Un largo adiós

Decirte adiós completamente comienza por no amar ya tus palabras.

Inicia por imaginar que no fue un universo entero el que me diste.

Por aceptar que  hubo apenas jirones y  tan solo habité ciertos resquicios.

 

Tú, el que creí el reverdecer de un agostado desierto, fuiste solo la piel efímera en donde reposé mi desespero.

Delectación, enormidad de ardor, que en su fragor ocultó su evanescencia.

 

Esas tus manos.

Esas tus flores, tus sinuosos senderos.

Un paseo, un asueto, eso fuiste.

 

Decirte adiós por completo es ya no pensar que me descubriste, que fui lugar inédito, solo para ti.

Es no recordar que había murallas que solo cayeron por tu soplo, por el empuje de tu voz.

 

Fuiste amado por entero. No hubo de ti zona sin amor. Subieron de mis pechos vahos enamorados. Te envolví sin cansancio. Te amé. Y tuve que dejar de amarte para no morir.

 

Me pregunto que soy después de ti.

 

Después de ti, me queda el cuerpo descubierto. Fuiste pionero, recién llegado en modos e intenciones. ¿Qué soy después de ti? ¿Qué me queda en la piel?

Amante, amado mío.

Requiero despedirme de ti para no llevar más tus ojos recorriéndome los pechos. Para no sentir más que me derramo y estallo al solo roce de tu memoria.

Te diría, amor, que estaré aquí por siempre.

Ese abrazo primero, ese abrazo eterno, vale para un hoy y un mañana.

 

Tú cayendo sobre mí, creándote.

Derribas fronteras, inauguras resquicios y te enervas.

 

Llenas tus manos de mí y te dices hombre por causa de mi prolongado suspiro.

 

¡Cómo amabas de mí iluminar mi sombra!

 

A besos crueles rasgabas mi boca. A embestidas provocaste mi ternura.

 

Floreció en ti mi corazón cansado.

Autor entrada: Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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