Yo tampoco era feminista

Yo tampoco era feminista

No se nace feminista, se llega a serlo, me atrevo a afirmar, parafraseando a Simone de Beauvoir. No se nace feminista porque, biológicamente, se nace mujer y así, recibimos en automático toda una carga cultural específica, de acuerdo con nuestro contexto social.

No se nace feminista, es decir, no se nace con conciencia de la desvalorización que una mujer sufre en la cultura, en la sociedad, ni con el deseo de transformar semejante inequidad. Se va captando lentamente.

Pero también se va interiorizando, sin notarlo, día a día, palabra a palabra, lo “normal” que es que las mujeres seamos menospreciadas y los hombres ensalzados, que seamos agredidas y ellos sean los agresores. Al grado que para muchas mujeres, la violencia de género no existe, los feminicidios son lo mismo que los homicidios y una mujer “es la peor enemiga de otra mujer”.

Al igual que tú, que me lees, yo tampoco era feminista. Pero un día lo asumí. Y no es que fuera antifeminista, era, según yo, “humanista”.

Durante mi infancia, algunas veces, oí el término “feminismo”, más no me dijo nada. En mi juventud, cuando fui universitaria, por supuesto que tuve muchas lecturas sobre feminismo. No me sentí identificada. Quizá fue porque me topé con los escritos más complejos y era yo muy ignorante. No entendí prácticamente nada.

A pesar de que me hervía la sangre ante las injusticias, yo no me asumía feminista.

No lo era cuando, a los 7 años, un varón adulto—un dentista que me atendía—se mostraba tan “afectuoso” conmigo que me asustaba.

No lo era cuando, a los 8 años, mi libro favorito era “Mujercitas”, el cual leí (no exagero) unas 40 veces.

No lo era cuando a los 10 años la profesora de costura me dijo que yo no “era mujer”, debido a que mi costura estaba fea.

No lo era cuando a los 12 años un grupo de niños de entre 8 y 10 años me acosaron en grupo.

No lo era cuando a los 13 me chiflaban los albañiles de las obras, y me seguían los hombres en la calle, llenándome de terror.

No lo era cuando a los 14 (y muchas ocasiones más) me manosearon en el metro y tuve que gritar y golpear para alejar al agresor, mientras un montón de señoras a mi alrededor me regañaban por “escandalosa” y por quejarme, ya que “a todas nos pasa lo mismo”.

No lo era cuando a los 15 hice un viaje en autobús hacia Michoacán, con una amiga, y el tipo que se sentaba conmigo se me fue repegando todo el camino y no tuve el valor de decirle que me dejara en paz.

No lo era cuando a los 16 escuché atónita al director de mi secundaria decir que por las mujeres “había entrado el pecado al mundo”.

No lo era cuando a los 17 años mi novio me empezó a violentar por pensar, por mirar, por reír, por salir, por callar, por hablar, (por tener vida propia, en suma) y llegó a golpearme por “puta”, a advertirme que cuando nos casáramos no iba yo a trabajar, que quería ser periodista para andar de piruja y que básicamente, yo era “su” novia y pronto sería “su” esposa, prolongándose esta violencia durante 4 años.

No lo era cuando, a los 18, mi abuela me dijo que tenía que ser menos lista que un hombre, si es que no me quería quedar sola.

No lo era cuando, también a los 18, mi otra abuela dijo en broma que aunque yo era muy joven, “eres vieja desde que naciste”.

No lo era cuando, a los 19, alguien me dijo que de mí andaban diciendo que era “bien puta”.

No lo era cuando, a los 20, una compañera me dijo que su padre le decía todo el tiempo que “más vale un mal marido que una buena carrera”.

No lo era cuando, a los 21, me leí los dos volúmenes del Segundo Sexo y aun así, no comprendí.

No lo era cuando, a los 22, un profesor se dedicó a acosarme en clase durante todo un semestre.

O cuando, a los 23, otro novio me dijo que si no me arreglaba femenina no me “iba a sacar a pasear”, porque lo avergonzaba.

No lo era a los 24, a pesar de mis abundantes lecturas de autores varones que hablaban con naturalidad de violar mujeres, robar mujeres, vender mujeres o ser servidos por mujeres. Que hablaban de “el hombre” como si hablaran del “ser humano” o que escribían de “nosotros” (los varones) dejándonos fuera a las mujeres.

No lo era cuando, a los 26, mi pareja me dijo que él era tan buena onda que “hasta se casaría conmigo”, como si fuera un favor, para luego asegurar que yo “malinterpreté” lo que me dijo porque “estaba loca” y era “una rencorosa”.

No lo era cuando, años después, me dijo que él era “el jefe de familia” y al reclamarle por eso me respondió que a mí se me “empachaba el feminismo”.

No lo era cuando me di cuenta de que dejaron de acosarme en la calle cuando me puse gorda y vieja.

No lo era ni aun cuando sabía (hace muchos años) de mujeres asesinadas, violadas, desaparecidas. Esos casos eran un rumor lejano para mí.

No lo era cuando supe de tantos niños violados por sacerdotes amparados en su privilegio masculino. De tantas monjas usadas como sirvientas o esclavas sexuales de la Iglesia Católica.

O cuando oía comentarios tales como “la violaron porque se lo buscó”. Me indignaban, pero me sentía sin argumentos para desarmar una afirmación así.

Pero aun así, sin nombrarme, yo reflexionaba, pensaba y debatía como una feminista.  Todo vino de la observación de mi entorno y mi deseo de equidad.

Me asumí feminista, con ese término, gradualmente. Fueron varios momentos.

Cuando al describir a una amiga la dinámica de mi matrimonio me dijo “sí, eso que vives es violencia” y la revelación me dejó devastada, puesto que yo creía que vivía un matrimonio feliz, con el mejor esposo del mundo y que todos los problemas eran mi culpa, porque yo estaba loca y él era lo suficientemente bondadoso como para soportarme.

Cuando, a los 20 años de casada, fui a denunciar violencia doméstica ante la PGJDF y el sujeto que me atendió se mostró abúlico, desinteresado y renuente a darme información. Cuando ante mi angustia por saber si lo que yo vivía era violencia, él me trató con fría cortesía llamándome “señora” con un tono de desprecio y me dijo “decídase: o denuncia o no denuncia, punto”. Cuando se enteró que era periodista y entonces sí, su actitud cambió radicalmente y se volvió servil.

Cuando ante su mala atención, perdí el valor de denunciar al padre de mis hijos, puesto que me dio miedo desatar su ira—que tan bien conozco—y preferí mejor separarme y perder todo mi patrimonio para empezar de cero una nueva vida.

Cuando supe que hay muchas clases de violencia, puesto que no solo los golpes lo son y vi hacia atrás mi vida y entendí que siempre, siempre, estuve rodeada de abusos, a pesar de los privilegios de educación, sustento y protección de que gocé.

Cuando vi que a pesar de que ninguna mujer está exenta, supe que hay mujeres en situaciones mucho peores que la mía. Que lo que para mí era normal (como ir a la escuela) para otras era un imposible y que en ello nada tenía que ver la voluntad o las “ganas de salir adelante”.

Cuando me di cuenta de que estuve a punto de volverme realmente loca por causa de la violencia psicológica en mi relación y vi que desde que me divorcié mi salud mental se restableció casi por completo y de inmediato.

Cuando me di cuenta—después de innumerables lecturas, pláticas con amigas y debates en redes sociales—de que todos esos eventos que describo arriba tenían un común denominador: el machismo. Fue un despertar. Un despertar al que llegué con décadas de retraso.

Porque yo también creía, como tú, que era un tema de “igualdad” y que no se trataba de si alguien es hombre o es mujer.

Porque yo partía de la falsa base de que a todos nos interesa que las mujeres estén bien, que todos los seres humanos estén bien.

Porque yo partía de la falsa base de que todos están convencidos de que las mujeres valen lo mismo que los hombres.

Porque yo, en mi ingenuidad, no podía creer que hubiera hombres que de verdad pensaran que las mujeres somos inferiores por el solo hecho de tener genitales diferentes. Menos aún: que hubiera mujeres que estuvieran convencidas de que al marido se le debe obediencia.

Porque estaba ciega ante el desequilibrio estructural de este sistema. Porque pensaba que para todos era TAN EVIDENTE que una víctima no provoca su agresión, por más que sigo pensando que hay que extremar cuidados.

Porque estaba convencida de que se trataba solo de razonar, de explicar, de informar. No contaba con la mala voluntad, con la misoginia, con los seres miserables, con la indiferencia de las autoridades, con el machismo enquistado en las mujeres.

En suma, era yo tan inocente. Tan crédula.

No es casualidad que en esta era hiperinformada las jóvenes no se crean cuentos de hadas y las protestas feministas hayan alcanzado un vuelo inusitado, nunca antes visto. Las admiro mucho y me asombra lo que han conseguido.

Pero también veo que somos un linaje, una larga cadena de mujeres que por décadas, por siglos, hemos ido acumulando saber y conciencia. Heredamos de las que vinieron antes que nosotras y dejaremos a las que siguen nuestros logros, grandes o pequeños. Hemos ido definiendo términos, acotando objetivos, aclarando intereses y sí, difiriendo entre nosotras, porque el feminismo no es un monolito.

Hemos ido y venido de lo académico a lo práctico en múltiples momentos y, a partir de agosto de 2019—justo en el contexto del sexenio más violento de la historia—llegamos en la Ciudad de México a un punto de quiebre, provocado por el menosprecio de la clase política y los hombres que aún creen que el feminismo es una moda, una ocurrencia hormonal o un berrinche de niñitas.

El feminismo, con sus olas y sus ires y venires, de la manera en que se defina y de la forma en que se construya en sus múltiples corrientes, sigue aquí. Todas lo hacemos.

Yo no era feminista. Tú tampoco.

Pero si leíste hasta aquí y estás de acuerdo conmigo y quieres que dejen de violarnos y de matarnos y estás segura de que no es nuestra culpa, entonces eres feminista aunque no lo sepas. Aunque no lo reconozcas.

Orquídea Fong

Periodista y comunicóloga egresada de la UNAM.

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