Un falso veneno y una muerte verdadera

Hay quien dice que son infinitos los alcances de la mente. Por el contrario, están los que afirman que los “poderes” mentales están groseramente exagerados. Pero parece haber un consenso en torno al tema de la curación por sugestión: una persona puede sanar o mejorar tras ingerir una falsa medicina, un placebo. La mente es la encargada de tal mejoría, se explica, y hasta los más escépticos lo admiten.

Pero, ¿qué pasaría si se bebe un falso veneno, un nocebo? ¿La capacidad de la mente para sanar, mediante un piadoso autoengaño, puede usarse, en sentido opuesto, para enfermar? Eso, seguro. Creo que todos podemos citar algún caso. Pero, ¿puede llevar a la misma muerte? ¿Y no de forma lenta, mediante una pausada degeneración, sino repentinamente, como lo haría un potente veneno?

Me gustaría pensar que el responderse a estas preguntas fue el motivo que llevó a Agatha Christie a escribir su famoso relato “Philomel Cottage”, traducido al español como Villa Ruiseñor. En sus biografías se cuenta que la famosa autora era una verdadera fanática de los venenos. No para usarlos claro, pero sí para saber de ellos todo lo posible e incluirlos en sus libros.

El relato que reseñamos esta ocasión está incluido en el libro “El misterio de Listerdale”, una antología de cuentos de diversa naturaleza—románticos, detectivescos y de terror suave—que lleva el nombre de uno de los relatos.

Villa Ruiseñor comienza como una convencional historia de amor. El cuento de la Cenicienta después de la boda: la mecanógrafa—treintona, huérfana y no muy agraciada—Alix, que acaba de heredar una fortunita de una parienta, se enamora locamente de Gerard  Martin, y él de ella. A pocas semanas de conocerse están casados. Gerard tiene buena posición, pero no puede tocar el dinero, dice, por cuestiones bancarias. Ella le entrega una buena suma de su dinero para comprar una linda casita: Philomel Cottage.

Arranca la acción una mañana—ha pasado un mes del matrimonio—en que Alix recuerda que ya ha soñado tres veces una escena terrible: su esposo está en el piso, muerto, asesinado por Dick, su eterno enamorado. Ella se siente feliz de lo ocurrido y además, se echa en brazos del asesino.

Se siente culpable y preocupada por ese sueño recurrente. La ansiedad que experimenta crece cuando Dick la llama para decirle que está de visita en el pueblo y quiere pasar a saludarlos. Ella rechaza la idea bruscamente, pues teme que el sueño se haga realidad: que Dick asesine a Gerard, movido por los celos. Ofendido, su amigo le dice que sólo estará en el pueblo hasta el día siguiente.

Durante esa mañana ocurren otros pequeños hechos que la alteran más. Encuentra la agenda de su esposo, tirada en el jardín. Hay una extraña cita apuntada para esa misma noche. Por otro lado, el jardinero le cuenta que su esposo le avisó que se irían de la casa por un tiempo. Ella lo niega y trata de restarle importancia, pero la conversación le deja un muy mal sabor de boca.

Esa tarde, cuenta a su esposo lo de la agenda y la plática con el jardinero. Gerard se enfurece: “¡Ese viejo imbécil!”, dice. Pero se domina. Luego, le explica que esa cita apuntada en su agenda es para no olvidar revelar algunas fotografías.

A la mañana siguiente, Alix ya no puede más de inquietud. En el fondo de su mente algo se forma y presiona para hacerse visible. Al tratar de explicárselo a sí misma, se dice que está celosa. “Sé tan poco de él… ¿y si hubo otra mujer?”.Revisa todos los libros, papeles y cartas. No hay rastro de nada, como no sea de negocios. Al final, sin embargo, da con un cajón cerrado. Con la llave de otro mueble logra abrirlo. Dentro, solo hay recortes de periódico que hablan de un proceso judicial: el juicio en contra de Carlos Lemaitre, estafador y presunto asesino de mujeres. La fotografía no es muy buena, y el sujeto usa barba y anteojos, pero no hay duda: Carlos Lemaitre es Gerard Martin, su esposo.

Lemaitre, dicen los recortes, fue acusado de matar a sus sucesivas esposas para quedarse con el dinero de sus seguros de vida. Todas ellas eran—como Alix—mujeres sencillas, confiadas. Con todas había vivido en pueblos pequeños, en casas apartadas. Todas eran huérfanas. Lemaitre era un hombre obsesivo con el orden: apuntaba la hora de asesinar en su pequeña agenda, como si de una cita de negocios se tratara.

Alix adquiere el convencimiento de que Gerard intentará matarla esa misma noche. Y todas sus facultades se aguzan para salvar su vida. Cuando anochece y su marido le dice que es la hora de bajar al sótano para “revelar esas fotografías”, Alix determina pedir auxilio a Dick. Llama al hotel donde se hospeda—fingiendo hablar con el carnicero—y le pide que acuda a su casa.

Pero Gerard ya tiene prisa. La hora de matar ha llegado y no puede, ni quiere esperar más. Para entretenerlo hasta la hora de que llegue la ayuda (ella sabe que no tiene caso intentar huir, él la alcanzaría fácilmente), construye una historia para atrapar  su atención. Inspirada por la propia historia de Martin-Lemaitre, Alix le “confiesa” su pasado.

Le cuenta una historia de maridos envenenados y herencias que de inmediato interesa a Gerard. (El asesino se interesa por el asesinato, afirma el libro). Asegura tener en su poder un veneno que no deja rastro, de sabor amargo, que acostumbra mezclar con el café. Por cierto, Gerard, durante la cena, se había quejado del mal sabor de café. Gerard, atando cabos, llega a la falsa—pero totalmente convincente—conclusión de que su mujer lo ha envenenado. Trata de atacarla, pero cae al piso, muerto de un paro cardíaco provocado por la impresión, al tiempo que Dick entra en la casa, acompañado por un policía.

Alix no ha envenenado a Gerard, sólo lo ha convencido de haberlo hecho. El veneno misterioso no existe. En la taza del café que tan amargo le supo a Gerard solo había eso: café.

La forma de resolverlo es simplemente magistral. Christie construye una escena final fuerte, absolutamente integrada dramática y literariamente, completamente justificada y verosímil, con un cierre estupendo.

Este relato ha sido llevado al cine al menos un par de veces. Se le ha titulado “The love of a stranger”, en una de las versiones. Se ha editado dentro del libro ”El misterio de Listerdale”, y también por separado. Es uno de los grandes favoritos de los seguidores de la obra de Agatha Christie.

Esta reseña no puede, ni intenta, hacer justicia a la obra, así que lo mejor es disfrutar con su lectura.

Para leer el relato entra aquí:

http://www.docstoc.com/docs/55570341/Agatha-Christie—Villa-Ruise%C3%B1or

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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