tema.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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